miércoles, 22 de abril de 2020

Cómo lograr escribir por Karla Rojas

Es común escuchar a personas decir que les gustaría escribir, pero… un sinfín de excusas. Lo cierto es que muchas de éstas son parte del temor que existe y un mal que nos aqueja en gran medida: la falta de disciplina.

Creo que si en verdad tenemos deseos de escribir, debemos escribir. Es cierto que con las diversas actividades y roles que desempeñamos durante el día, el tiempo y la energía no nos dan para realizar un extra, pero si queremos escribir buscaremos darnos un tiempo para hacerlo. Qué tal si nos despertamos cuarenta minutos antes, o nos dormimos los mismos más tarde. Podemos cambiar una hora de televisión por una de escritura; si es imposible podemos llevar con nosotros una pequeña libreta para hacerlo en el transporte público, o compartir la hora de la comida con la escritura.

Lo podemos hacer unos minutos cada día o un par de veces a la semana, pero debe volverse parte de la rutina. Al inicio lo único que importa es escribir. Tal vez un sueño, una situación en el trabajo, en el vecindario, o la vida que imaginas tiene tu compañero de escuela. Pero quieres escribir novelas o cuentos, no deseas perder el tiempo, quieres escribir algo importante ¡ya!

Todo gran escritor comenzó sólo escribiendo. Sin importar de qué y para qué se escribe, se debe de escribir, al inicio es sólo para soltar la pluma. Si lo haces con regularidad, pronto comenzarán a tener sentido y motivaciones tus letras. Con el paso del tiempo, aquello que parece sólo una lluvia de ideas que no tiene ni pies ni cabeza, comenzará a tomar forma. Aquellas ideas inconexas serán cuentos y relatos.

En ocasiones lo que nos rodea nos da “grandes ideas” para escribir,  pero cuando tenemos la oportunidad de sentarnos a hacerlo, aquella gran idea se ha ido, la hemos olvidado o perdió su grandeza, pues, qué esperas para ayudarte de la tecnología, graba una nota de audio en tu celular, así no perderás tiempo en escribir, podrás volver a lo que hacías y podrás volver a ella las veces que sea necesario. Habemos personas que preferimos la libretilla.

Recuerda que la inspiración no es algo que llega por arte de magia, llega cuando se trabaja. Debes de escribir a pesar de que no sientas el impulso, ¡escribe! Si te preocupas por si está bien escrito, no lograrás disfrutar. La ortografía, la gramática y la sintaxis son importantes, pero no tanto como fluir con la pluma. Además todo lo que se escribe debe de pasar por más de un par de revisiones, las cuales se hacen días después, porque has de saber que cada texto se debe dejar reposar o descansar, así cuando vuelvas a él podrás darte cuenta de lo que hace falta.

Si ya has escrito, pero tienes retazos de una o varias historias, o completas, pero no hacen una unidad, no te preocupes, puedes buscar hacer un libro de relatos; dividirlo por temáticas, personajes, temporalidad, etc. La escritura nos permite dar rienda suelta a nuestras pasiones, e incluso a nuestras perversiones –siempre y cuando no salgan del papel si de matar a alguien se trata–, todo se vale, no es ni bueno ni malo, sólo es.

Escribe sin padecerlo, no hay por qué pensar que lo que escribes es malo o poco interesante, por fortuna hay público muy diverso, así que siempre seremos del agrado de alguien.

El deseo de escribir debe ser igual al de leer. La lectura ayudará a tener más claro de cómo escribir un inicio o un final, ayudará a encontrar más ideas y perspectivas de los temas que te interesan.

La escritura, como todas las artes, tiene su momento catártico y terapéutico. Llena la hoja no sólo de palabras sino también de lágrimas y mocos. Escribe sobre lo que te duele y te molesta. ¡Qué bueno es hacer algo que nos gusta y de paso sanar alguna que otra herida!

Lo ideal es tener un lugar que nos dé calma para concentrarnos y poner en marcha la escritura, pero no siempre se puede, así que debemos aprender a abstraernos. Por supuesto se trabaja mejor en un ambiente agradable, si tienes la oportunidad de crearlo en tu casa, biblioteca o cafetería, hazlo.

En resumen, la única forma de vencer las dificultades para escribir es escribiendo.

Karla Rojas, coordinadora de taller. 

jueves, 26 de marzo de 2020

Tanto mal por Katya Mora

Era una tarde de viernes, por el año de 1952, tú, una joven enfermera que viajabas en el autobús rumbo a casa después de una larga semana de trabajo en el hospital, eran cerca de tres horas en carretera, desde la terminal hasta la entrada del pueblo, estabas acalorada, cansada, fastidiada, todavía con el uniforme y rodeada de cajas se cartón amarradas con lazos de zacate, gallinas cacareando asustadas por los bruscos movimientos y aturdidas por el olor a diesel quemado que se colaba al interior del vehículo. 

Tu juventud, el color claro de tu piel, incluso tu aparente inteligencia, justificada con ese uniforme, disimulaban lo poco agraciada que eras, con ojos pequeños, rasgados; boca grande y mandíbula prominente  que hacía parecer a tus labios estirados incapaces de cubrir los dientes; cabello lacio y abundante, rebelde, apenas una docena de horquillas y la cofia lograron controlarlo. La menor de seis hermanos varones dedicados al campo, pero principalmente al alcohol y a las mujeres, fuiste quien destacó por su interés en las ciencias de la salud y se aventuró a ir del pueblo a la ciudad, mujer aguerrida para su época, buscabas siempre lo mejor para tu familia.

Mientras el autobús seguía avanzando a tu destino, te percataste de la presencia de un hombre quien ya te había echado el ojo, como una señorita decente, indignada y con el pecho erguido decidiste ignorarlo, sin saber que esa misma tarde él te llevaría. “¡Mujer, ya calmate! Yo soy un buen hombre, trabajo en México y el norte, no te va a hacer falta nada, esta casa es para ti, no te preocupes, yo después hablaré con tus papás, te voy a presentar a mi hermana Rosa, ella es muy amable, te va a tratar bien, !andale mujer! ven a conocer el lugar”. 

“¿Cómo voy a escaparme? mis hermanos me van a matar, no voy a poder verlos a la cara otra vez, ellos me esperaban hace tres días”, pensó. Meses después nació Bety, una pequeña niña de ojitos rasgados, boca pequeñita en forma de corazón y cachetitos de manzana, su padre la recibió con el mayor amor posible, no cabía de la emoción, mientras que para ti el sentimiento era totalmente opuesto; así llegaron seis hijos más, él los adoraba a todos y aunque trabajaba la mayor parte del tiempo, disfrutaba estar con ellos, verlos jugar, sanos y contentos; no había nada que no hiciera por su bienestar, tú, aún con tiempo para seguir con las actividades en el hospital, sin ser necesario, era tu capricho o la manera de llevarle la contra a José, tu marido. 

Bety era realmente muy pequeña cuando ya era jalada, pellizcada y sobajada por ti y además responsable de sus pequeños hermanos, quienes no se salvaban del mismo trato, aunque en proporción a su edad. “Mujer, deja a esas criaturas! si estás enojada con José, ¡vete, dejalo!, ¡ellos no tienen culpa de nada!, ¡estás buscando una desgracia! Puedes regresar con tu familia, ya pasaron muchos años, no eres una muchachita, pero sigues siendo muy caprichosa, mi hermano ha sido un buen hombre, te trata bien, te da todo, casi no está y no te da lata, hasta puedes ir a trabajar y hacerte de tu propio dinero ¿qué te hace falta? Me voy a llevar a Bety unos días, tiene mucha fiebre, cuando venga José la traigo”, decía la cuñada Rosa. 

“¡Cómo odio a José! ¡No quiero nada de él! estoy aquí llena de hijos con tantas comodidades y mis pobres sobrinos sin nada que comer, pero cuando llegue este hombre, veré que trae y se los llevo todo, con tal de que me acepten nuevamente”. 

¡María!, ¿dónde está Bety?

Se la llevó la metiche de tu hermana, ya sabes que es su adoración y como no tiene sus propios hijos ¡viene a quitarme a los míos!

¡Bueno, bueno! ¿qué daño puede hacerte? ella sólo quiere ayudarte un poco y estoy seguro que lo hace con gusto, dejame saludar a los niños.

  ¡No!, ¡déjalos!, ¡ya están dormidos!   En el fondo tenías un extraño miedo de que él abusara de sus propios hijos y siempre encontrabas una excusa para evitar las convivencias, mientras él confiadamente, cedía.

José llegaba con muchos regalos para la familia, pero ellos no se enteraban, pues todo se iba directo al pueblo. Conforme pasaban los años, Bety continuaba siendo objeto de tus frustraciones, marcadas diferencias entre ella y sus hermanos, quienes asistían a colegios particulares, mientras ella iba a la escuela local, con apenas unos cuantos salones en obra negra, sin pisos, con láminas de asbesto por las cuales se colaba el agua en tiempo de lluvias y en el turno de la tarde, aún así tenía que prepararlos todas las mañanas, los uniformes bien planchados, las cabezas perfectas, limpias y peinadas, tal como lo requería el colegio, después volvía corriendo a casa a preparar la comida, limpiar la casa y salir corriendo para llegar a tiempo a clases. “La escuela de mis hermanos es muy bonita, me encantaría usar uno de sus uniformes, entrar a esos salones y caminar por los jardines tan hermosos, pero mi mamá no me quiere inscribir, ¿por qué será?”, se preguntaba la pequeña. 

