Te vi pasar frente a mí, con tu andar cadencioso, desenfadado y enseñando lo mejor de tus pantorrillas. Discretamente, de reojo, te miré. Estaba en el parque hundido haciendo tiempo pues tenía una entrevista de trabajo a las 14 horas y eran las 11.
Saco mi libro de cuentos de Borges y me pongo a leer. El día estaba caluroso, pero la banca que ocupo se veía bendecida con la sombra de un frondoso árbol.
El silencio se vio interrumpido por unos tacones, y eras tu de regreso. Caminaste directo a mi banca y te sentaste junto a mí. Me saludaste y te contesté el saludo.
—Ay, qué calor —dijiste.
—Sí, bastante —te reviré.
—¿Qué estás leyendo? —preguntaste.
—Cuentos de Borges —te dije.
Ay, Borges me encanta, qué maravilla —comentaste.
Y me extendiste la mano como felicitándome. Pero te quedaste con ella y al rato eran tus dos manos contra la mía, así que decidí agregar la cuarta a esa danza en la que se acariciaban todas contra todas, un dedo, otro, la palma, el dorso y va de nuez. Y mientras tanto seguías hablándome de Borges.
Me preguntaste directo:
—¿Y tú a qué te dedicas, se puede saber?
—Por supuesto —te dije—. Yo soy un trabajador jubilado de Luz y Fuerza.
—No manches —me soltaste y agregaste—, esos trabajadores no son dejados, están muy organizados y son bien solidarios, eso me gusta.
—Yo me llamo Adolfo y ¿cuál es tu nombre?
— Rosa María, pero me puedes decir Rosy.
Rosy no paraba de hablar, pero no me hostigaba, era como una encantadora de serpientes, me tenía cautivo y fascinado. De pronto me dijo:
—¿No me vas a invitar a comer?, perdóname pero ya tengo mucha hambre.
Tomamos un taxi y la llevé a comer a un restaurante de comida alemana. De la entrevista de trabajo ya ni me acordé. Sólo tenía presente la dulce voz de Rosy y sus pequeñas y traviesas manos, sus pantorrillas esculpidas en mármol de carrara.
Después de degustar un excelente platillo de una gran variedad de salchichas y salchichones con ensalada, acompañado de dos botellas de vino tinto, cuando pagaba yo la cuenta, Rosy me dijo mirándome a los ojos con una expresión lasciva y juguetona:
—Y ahora qué ¿me vas a invitar a tu casa, vives solo?
Le respondí que era viudo y que vivía solo y que si no tenía objeción podíamos ir a casa a tomar un buen café orgánico, a escuchar música o a seguir disfrutando de su plática. Y nos fuimos. Yo iba muy nervioso, como un chamaco de secundaria en su primera experiencia amorosa. Llegamos. Bebimos el aromático café, escuchamos esplendorosa música. Sus manos traviesas no dejaron de acariciar las mías y luego a arremolinar mis vellos, primero los de mis brazos y luego los de mi pecho. Entonces yo comencé a acariciar su rostro, su frente, sus mejillas y su barba, y le besé los ojos, las mejillas y su fresca boca. Y comencé a deshojar la margarita, primero sus zapatos, después la blusa, su falda y el fondo. Y ahora fueron mis manos las que recorrieron todo su cuerpo, para dar lugar a que sembrara toda su humanidad de tiernos besos. Le retiré el sostén y la pantaleta dejando ver unos senos de buen tamaño coronados por dos pezones rosados y un pubis totalmente alfombrado.
Ella me pidió que me desnudara y lo hice lentamente. Enseguida me ordenó que me recostara en el sofá a todo lo largo y quiso subirse encima de mí a horcajadas. Entonces yo le grité:
—¡Detente!, no pongas tu cuerpo sobre el mío, porque va a terminar con una triste historia. Acabo de recordar que ayer fui al super y olvidé comprar mi viagra.
Salvador Zarco, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, mayo de 2018.
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