Un sábado por la mañana, los niños estaban muy inquietos, en especial Alejandrita, una de las medianas, de personalidad alegre, extrovertida, aventurera y rebelde, un tanto salvaje, Bety no los podía controlar, así que se unió a la diversión confiadamente, al menos mientras llegaba mamá.

“¡Que alegría tener la tarde libre!”, querías llegar a descansar, confiabas en que todo estaba perfecto en casa,  “esa niña ya sabe cómo me gusta que sean las cosas, perfectas y en silencio”, pero te llevaste una gran sorpresa al encontrar a Alejandrita en la calle revolcada en la tierra peleando con el hijo de tu vecina, comadre, madrina de la misma niña, tu ya de por sí horrible rostro se transformó en algo peor, iracunda, corriste hacia la pequeña, tomándola por el cabello la llevaste arrastrando hasta el interior de la casa, el resto de los niños estaban paralizados de miedo, incluso Bety, quien por un momento se sintió alivio de no ser ella, mientras miraban cómo lanzabas un lazo sobre una viga, con un extremo en la mano y el otro enredado en el cuello de la pequeña, para colgarla, los niños al entender esa escena, te gritaban ¡no, mami, no! ¡dejala! pero estabas fuera de tus sentidos, no escuchabas; rápidamente Pepito salió a pedir ayuda, “¿Qué hiciste, María?”, decía la vecina y  desató a su pequeña ahijada.

Por la noche, José atravesó un tumulto de gente para poder entrar a su casa, todos lo miraban con cierta expectativa, al enterarse de lo que pasó, conteniendo el llanto preguntó mirándote a los ojos “¿tanto mal te hice?”, tomó sus pertenencias y las de los niños, dejándote sola con tu conciencia.  


Katya Mora, La taza de los sueños, octubre 2019.

Sismo por Graciela Albores

Así cómo llegaste tú, así llegué yo. Yo te bauticé con el nombre de Sismo. Ahora, debes saber que yo me llamo Benita, Benita del Campo. Del Campo porque pertenezco a éste. He vivido en él  y aquí quiero quedarme, siempre. Tengo más de setenta años, largos, largos. Esa es mi edad gatuna y a partir de que nací en tus ojos, je, je. En realidad son veinte y tú tienes treinta y siete, según la cuenta. En fin, conmigo tienes siete años, siete años que viniste a la vida y siete que naciste en mi mirada. Nací en las manos de una mujer, una que de pura suerte quiso atender a mi mamaíta, andaba rete asustada con esa sacudida que dio la tierra, pero mi apaíto le suplicó que ayudara a mi amá, que de ella dependía la vida de su séptima hija. Tal como tú naciste, en medio de otro coraje de la tierra, todo mundo corría para todas y ninguna parte a la vez gritando, pero no, yo no. Yo buscaba a tu madre que ya tenía un día de andar escondidita, esperando el momento de parir nueve gatitos. Tú fuiste el séptimo, ¡ah! ese día encontré a Chispa bajo una mesa del cuarto obscuro, arrinconadita, calladita, celosa de que no me acercara ni un tantito más. Llegué justo en el momento en que tú nacías. ¡Qué sorprendente es ver nacer la vida! Tú, rosita, mojado y la Chispa te lengüeteaba. Y bueno, tanto que oí sobre terremoto, que si sacudida, que un movimiento telu… no sé qué y entre otras palabras Sismo y así te nombré. Y así han pasado siete años, entonces tú Sismo y yo Benita, Benita del Campo, que nací en las manos de una mujer, pero ¡óyeme bien! También en los ojos del que me mira, porque así nace uno otra vez, cuando te miran te dan la luz; así naciste tú,  en mí cuando te vi, tan pequeñito e indefenso como un niñito. Por eso, mi más grande sueño es trabajar para los niños, desde traerlos al mundo como enseñarles a andar y decir sus primeras palabras, escuchar sus mayores sueños, amarlos. Mira que tú y yo no conocimos mucho de eso, porque tuvimos falta de amor de ese que se necesita para crecer chapeadita; pos mi amá me dio a luz pero ella se quedó en la oscuridad; por falta de fuerzas dijo mi apacito. Y a ti, te abandonó tu madre para irse con el gato del lechero. Sin embargo, mi obstáculo es no tener tiempo, no para mis sueños pues mi apá necesita que lo ayude en la casa, en el campo, en la tiendita y en cuidarlo. Dice que para qué quiero cuidar chamacos ajenos, que mejor lo cuide a él; que algún día tendré los míos y que ya cuidaré de ellos. ¿Y sabes qué, Sismo? Cuando pienso en eso, es cuando tengo mi fantasía sexual. Sshhh... Sí, entendiste bien. ¡No me quites la oreja! Lo digo despacito pa´que no me oiga naiden. Yo oí eso alguna vez entre una bola de mocosos y cuando le conté a mi apaíto, ¡se puso bien rojo! Y me dijo: "Anda tú con tus temblorinas a otra parte". En este mundo todos son temblores. Bueno, y es que sí hay noches que me imagino con el Güicho, el muchacho que ayuda a don Paco en la lechería. Sí Sismo, el lechero, ¡el dueño del gato con el que se fue tu gata madre! Y bueno, me figuro que nos casamos y que cuando estamos solos, afuera de nuestra casita, viendo el sol ponerse, él me da un beso y luego dos y se aparta, entonces yo le doy uno y otro más y solita pues, sin ayuda me quito el vestido y me parece que él pone sus ojos grandotes, de gato así como tú y que me mira completa y entonces tiemblo todita y sudo y mi respiración es más rápida y quiero, ¡sé que quiero que él me toque!, que me descubra, que me responda con su aliento, con su piel y con toda su alma… Sismo, ya está temblando otra vez…  


Graciela Albores, La taza de los sueños, diciembre 2019. 

Magdalena por Aura García

Lágrimas inmensas escurrían por las mejillas de Magdalena a la menor provocación, sus ojos parecían dos llaves de agua averiadas. Ese era su mejor talento, le decía su madre, llorar a cantaros, no podía evitarlo y cuando comenzaba nada podía detenerla, sus hermanos se burlaban y le ponían apodos: “Llorona, Chilletas, Lagrimosa”, la llamaban.

A veces era tan compulsivo su llanto que no podía llevar una vida normal, casi no tenía amigos y mucho menos novio, se había aislado del mundo, entonces una amiga de su mamá le había sugerido sacarle provecho a aquel talento: “Alquílate para llorar, una llorona en un funeral solitario nunca está de más”, comentó entre risas. Magdalena encontró una funeraria en donde le pagaban 300 pesos la hora, iba dos o tres veces a la semana, nada mal para alguien como ella.

Estaba llorándole a un muerto que nadie fue a ver por última vez, cuando de pronto escuchó un ruido raro, como una especie de golpeteo, trató de identificarlo, pero no supo qué era. Lo dejo pasar, sin embargo entre más lloraba el golpeteo aumentaba, acompañado de una especie de gemidos que no pudo ignorar, desconcertada, decidió ir a buscar de dónde provenía y ahí lo encontró, sentado detrás de una columna en un rincón, cubriéndose con unos floreros, era un hombre de edad mediana, delgado, con un extraño bigote, aunque más extraño era lo que estaba haciendo. Jesús, como se llamaba aquel hombre, se encontraba con los ojos semi cerrados, la piel enrojecida y sudada; el pantalón abierto y el miembro en su mano, erecto, masturbandose. Magdalena lo confrontó: 

—¿Qué diablos? 

—Discúlpeme, señorita, no piense mal, tengo un problema. 

Ningún problema justifica esto, voy a llamar al guardia. 

No, espere, es que sólo puedo excitarme cuando alguien llora y usted llora delicioso, no sólo es el sentimiento que le pone, es el gimoteo, el sonido de sus lágrimas mezcladas con su saliva, es lo más hermoso que he escuchado. 

Magdalena sin saber qué hacer se alejó rápido, pero el hombre la siguió y le propuso algo: 

 ¿Cuánto gana aquí por hora? Le pago el doble por una hora con usted a solas.

No soy una puta. 

Nadie dijo que lo era, por favor, no la tocaré, sólo quiero que llore y no me juzgue por tocarme mientras lo hace, ¿le parece? Deme una oportunidad y si no le gusta algo, le pago y puede irse sin compromiso. Magdalena dudó, pero curiosa aceptó y se dirigieron a un hotel. En el lugar, tal como él lo prometió, no la tocó, sólo le pidió que llorará mientras él se masturbaba. Magdalena no pudo evitar un sentimiento de empatía ante ese hombre que apreciaba y gozaba sus lágrimas, así comenzaron una relación de negocios hasta que un día Jesús le enseñó a disfrutar su llanto. 

Estaban en lo usual, ella llorando sentada en una silla y él en la cama, observándola mientras se jalaba el miembro, descubrió con la luz de la tarde que se colaba por una rendija de aquella cortina blanca, delgada y percudida; iluminando el bello rostro de Magdalena de una manera casi celestial y a pesar de lo feo y desgastado del lugar, era hermoso porque ella estaba ahí. 

No pudo evitar acercarse, caminó hacia ella mientras ambos se miraban sin parpadear, estiró su mano y ella se levantó para besarlo, en tanto él tocaba delicadamente su seno. Despacio desabotonó su vestido y ambos lo dejaron caer, entonces, bajó la mano acariciando y apretando sus nalgas, para luego recostarla suavemente en la cama, besándola de arriba hacia abajo con lentitud hasta llegar al vientre… 

En ningún momento Magdalena dejó de llorar y cuando el orgasmo llegó para ambos, lo comprendió: había vivido para ese momento y no eran lágrimas de tristeza, sino de placer. 

Aura García, La taza de los sueños, diciembre 2019. 

viernes, 5 de abril de 2019

La Ciudad de México por Kely Rojas

Cuando yo nací, ella, la que me acogió y me vio crecer, ya tenía 80. En sus primeros años todos pusieron empeño y trabajo para ayudarla a crecer. Tal como una mujer tiene sus etapas, aquella que en sus primeros años protegió a los hijos de la Revolución, también tuvo sus años de glamur y apogeo. Por ahí de los años de la década de los cuarenta ya estaba establecida. Las avenidas y la arquitectura art decó se integraban a las casonas de inicios de siglo y se acostumbraron a convivir con los vestigios del pasado, como las zonas arqueológicas de Tlatelolco y el Templo Mayor, sin olvidar las joyas coloniales heredadas como la Catedral Metropolitana de la Asunción de la Santísima Virgen María a los cielos. 

Con los años fue madurando y creciendo a la par de la educación, la tecnología y las clases sociales que en la década de los años sesenta y hasta los ochenta estaban muy marcados, quizá porque la población era mucho menor. El Tratado de Libre Comercio, la economía, los empresarios y por supuesto sus nepotistas y nocivos gobernantes, abrieron la puerta para que cada día arribaran más personas para alcanzar el sueño capitalino. Entonces se volvió más seductora, tal cual como una doña de mundo que guarda en su estructura múltiples vivencias. La voltearon a ver no sólo los paisanos, sino otros hombres también de mucho mundo, interesados por supuesto en penetrar y permanecer. Así se fue saturando y aguantando el desgaste y la edad por soportar a tanto sujeto. Pocas veces en el año se ve tranquila y clara, a pesar de las fracturas, los temblores, los torrentes que la inundan en agosto, siempre hay espacio para alguien más. 

Está hermosa, como una señorona, viva, llena hasta la médula, hasta el aire; parchada y remendada, pero eso sí bien maquillada, porque el mundo la necesita bien. Por dentro la siento ansiosa, a veces triste y preocupada. Le quedan pocos años para seguir en pie y para abastecer a tanto inconsciente, pero como un vaso de agua no se le niega a nadie, ella continua firme. Hoy casi a mis cuarenta años veo y vivo a la Ciudad de México con admiración y con la ternura de quien ve a un anciano que dentro de poco será su tiempo de partir. No tiene espacio ni agua, tampoco pulmones fuertes, pero a esta mi ciudad nadie la dejará morir. Acogerá a otros cientos de generaciones y como buena madre los verá nacer y morir pero ella ¡jamás! 


Kely Rojas, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, enero 2019. 

jueves, 4 de abril de 2019

San Pablo por Salvador Zarco

A mi mamá le gustaba llevarnos al río cuando le tocaba ir a lavar la ropa de la familia y mi hermano y yo éramos unos niños de diez y doce años. Mientras ella fregaba sus trapos en una piedra a la orilla del arrollo, Fidencio y yo nadábamos en una poza o nos columpiábamos en una reata que colgaba de la rama de un árbol o nos dedicábamos a juntar capulines maduros y dulces como mi madre. Mi padre nos mandó a los dos hermanos a la escuela. Teníamos que caminar dos horas para llegar al poblado que contaba con un jacal, que hacía las veces de aula en la que un maestro impartía los tres primeros grados de la primaria. Y era todo lo que había. Mi hermano sí concluyó los tres años y yo sólo estuve año y medio, pues mi mamá me necesitó para otros quehaceres: preparar el nixcómetl con la cal viva, molerlo en el metate y echar las tortillas de mano en el comal, ir al cerro por leña y otras que me tenían ocupada todo el día y la tarde. Un buen día mi padre me llamó y con voz grave me dijo que la comadre Lucía que trabajaba como sirvienta en la ciudad de México, le había comentado que unos familiares de su patrona necesitaban urgentemente una muchachita para los quehaceres domésticos y que él le había dicho que yo era la persona indicada por trabajadora, honesta y discreta. Y diciendo y haciendo. Al día siguiente llevando por acompañante una caja de cartón con una muda de ropa, abordé el camión a la capital. Desde luego la comadre Lucía fue por mí a la terminal y a lueguito me llevó a la casa donde yo iba a trabajar y la patrona me leyó mis obligaciones y mis prohibiciones, y me acompañó hasta el fondo de la casa, al cuarto de servicio donde yo iba a dormir. A la hora de la comida doña Alicia me presentó con don Arturo, su marido y con el niño Guillermo, su único hijo, como de dieciséis  años. Y pasaron las semanas y los meses y yo me la pasaba encerrada trabajando. Sólo los domingos podía salir un rato al mediodía y regresar a las seis, para preparar la merienda. Esas salidas las aprovechaba para ir a la central camionera de San Lázaro, pues ahí se juntaban muchas paisanas y paisanos. Me decía una amiga del pueblo, que si me ponía abusada hasta novio podía conseguir. Ahí conocí a un muchacho ya más mayor,  que me cortejaba mucho, de nombre Joel. Él no era de la sierra norte de Puebla sino de Tlaxcala, pero era muy amable y cariñoso conmigo. Un sábado, estaba sola en la casa y me fui a recostar en mi cuarto y me quedé bien dormida. Desperté de sopetón y vi a don Arturo acostado encima de mí, con una de sus manos tenía sujetadas mis dos muñecas y con la otra me manoseaba todo el cuerpo, me levantaba el uniforme y trataba de quitarme los calzones, todo ello mientras me besuqueaba toda mi cara. Yo le decía que no me merecía que me tratara así, que yo era virgen y que nunca había tenido novio. Y él me contestó que se moría de ganas por coger con una chamaca quintito y que escogiera yo: o me dejaba hacer todo lo que él quisiera o me corría de la casa acusándome de ratera. Y valiéndose de su fuerza abusó de mí y me dijo acomodándose la camisa y su pantalón: "está es la primera,  pero no la última,  y en las siguientes cada vez te va a gustar más". Sacó su cartera y me arrojó cien pesos y me dijo: "cómprate lo que quieras". Me quedé echa un mar de lágrimas, pero era un llanto interior, reprimido. Me sentía sucia. Me di un baño con agua fría y me metí a la cama. Esa noche no pude dormir de miedo de que regresara. Me dieron ganas de matarlo, pero yo me sabía impotente y estaba muerta de miedo. A la semana siguiente, una noche como a las doce treinta, mientras yo dormía, llegó el niño Guillermo y se metió a mi cuarto, se recostó a mi lado y con una mano me tapó la boca. Yo desperté toda asustada, quise gritar, pero no pude. Entonces el joven me dijo: "el sábado me di cuenta que cogiste con mi padre. Hoy tendrás que coger conmigo o le diré a mi madre lo que ustedes hicieron". Y abusó de mí  de nuevo. A las cinco de la mañana agarré mi caja de cartón con mi muda de ropa y me fui de la casa sin dar explicación. Caminé sin rumbo fijo y cuando me di cuenta estaba en la TAPO. Entré y vi una paisana. Estábamos platicando mis desventuras, cuando se apareció Joel. Me vio los ojos hinchados y la caja de cartón y me preguntó qué me pasaba. Y le platiqué todo. Todo le platiqué. Yo necesitaba desahogarme y lo hice con él. "Yo tengo un cuarto de azotea con una colchoneta y una parrilla eléctrica. Si no desconfías de mí, te la ofrezco para que te quedes ahí el tiempo que necesites". Todas las noches Joel me invitaba a cenar en el barrio y me dejaba en el cuarto y se iba. Hasta que una noche después de cenar me pidió permiso de pasar al cuarto y sin más nos comenzamos a besar y terminamos haciendo el amor. Eso se repitió muchas noches y yo acabé enamorándome como una pendeja. Y al poco tiempo le dije a Joel que ya no había reglado y que tenía ascos y mareos. Me llevó con un médico de similares y me confirmó que estaba embarazada. Y a los nueve meses nació un niño al que registramos con el nombre de Epifanio, en memoria del papá de mi mamá. Un día Joel se llevó a Epifanio sin dar explicaciones y luego regresó pero sin el niño. Cuando le reclamé que me devolviera a mi hijo, me contestó con una bofetada, y agregó: “sabes qué, necesito dinero y tú  me lo vas a dar de tu meritito culito, pero vas a tener que aprender a moverlo. Necesito que te pongas ahorita estas garras que te traigo”. Eran unos zapatos de tacón de plataforma, una minifalda, una blusa escotadísima y un brasier especial para que yo exhibiera los senos desbordados en el escote. “Y apúrate porque te voy a llevar ahorita a tu lugar de trabajo. Y no se te ocurra ninguna pendejada porque Epifanio pagará las consecuencias”. Y me llevó a la calle de San Pablo, ahí por la Merced y me encargó con otras putas que trabajaban en la misma zona. Pronto Joel me exigía que por lo menos le debía entregar 4 mil pesos diarios y para ello debía echarme veinte palos a 200 pesos cada uno. Pronto aprendí que esas cogidas no eran un acto amoroso. Que los clientes que nos ocupaban en realidad se hacían una puñeta con nosotras y lo que debíamos aprender es a excitar a lo máximo al cliente para deslecharlo y despacharlo lo más rápido posible. Joel cada día me exigía más dinero y también era más violento. De los puñetazos y las patadas, pasó a cargar un puñal que gustaba colocar en mi cuello, mientras me decía al oído mil amenazas. Un día apagó un cigarrillo en mi brazo, mientras con su mano me atascaba un trapo en mi boca para mitigar mis gritos de dolor y mi llanto. Con la ayuda de una paisana le mandé un recado a mi hermano Fidencio y lo cité en la TAPO con gran discreción. El día indicado me llevé a Epifanio y se lo entregué a mi hermano, le di un fuerte abrazo llorando y le prometí que los alcanzaría en el pueblo. Regresé a mi cuarto y cuando estaba terminando de empacar mi ropa, llegó Joel y al ver mi maleta se encabronó. “Hija de la chingada”, me dijo, “¿dónde está Epifanio, dónde?" y empezó a golpearme. Me jalaba de los cabellos, me abofeteaba la cara, me azotaba contra el suelo y me pateaba. En un descuido agarré un florero y se lo estrellé en la cabeza y perdió el conocimiento. Agarré una botella del alcohol y se la vacié en la cara y le prendí fuego con un encendedor. Joel volvió en sí y gritó desgarradoramente por el intenso dolor y por la furia. A tientas, pues no podía ver, alcanzó a agarrar mis cabellos y después con ambas manos mi cuello. Y apretó, apretó hasta que se cansó. Ahorita están echando las últimas paladas de tierra en mi sepultura y pondrán una cruz con el nombre de “Saula González Barrientos 1985-2018”. Pero morí tranquila, porque mi hijo ya está en buenas manos. Joel quedó ciego y pronto estará en el reclusorio acusado de homicidio, con el rostro de un ser de ultratumba. Su carrera de padrote se acabó. De tal manera que de hoy en adelante si quiere dinero fácil lo tendrá que obtener de su meritito culito, pero eso sí, primero va a tener que aprender a moverlo. 

Salvador Zarco, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE,  mayo 2018. 

domingo, 31 de marzo de 2019

Abnegada por Luisa Ramos

Como un reloj hacía cada una de mis tareas. Exactas y repetitivas eran mis labores cotidianas. Me había decidido a complacer a mi padre y estudié la carrera de derecho dejando así mis propias aspiraciones de convertirme en bailarina profesional. ¿Para qué entonces me llevaban a clases de ballet cuando era niña? –Para desarrollar el porte y la elegancia de una señorita decente– me decían. Nunca se imaginaron que eso sembraría en mí la ilusión de vivir danzando cada día, que soñara con los escenarios, con los teatros, los vestuarios, la utilería, los sutiles movimientos que se trabajan durante años.

-Sé disciplinada, me decían. Haz tus deberes,  repetían. ¡Pero claro que los hacía!, sin embargo, así era porque era una condición necesaria para continuar en el ballet. Yo adoraba ponerme las zapatillas y dar vueltas por el salón de clase. ¡Sí! ¡Esa era mi vida! ¡Esa era yo realmente! Sin embargo, llegó una edad en la que mi padre decidió que ya era hora de madurar, de enfocarse en las cosas importantes, y una y otra vez mencionaba que lo verdaderamente necesario era producir, mover el dinero, aportar a la casa. Yo tímidamente replicaba que, si bien mi maestra de danza no era rica, podía vivir de su arte. ¿Vivir del arte? ¡Qué tontería! Vamos  para de una vez y para siempre esas ideas tontas que tienes en la cabeza-. Y, sin más, abnegada, dejé que me llevaran al camino del orgullo familiar. Un día lo escuché decir: "Pues no me tocó tener un varón, pero por lo menos va a ser una gran abogada como su padre" , y como la admiración, el respeto y el miedo por él eran tan enceguecedores, no vi más remedio que aceptar sus designios sobre mi vida. Ahora, cada día, desde que conseguí una ayudantía en los juzgados, me encuentro con el recuerdo de mi padre y de sus palabras: producir, mover el dinero, aportar a la casa; no me tocó un varón; ¿vivir del arte?, ¡qué tontería! Y cada que me miro en el espejo me veo rota, desdichada. Veo un reflejo, pero ahí no estoy yo. Solamente está esta aberrante creación de las aspiraciones inconclusas de mi padre. ¿Así será mi vida para siempre? No me he atrevido ni a pasar por un estudio de danza después de la preparatoria, ni por un gimnasio, ni he ido a un teatro y apago el televisor cuando pasan algún espectáculo. No me quiero mirar en ningún espejo porque yo no estoy ahí. Hay un cuerpo ciertamente, pero dentro de él solo vive aquella joven que dejé que asesinaran con hirientes palabras. No me gusta lo que soy. No me reconozco. No hay ningún aprecio por este ser mecánicamente maniobrado porque yo, la mujer que amé, me convertí en fantasma y en cada espejo me aparezco como aquella que nunca me permití ser.

Luisa Hidalgo, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, diciembre de  2018. 


miércoles, 16 de enero de 2019

Cómo elegir un taller de creación literaria por Karla Rojas

Eres de las personas que desde hace años desea escribir su vida, es que te ha pasado tanto que cuando cuentas tus anécdotas siempre hay alguien que dice: “Podrías escribir un libro”. Pues no lo dejes en propósito de año nuevo, como proyecto para cuando te jubiles, para cuando tus hijos  terminen la universidad o tengas tiempo para sentarte e iniciar. Si quieres escribir, escribe. El problema es que tienes  tantas ideas en la cabeza que no puedes decidir con cuál comenzar. Bueno, para eso existen los talleres literarios. El objetivo de éstos  es ayudar a las  personas  a desarrollar la habilidad a través de ejercicios básicos que las acercarán  al conocimiento de las diferentes técnicas, recursos,  estructura de los géneros,  e incremento de la riqueza léxica, así como una redacción coherente y carente de faltas de ortografía. 

Aquí algunos puntos que debes tomar en cuenta  para encontrar un buen taller literario. 
  •  Revisa que tenga contenido. Así podrás saber si ese curso se enfocará a un tema o a varios y si son de tu interés.
  • Duración del taller. Por lo general los talleres tienen una duración de dos y tres meses, con una sesión de dos horas a la semana. Pregúntate si eres de las personas que aprende con rapidez o si necesitas más tiempo para trabajar los temas. Hay talleres de seis o doce meses.
  • Mucha gente cree que el costo del servicio o producto que se ofrece equivale a calidad, pero no es así. El que los talleres se ofrezcan en librerías de prestigio con “escritores reconocidos” y el costo sea elevado no garantiza que aprendas lo necesario para sumergirte en el mundo de la escritura creativa, sobre todo si eres principiante. O porque el escritor es escritor, pero no profesor. 
  • Clase muestra. Es recomendable tomar una clase muestra, tal vez antes de que inicie el periodo en el que deseas asistir o cuando éste comience, antes de tomar la decisión de quedarte. Así podrás conocer al coordinador y su forma de ser: si es una persona objetiva o impone su ideología; y si tiene la pedagogía adecuada para lo que enseña. Sobre todo si el taller es de escritura y no de lectura o crítica literaria. La escritura como todas las artes desnuda al artista y el despojo se debe realizar en un ambiente de confianza.  

Karla Rojas coordinadora del taller 

domingo, 21 de octubre de 2018

El don por Estela González

Éramos cuatro los inseparables: Sara, Jaime, Martina y yo. Estábamos  en el último semestre de la carrera. Sara hacía el servicio social en la biblioteca central en CU. Un día llegó muy excitada:

—Muchachos,  urge que nos veamos.

Se decidió que fuera en mi casa, pues siempre estaba sola. Llegamos en la noche. Con misterio sacó de su morral un librito muy viejo, con la enfermedad de la lignina que los vuelve amarillos y olorosos a placer, nos dijo que lo encontró en un rincón infecto que le pidieron ordenar. 

¡El libro era una copia de la famosísima Biblia del Diablo! El original mide 90x90 y pesa 75 kilos. En 1697 Estocolmo, viernes 7 de mayo, un cuerpo yace sin vida, es el rey Carlos XI, acaba de morir, en ese momento inicia un incendio terrible, el criado más antiguo corre como poseso a la biblioteca y lanza por la ventana el manuscrito. Durante todos estos siglos quien tiene el privilegio de posar sus manos sobre él puede notar,  que sólo las hojas cercanas a la enorme pintura del Satanás que aparece encarcelado,  muestran sombras negras en Pandemónium. Por increíble que parezca nuestra copia del libro contenía los mismos conjuros demoniacos, exorcismos, encantos, sortilegios y también estas sombras negras adversarias de la luz.

Eso nos hizo apreciar avasallados la joya en tinta que poseíamos, así que entre más lo consultábamos una poderosa fascinación nos invadía. No sé quien lo planteó, pero resolvimos llevar a cabo un conjuro para convocar al Diablo. Cada uno pensaría su petición, lo que se necesitaba era:  el libro, tres velas negras, una tiza morada, una moneda antigua de plata y hacerlo en un panteón con huesos de ahí mismo cuando el reloj marcara la media noche. Al otro día me fui al mercado de Sonora con la familia de los Maxtla, ellos me consiguieron todo y me advirtieron que una vez convocado y si en la moneda de plata aparecía luz y oscuridad, entonces no había marcha atrás.

Propuse irnos al pueblo donde vive mi familia materna. Mi abuelita nos recibió con la ternura de siempre. A las 11:30 P.M. nos encaminamos al panteón, llegando buscamos huesos de muerto de los cuales hay muchos,  pues el camposanto tiene dos siglos. Con éstos formamos el triángulo, en cada esquina una vela negra encendida, con la tiza morada escribimos los tres nombres de Satán: 1. Lucifer (El Tentador) 2. Leviathan (El Rebelde) 3. Belcebú (El colaborador) El libro fue depositado al centro enseñoreando el lugar, nosotros nos colocamos junto a él con una moneda de plata. Cada uno ya tenía su petición. Lo siguiente era simple,  pero terrible, teníamos que gritar con todas nuestras fuerzas tres veces ¡VEN SATAN! a la tercera vez sentiríamos su presencia dentro de nosotros. En ese momento, justo en ese momento haríamos la petición. Jaime y Sara gritaron: ¡VEN SATAN! Martina con voz débil y casi en lloro no gritó, imploró: VEN SATÁN. Yo llené de aire mis pulmones, quería contrarrestar el grito medroso de Martina, grité desgarrándome la garganta ¡¡¡VEN.. en eso se oyó una carrera desenfrenada por todo el cementerio. Martina lanzó un aullido espantoso, salió del triángulo empavorecida, llorando sin ataduras, histérica. Frustrados recogimos todo y temprano nos regresamos a la ciudad, luego de un suculento desayuno preparado por mi abue, gualumbos (flor de maguey) con huevo, frijoles y una taza de café.

Al otro día en la noche, ya recostada en mi cama, repasaba obsesivamente lo acontecido. En eso escuché que llegaron del pueblo mi tía Mary y mi tío Bonifacio, oí la voz cristalina y cálida de mi madre y su contento de recibirlos, no quise pararme, luego dejé de prestarles atención y sólo percibía en lugar de voces un ronroneo. De nuevo a pensar en lo acaecido.  ¡Ah si hubiésemos concluido! Abracé el libro y con los ojos cerrados, musitando en voz baja, repasé el rito en oración.

Estoy en el camposanto a la media noche, junto los huesos, enciendo las velas negras, coloco una en cada esquina, escribo con tiza morada los tres nombres del Maligno, entro al triángulo, en el centro la biblia de satanás, yo a su lado con la moneda de plata, grito contenida pero con la voz en pálpito, VEN SATAN, VEN SATAN…VEN SATAN, inmediatamente entra en mí, lo hizo porque el rito es simulado, una mentira y donde hay mentira él gobierna.

Me pesa, mucho me pesa, casi no puedo respirar, entonces llegó el momento, hago mi petición: Rey de las tinieblas, ángel caído, serpiente del génesis de lengua bípeda, gran dragón de las siete cabezas de fuego, macho cabrío, cuervo que arrancas los ojos, gallo negro, padre de la mentira,  si de verdad eres, si el Diablo existe, concédeme lo único que ambiciono: EL DON… de la escritura.


Estela González, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, abril de 2018. 

Tres desgracias por Salvador Zarco

En el Registro Civil mi mamita me puso por nombre el de Arturo Ricardo de apellidos Oseguera Riveroll,  posteriormente en la pila bautismal mi mamaita cambió de opinión y me puso Ricardo a secas, con los mismos apellidos.

Bueno, nací el 13 de mayo de 1949, en la ciudad de Durango. Mi padre fue un ingeniero de minas de nombre Austreberto Oseguera de la Rosa. Mi madre, Atanasia Riveroll Horcasitas, nació en el barrio de San Juan de Dios en la ciudad de Guadalajara, quedó huérfana de 6 años y fue internada en el Hospicio Cabañas, donde cursó la educación primaria.

Mi madre por ser tapatía sabía guisar un exquisito pozole, una deliciosa birria y un suculento pipián. Preparaba una refrescante agua de limón con chía y gustaba también del agua de arrayán.

Yo estudié para arquitecto, pero no terminé la carrera por diversas razones. Mi madre murió –mi padre falleció diez años antes--, la biología despertó más interés en mí que la arquitectura, mi novia me abandonó por mi mejor amigo y entré en una depresión brutal…

Lo que me mantuvo vivo fue mi gusto y pasión por la lectura. Me puse a leer como loco a los grandes maestros rusos: La guerra y la paz de Tolstoi. La madre de Máximo Gorki. Crimen y castigo de Dostoyevsky y El loco y Un crimen de Chejov.  

Y mientras yo leía y leía y me zambullía en ese mundo lleno de personajes maravillosos y de pasiones mundanas universales, de héroes míticos y revolucionarios, a mis espaldas mis hermanas y hermanos, sobrinos, tías y tíos y primos y primas, todos, absolutamente todos conspiraban sobre los bienes intestados que eran propiedad mancomunada de mis padres.

Cuando me encarcelaron, ya venía recomendado de la Procuraduría, quesque yo estaba loco. Yo soy inocente de lo que me acusan. Me dicen que soy un estafador, que me robé 5 millones de pesos. Si así fuera ¿viviría como vivo, que ni para un abogado de oficio tengo? No señor, yo no he robado a nadie ni estoy loco. Alguien, el verdadero ladrón, me quiere enloquecer y quiere que me maten y quiere quedarse con los bienes de mis padres. Y por  eso pagaron para que me encerraran aquí.

El psiquiátrico, el manicomio, la casa de la risa o como gusten llamarlo, aquí en Lecumberri en realidad debería llamarse el infierno.

El ambiente es nauseabundo, irrespirable. Por todos lados hay mierda. La qente se caga donde le da la gana: en los dormitorios, en el comedor, en el área de regaderas, en todas partes. Llega el momento que te acostumbras al olor de la mierda, lo soportas, lo extrañas, lo aprecias, lo deseas.

En cuanto a sus habitantes, hay de todo. Desde los que se han convertido en unos verdaderos gusanos, que han perdido toda condición humana, que duermen en el suelo, que comen en el suelo, que nunca superarán el suelo mientras vivan; también existen “las lacras” —según el lenguaje carcelario— como aquel infeliz que mató a su madre y luego se la comió y que deambulaba por el psiquiátrico con la lengua de fuera, pero una lengua descomunal de kilo y medio. Pero también contábamos con un asesino serial que se hizo abogado en forma autodidacta y defiende a presos pobres como yo, pero no se da a basto, y estoy hablando ya lo adivinaron de Goyo Cárdenas.

Al ingresar a la prisión nos dan un uniforme color azul marino. De la talla que sea. Pero ya en la casa de la risa, la mayoría sólo usa, si mucho, la camisola y la población del siquiátrico anda semi encuerada, sin pantalón y sin calzones, con la verga de fuera. Los que se arrastran en el suelo andan con las nalgas y las manos y la cabeza tusada, todas llenas de mierda. Vivimos en condiciones infrahumanas, en un verdadero infierno.

Por todo lo que les he narrado estarán de acuerdo conmigo que yo Ricardo Oceguera Riveroll, soy víctima de tres desgracias, a saber: número uno, la desgracia de ser pobre; número dos, la desgracia de estar preso y número tres, para desgracia mía, estar loco en el psiquiátrico de Lecumberri.

Y la verdad les confieso que tengo miedo, aquí hay presos que por cien pesos son capaces de matar a un inocente y por lo mismo desconfío hasta de mi propia sombra.

Bueno,  me despido de ustedes, estuve muy agusto, me siento tan bien de que alguien me escuche,  pero ya me voy pues tengo que ir a ver a mi mamita, hasta luego, que tengan buen día.

¡Hey! qué les pasa, déjenme salir. Tengo que ver a mi mamita. Me está esperando. ¡Déjenme! ¡No me golpeen,  cabrones! ¡Déjenme! Ay, ay, Aaaayyyyyyyy Agrhhhhhh


Salvador Zarco, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, junio de 2018.




lunes, 15 de octubre de 2018

La triste historia de tu cuerpo sobre el mío por Esteban Macotela

El insomnio ataca de nuevo, otra madrugada despierto y con lo agotado que estoy, es más mi preocupación que mis ganas de descansar, tengo la impresión de que inconscientemente mi falta de sueño, a pesar de que estoy muy cansado, es provocada por mí… me resisto a dormir. Es lógico, tengo mucho miedo, aunque lo reconozco no me alivia, esto de la paternidad a mi edad, ya no tengo la misma fortaleza de antes, no soporto las desveladas, como poco y a deshoras, sólo dormito ya que no descanso, quiero asegurarme de que estás bien, que respiras. Cada cambio de pañal por la noche es un trofeo para mí, según las indicaciones médicas es señal de que estás bien hidratado, comes lo suficiente, por lo que no dudo en levantarme cada vez que lloras y la causa es mantenerte seco y descansado.

Deseo estar despierto lo más que puedo para salir al rescate de cualquier situación que implique un llanto tuyo, la verdad he de confesar, es que disfruto mucho sacarte de tu cuna para contenerte, calmarte; una vez tranquilo colocar tu pequeña humanidad sobre mí, tanta paradoja entre fragilidad y fortaleza me hacen entender sobre lo que dicen acerca de “el milagro de la vida”; me encanta tu olor, según te estoy protegiendo, pero ¿qué tanto me estás protegiendo tú a mí?, ¿qué tanto me ayudas a relajarme?, ¿quién salva a quién? Éstas y muchas otras dudas dan vueltas en mi cabeza mientras decido disfrutar cargándote, cuidándote, ahora que estás pequeño me reconforta pensar y sentirte, no hay nada más en este mundo, sólo tú y yo, cuerpo a cuerpo, conecto con mi paternidad, con mi masculinidad.

Por lo que llego a la conclusión de que no me aqueja el insomnio como te platico, es la dulce espera de poder disfrutar de esta complicidad bajo el cobijo de la noche, se que aún no eres consciente de esta conexión, escribo estas líneas para asentar este mágico momento, no olvidar la dulce sensación, que al leerme puedas remontarte a tus primeros días de vida, puedas visualizar y evocar las emociones que pretendo transmitirte en este texto: tu padre acostado en la cama, tu madre profundamente dormida a un lado, los perros acostados a los pies de la misma, la luz de la lámpara de noche encendida, el olor a citronela combinada a tu característico perfume de bebé y tú acostado sobre mí, dormido, descansando; me invaden nuevamente los miedos, el temor a quedarme dormido disfrutando de tu cuerpo sobre el mío, puedes caer, me levanto nuevamente, te deposito en tu cuna de colecho, mientras regreso a la cama tengo sentimientos de tristeza, nostalgia, ansiedad… me digo para mis adentros…”disfruta de estos momentos, el tiempo pasa muy rápido, los bebés crecen”. 
Antes de dormitar nuevamente reflexiono sobre mi falta de sueño, decido dejar de luchar y caigo vencido dispuesto a esperar nuevamente al silencio de la noche para disfrutar de la misma historia triste, melancólica y a la vez feliz.


Esteban Macotela, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, junio de 2018. 

viernes, 3 de agosto de 2018

El olvido por Salvador Zarco


Te vi pasar frente a mí, con tu andar cadencioso, desenfadado y enseñando lo mejor de tus pantorrillas. Discretamente, de reojo, te miré. Estaba  en el parque hundido haciendo tiempo pues tenía  una entrevista de trabajo a las 14 horas y eran las 11.

Saco mi libro de cuentos de Borges y me pongo a leer. El día estaba caluroso, pero la banca que ocupo se veía bendecida con la sombra de un frondoso árbol.

El silencio se vio interrumpido por unos tacones, y eras tu de regreso. Caminaste directo a  mi banca y te sentaste junto a mí. Me saludaste y te contesté el saludo. 

—Ay, qué calor —dijiste.
—Sí, bastante —te reviré.
—¿Qué estás leyendo?  —preguntaste.
—Cuentos de Borges —te dije.
Ay, Borges me encanta, qué maravilla —comentaste.

Y me extendiste la mano como felicitándome. Pero te quedaste con ella y al rato eran tus dos manos contra la mía, así que decidí agregar la cuarta a esa danza en la que se acariciaban todas contra todas, un dedo, otro, la palma, el dorso y va de nuez. Y mientras tanto  seguías hablándome de Borges.

Me preguntaste directo:

—¿Y tú a qué te dedicas, se puede saber?
—Por supuesto —te dije—. Yo soy un trabajador jubilado de Luz y Fuerza.
—No manches —me soltaste y agregaste—, esos trabajadores no son dejados, están muy organizados y son bien solidarios, eso me gusta.
—Yo me llamo Adolfo y ¿cuál es tu nombre?
— Rosa María, pero me puedes decir Rosy.

Rosy no paraba de hablar, pero no me hostigaba, era como una encantadora de serpientes, me tenía cautivo y fascinado. De pronto me dijo:

—¿No me vas a invitar a comer?, perdóname pero ya tengo mucha hambre. 

Tomamos un taxi y la llevé a comer a un restaurante de comida alemana. De la entrevista de trabajo ya ni me acordé. Sólo tenía presente la dulce voz de Rosy y sus pequeñas y traviesas manos,  sus pantorrillas esculpidas en mármol de carrara.

Después de degustar un excelente platillo de una gran variedad de salchichas y salchichones con ensalada, acompañado de dos botellas de vino tinto, cuando pagaba yo la cuenta, Rosy me dijo mirándome a los ojos con una expresión lasciva y juguetona:

—Y ahora qué ¿me vas a invitar a tu casa, vives solo?

Le respondí que era viudo y que vivía solo y que si no tenía objeción podíamos ir a casa a tomar un buen café orgánico, a escuchar música o a seguir disfrutando de su plática. Y nos fuimos. Yo iba muy nervioso, como un chamaco de secundaria en su primera experiencia amorosa. Llegamos. Bebimos el aromático café,  escuchamos esplendorosa música. Sus manos traviesas no dejaron de acariciar las mías y luego a arremolinar mis vellos, primero  los de mis brazos y luego  los de mi pecho. Entonces yo comencé a acariciar su rostro, su frente, sus mejillas y su barba, y le besé los ojos, las mejillas y su fresca boca. Y comencé a deshojar la margarita, primero sus zapatos, después la blusa, su falda y el fondo. Y ahora fueron mis manos las que recorrieron todo su cuerpo, para dar lugar a que sembrara toda su humanidad de tiernos besos. Le retiré el sostén y la pantaleta dejando ver unos senos de buen tamaño coronados por dos pezones rosados y un pubis totalmente alfombrado.

Ella me pidió que me desnudara y lo hice lentamente. Enseguida me ordenó que me recostara en el sofá a todo lo largo y quiso subirse encima de mí a horcajadas. Entonces yo le grité:

—¡Detente!, no pongas tu cuerpo sobre el mío, porque va a terminar con una triste historia. Acabo de recordar que ayer fui al super y olvidé comprar mi viagra.


Salvador Zarco, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, mayo de 2018. 

Me gusta ir sola al cine por Carolina Vázquez

Uno de mis paseos favoritos es ir al cine, sola. Varias veces he bajado del metro en el centro y he tomado una bicicleta hasta el Cinépolis Diana, una vez ahí me pregunto qué película se me antoja ver, me compro un ICEE de cereza, unas palomas… si tengo mucha hambre me compro algo más, unos nachos, papas, chocolates o todas las anteriores. Pido una butaca lo más lejana de los asientos ya ocupados, entro temprano, porque me encanta ver los cortos y los comerciales, y sentir que todo el cine es para mí y que toda mi comida es para mí, imagino que algo así se siente ser libre. 

La semana pasada me encontré a la última persona que esperaba encontrarme y pasó la última cosa que me esperaba que pasara, es decir, me encontré a Luis, y me habló. Luis es el amor platónico más grande que he tenido en la vida, lo conocí hace más de 10 años en unas clases de alemán, yo acababa de salir de la prepa, Luis era diferente a todos los niños que había conocido, se plantaba ahí a darse aires de bohemio, a contar historias que lo hacían ver muy “de mundo”, que yo le compraba ansiosa y compulsivamente, de manera que se convirtió en la vara con la que mediría a todos los hombres que conocí a partir de ese momento. Nunca pasó nada entre nosotros, él me trataba con una indiferencia muy elegante, pero indiferencia al fin, mientras que yo me resignaba, pensándome demasiado aburrida para él. Así que ahí estaba yo, años después, en una bici, emocionada por las aproximadamente 2 horas de ser casi libre, cuando de la nada oigo que alguien grita mi nombre y ¡era él! Ni lo reconocí en principio, por lo gordo, cuando lo conocí era flaquísimo, ahora estaba bastante gordo, afeitado, el pelo al ras de la cabeza, pero me sonreía muy amablemente y antes de que conscientemente supiera por qué, pregunté ¿Luis? Él asintió, platicamos un poco, preguntó si tenía yo algo que hacer y dije que no, fuimos por unas cervezas.

Para mi sorpresa resultó que se acordaba mucho de mí, mencionó detalles de aquel tiempo de los que ni siquiera yo me acordaba, me dijo que le daba gusto verme; hablamos de nuestras respectivas vidas, del lugar en el que estábamos y de cómo habíamos llegado ahí, luego nos besamos. El beso me supo al paraíso encontrado y sonreí, espontánea y francamente sonreí, sonreí con todas mis ganas, porque de verdad lo sentí así, pero luego tuve muchas ganas de irme. Pensaba en mi película, en mi sala de cine, en mi comida, en mi libertad. Pensé en que estaba bien sola, en que qué ganas de meterme en esto otra vez… sin querer me llovieron razones para irme, ¡qué digo me llovieron! fue todo un diluvio y se las dije, no pude guardármelas, me salieron como caballos desbocados, como una estampida, tan así que él no pudo argumentar nada, se quedó callado y me dejó ir. 

Sí, le pagué mi parte de consumo, y sí, me arrepentí al poco tiempo, pero ya me sé la historia de salir con alguien, el amor en tiempos posmodernos da más flojera que nada y a mí me gusta mucho ir sola al cine, y a todo lo demás.


Carolina Vázquez, Creación literaria para principiantes, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, junio 2018.  

La casa de la abuela por Elizabeth Valdovinos

He vuelto a la casa de la abuela, la cerradura se sigue atascando como siempre, la puerta polvosa cruje al abrir y un rayo de sol entra conmigo, el movimiento levanta el polvo que baila en la luz y me va mostrando el camino dándome la bienvenida. Todo sigue igual, las carpetas de crochet sobre los sillones y las lámparas de cristal colgando del techo; el olor a queso rancio me guía a la cocina en donde todo está en su lugar, una taza, un juego de cubiertos y un par de platos, una olla y un sartén era todo lo que necesitaba, pues su amargura alejó a todos sus hijos, nietos, parientes y amistades desde que descubrió el gran engaño. 

El abuelo fue Capitán de Corbeta y pasaba más tiempo en travesías de altamar que en la casa, aún así tuvieron ocho hijos que ella cuidó con la devoción de una mujer enamorada del hombre que le nublaba el pensamiento con un beso apasionado. Pasaron los años y con los nietos llegaron las canas y las ganas de salir a buscar a su amado; desde el pueblo fue al puerto y en la capitanía le informaron que el Capitán Tejeda había fallecido hacía tres años, los restos le fueron entregados a su esposa e hijos en  una ceremonia luctuosa pues fue reconocido como héroe nacional por su participación en eventos de rescate,  allá en sus años mozos. Él nunca le contó nada, llegaba a casa urgido por besarla, la tomaba entre sus brazos y la transportaba al infinito en aquellos arranques de pasión,  saliendo de prisa alegando que su barco zarparía de nuevo y prometiendo regresar pronto. El corazón de Rosita se rompió, retornó a casa sin decir palabra alguna, la ira en su mirada lo dijo todo, tapió puertas y ventanas y no quiso saber de nadie nunca más. Se alimentó de odio durante diez años, hasta que fue a despedirse y regalar su casa al nieto que alguna vez le dijo: “Abuela,  yo te quiero más que a nadie en el mundo”; hoy la extraño, me hubiera gustado poder hacer algo para aliviar su sufrimiento. Gracias abuela.


Elizabeth Valdovinos, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, noviembre de  2017. 


Carmesí por Rodrigo Cerezo

Un escalofrío me hizo recordar un viejo amor del pasado. Justamente eran las mismas épocas con el sol en tonos naranjozos y vientos frescos tirando las hojas secas. La estación del año en la que la luna es más grande y las noches más oscuras. Lo conocí al término de la tarde y al inicio de la noche. Me dirigía a un bar ubicado en el centro de la ciudad. Ahí, me encontré con Ana, quien fue una de mis compañeras en el servicio de enfermería. Habíamos acordado que era un premio a nuestro arduo trabajo en el hospital. 

A nuestro encuentro la reconocí de entre la multitud mientras corría cruzando la avenida “¡Tengo ganas de bailar!”,  me dijo moviendo los hombros mientras agitaba su melena. Me contagiaba completamente verla llena de entusiasmo y que al mismo tiempo pareciera que estaba disfrazada de otra persona. Verla sin el cabello amarrado, ni el uniforme blanco de diario, verdaderamente era inevitable ponerle atención a sus pantalones de mezclilla entallados y a su blusa, si no mal recuerdo, color amarillo de hombros descubiertos.

En el camino al lugar, cruzamos un par de palabras hasta llegar a una vieja casona barroca de la época de la colonia. Pedimos mesa y un par de mezcales para entrar en calor. 

Avanzada la noche fue que lo conocí. Recuerdo que nadie me había hecho sentir tal sensación, aunque quizás lo exagero por haber bebido y alterado mis sentidos. Crucé el salón y al entrar al baño sentí frío, eran alrededor de las dos o tres de la mañana y mi maquillaje ya estaba cuesta abajo. Cuando abrí mi estuche, un ruido que provenía de entre los cubículos me hizo saltar. Parecía como si golpearan las paredes queriéndome espantar. No presté más atención y seguí con mi rutina de maquillaje. A los pocos minutos alcancé a escuchar que alguien susurraba algunas palabras, justamente de donde provenía el primer estruendo. No quise descontrolarme y seguí mirando de reojo a través del espejo convenciéndome a mí misma que la habitación estaba vacía. 

Enseguida que ignoré el susurro, un segundo golpe salió aún más fuerte “¿Quién anda ahí?”  grité con una voz temerosa y débil. Al instante, las luces del lugar se apagaron y corrí inmediatamente a la entrada, dejando mi estuche con pinturas. Llegué a la mesa y no le mencioné nada a Ana, sólo pedimos que nos trajeran la cuenta. 
De regreso a casa subí a Ana a su taxi y enseguida subí al mío. Una vez ahí, no paré de pensar en lo sucedido. Nunca volví a sentirme sola. Así se presentó. Así lo conocí. Aunque fue después de un tiempo que me di cuenta. Yo ya había olvidado lo ocurrido aquella noche y me había acostumbrado a los ruidos extraños y las constantes sensaciones de no estar sola. 

Un día en la mañana me encaminé al hospital y me encontré con Rafa, un vecino que se dedicaba a vender inciensos para la buena fortuna y el amor.

 —¿Pero qué te has hecho? Te ves radiante... ¿Es por eso de que andas de novia? —Lo tomé casi como por burla.

—¿De qué hablas, Rafa, si apenas tengo tiempo para mí? —¿Sorprendido, me confesó que la vecina de abajo le había platicado que estaba viviendo con alguien. Lo negué y le pedí que no creyera nada que tuviera que ver con ella. A lo que él emocionado me exigió que le contara la verdad. Él ya había visto la silueta de un hombre alto y robusto por mi ventana, y mi vecina de abajo ya le había contado del par de pasos extra que escuchaba provenientes de mi departamento.

En la misma semana al llegar de la guardia me topé con Sara, la vecina, una señora de unos sesenta y cinco años. Me detuvo en las escaleras. 

—Marianita, hija. Traté  de hablar con su marido porque no me ha dejado de dar lata con todos esos muebles que están acomodando —Me puse pálida y se me secó la boca—. Le toqué y le toqué y no más no me hace caso. Yo no digo que no... —La interrumpí bruscamente para subir enseguida y averiguar a lo que se refería. Al entrar y encender la luz, encontré todo en su lugar. No había nada que no estuviera como lo había dejado en la mañana. 

Estaba muy cansada e hice caso omiso a lo que pensé eran chismes de la señora. Encendí un cigarro para relajarme y lo acompañé con una copa de vino que me mandaron a dormir, hasta que alguien tocó muy fuerte a la puerta. La primera vez sólo me acomodé en la cama. La segunda vez fue más fuerte y me levanté a oscuras caminando por el pasillo esperando que alguien dijera algo para poder reconocer de quién se trataba, sin embargo, no volvieron a tocar ni hicieron otro ruido. Asustada, me acosté de nuevo y concilié el sueño una vez más. Ya en la madrugada por ahí de las tres, el tercer golpe se escuchó casi cual patadas en la puerta. Me desperté al instante y no quise salir de la cama tapándome toda la cabeza con las sábanas. Comencé a escuchar pisadas que se aproximaban por el pasillo y que entraban por la recámara. Sentí su cuerpo recostarse a un lado mío. Temblé. Mi corazón latía tan rápido y apretaba tanto los ojos que me puse a llorar. Enseguida sentí cómo una mano grande y tosca paseaba por mi cabeza tratando de calmar mi miedo. No tuve el valor de abrir los ojos, pero esa mano y ese cuerpo estaban ahí conmigo acariciándome, primero por la cabeza, seguido por la espalda y bajando por mis caderas. Me dejé llevar. Giré mi cuerpo y su mano siguió acariciando mi vientre, bajando hasta introducir sus dedos en mi vagina. Casi al instante descubrí mi cuerpo, dejándolo desnudo. Sentí la penetración. No fue difícil cambiar el miedo por placer y bastó con un par de minutos para llegar al orgasmo. El sueño fue mi consuelo al final. Después de esa noche mi amor por el fantasma perduró, pero él jamás regresó.


Rodrigo Cerezo, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, junio de 2018. 

Poder sobre el otro por Hugo Wingartz

Es viernes por la noche, las luces y faros de los coches que pasan a alta velocidad iluminan Viaducto Tlalpan llenándolo de una vida artificial, ahí, frente a un negocio de rótulos se encuentra Mercedes, esperando, como lo ha hecho ya desde hace cinco años. 

Su cuerpo es la mercancía y ella sabe cómo exhibirla, utiliza la iluminación de un parabús como si fuera una especie de mostrador, la luz que emiten los anuncios revelan su posición y profesión a todos sus posibles clientes. 

Mira una motoneta que está pasando, es el Gato, su padrote. Éste le hace una señal con la cabeza y ella asiente, una vez que el Gato se aleja, Mercedes vuelve a respirar y se tranquiliza, la noche apenas está comenzando así que todavía tiene chance de encontrar clientes antes de regresar a sus garras con las manos vacías, se hace una pequeña persignación y continúa concentrada en verse deseable. 

Unos minutos después llega un carro sencillo y poco ostentoso, un posible cliente 

–¿Cuánto? –le pregunta un hombre de mediana edad que lleva el típico disfráz de Godínez.

“Es quincena” piensa Mercedes. –$1,000 varos la hora y vale todo corazón.

La reacción del oficinista fue de desagrado, era muy probable que esta no fuera su primera vez con una de sus colegas y por eso sabía que le estaban viendo la cara, ante esto Mercedes reaccionó inmediatamente –Bueno, te lo dejo en $800 ya con el cuarto incluido –esto cambió la actitud del cliente–. Está bueno, sube –le dijo y Mercedes accedió.

El Gato tenía un acuerdo con los dueños de un hotelucho por el mercado de La Portales. Mercedes le indicó al hombre cómo llegar mientras ésta le mandaba un mensaje de texto: “Tengo chamba, van a ser $800”, siempre ha sido honesta, hace cuatro años se le ocurrió engañar al Gato mandándole otra cantidad para ganarse unos pesos, sin embargo, la paliza que éste le dio al enterarse del fraude le salió muchísimo más cara.

Una vez que Mercedes dio a conocer el nombre y la clave de su patrón, el recepcionista le dio una llave.

–Cuarto 123 –le dijo detrás de una ventana obscura. El oficinista la siguió a la pequeña y vieja habitación con estilo setentero, al entrar sacó la lana y la dejó en una pequeña mesita, Mercedes lo contó y al ver que era la cantidad correcta comenzó a quitarse la ropa, el hombre hizo lo mismo–. ¿Qué va a ser corazón? –Preguntó  con un tono dulce.

–Pues para empezar, una mamada –Mercedes sonrió aunque en su mente se decía a sí misma “todos son iguales”, sacó de su bolsa un condón, masturbó el miembro del hombre y tardó un rato hasta que tuvo la firmeza necesaria para poder ponerlo.

 –Hazlo con la boca –dijo el hombre, Mercedes obedeció como toda una profesional.

Ya había perdido la cuenta de cuántas vergas habían pasado por su boca, llevaba quince años haciéndolo, cinco de ellos bajo el cuidado del Gato. Todas eran iguales para ella, por eso invertía un poco más y compraba condones de sabor fresa, era su favorito. Después de unos minutos el hombre se excitó de tal manera que la  empujó  y comenzó a montarla, penetrando con fuerza, sin más lubricación que la saliva de la prostituta.

–Ay qué rico papi, qué rico –Mercedes mentía, dolía, pero era un escozor del cual ya estaba acostumbrada.

Su cuerpo entró en un modo automático, ya sabía qué hacer, cómo moverse e incluso qué decir. Dejaba que el hombre la poseyera, dejaba que se sintiera importante y poderoso, era eso por lo que realmente pagaban, no por el sexo, sino por la sensación de grandeza que te da el dominar al otro. Mientras lo hacía, ella pensaba en qué cenaría, si mañana le daría tiempo de pasar al mercado, qué habrá sido de Fernandito, el hermanito que dejó en su pueblo hace ya veinte años y fue entonces cuando escuchó el inconfundible gruñido del orgasmo masculino “Eso fue rápido” pensó.

–Ay estuvo riquísimo papi, yo debería pagarte a ti –dijo coquetamente, el hombre se acostó, sudando y jadeando, Mercedes jamás había visto que un cliente se durmiera tan rápido, aún le quedaba media hora antes de volver a las calles, así que tomó el dinero, lo guardó y vio un ratito la tele.


Hugo Wingartz, Centro CulturalCoyoacán del ISSSTE, diciembre de 2017. 



     




Leyenda por Alexa vargas

Hace mucho tiempo en un pueblito lejos de la civilización, vivía un carpintero que hacía los mejores muebles, todos acudían a él no sólo por eso, también porque era una persona amable y honesta, todo el pueblo lo conocía y admiraba su trabajo. Un día acudió un señor, a juzgar por su ropa no era del pueblo, éste entró  a su local y le dijo: “Buenas tardes, me gustaría la remodelación de esta cómoda”.  El carpintero accedió. Tardó meses en la remodelación hasta que un día entró la policía a su local y lo arrestó sin explicación alguna. Pasó días en la cárcel sin explicación hasta que un oficial de policía entró a su celda y le dijo:  “Usted está arrestado por el robo de una alhaja de oro del Mayor”. Él sin duda no sabía a qué se refería, sin poder decir nada el hombre fue fusilado sin apelo a piedad. Después de un mes,  el Mayor dueño de la cómoda se percató de que la alhaja de oro había estado todo ese tiempo en su carroza, apenado por el gran error que había cometido no le dijo a nadie, al día siguiente fue encontrado muerto en su casa con marcas en su abdomen que decían “yo no fui”. Lo mismo pasó con varias injusticias. Cuenta la leyenda que cada injusticia que se comete, alguien  mata al culpable y lo marca en el pecho con un “Yo no fui”. 


Alexa Vargas, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, marzo de 2018.  

El paisaje (monólogo dramático) por Nallely Moreno


Se ve a Cleotilde sentada en una banca de un bosque, se ve tranquila, relajada, admirando el paisaje.


Cleotilde: Sin duda es el paisaje más bello que jamás he visto, me encantan las hojas tiradas y el olor a pasto mojado. He estado sentada un largo rato y apuesto que este bosque tiene muchas cosas por ver. Será mejor que camine. Sí, voy a caminar, ese camino luce hermoso.

Cleotilde comienza a saltar sobre las hojas en silencio. Se va perdiendo en la inmensidad del bosque.

Cleotilde: Qué árboles tan altos, me gustaría ser nuevamente una niña para tener energía y treparlos, aunque recuerdo aquel día que me subí a uno y me caí, no me dolió, pero rompí mi pantalón y mi madre me regañó, me dijo (imitando a la mamá) "Te lo dije, que te ibas a caer y mira ya como dejaste ese pantalón, a ver quién te compra otro", me regañó más por el pantalón y ni siquiera me había preguntado si me había lastimado.

Cleotilde al decir estas palabras poco a poco se va alterando, mientras sigue caminando.

Cleotilde: Méndiga vieja, se preocupaba más por un pantalón que por su hija, por suerte ya no estoy con ella, me fui un día, ya no la aguantaba ¡pinche vieja loca!
Un día me castigó y no me dejó comer hasta que terminara mi tarea, y juro que lo intentaba,  pero esa tarea estaba bien difícil, así que esa noche me moría de hambre, quise bajar al refrigerador pera la vieja le puso llave a la cocina. Así que me salí a la calle y nunca más regresé.

Se empieza a reír y pierde la cordura completamente   


Cleotilde: Ja, ja, ja, ¡Nunca más regrese! También recuerdo el día que me dijo que jugáramos a las escondidas, me tocó esconderme y pasaron dos horas, dos pinches horas y nunca me buscó, al contrario, se quedó viendo la televisión, ahora por eso yo no la busco, ja, ja, ja,  si supiera que ya nadie la va a poder buscar.

Se ríe cada vez más fuerte. Mientras la escenografía va cambiando y se ve a Cleotilde completamente loca en su casa con una pistola en la mano, en el piso se ve un cuerpo, el de la mamá. Se escuchan sirenas a lo lejos.

Cleotilde: Sin duda es el paisaje más bello que jamás he visto.

Sigue riendo, pone sus manos en la cabeza y voltea hacia la puerta. Oscuro.


Nallely Moreno, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, julio de 2018.  


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