miércoles, 22 de abril de 2020

Cómo lograr escribir por Karla Rojas

Es común escuchar a personas decir que les gustaría escribir, pero… un sinfín de excusas. Lo cierto es que muchas de éstas son parte del temor que existe y un mal que nos aqueja en gran medida: la falta de disciplina.

Creo que si en verdad tenemos deseos de escribir, debemos escribir. Es cierto que con las diversas actividades y roles que desempeñamos durante el día, el tiempo y la energía no nos dan para realizar un extra, pero si queremos escribir buscaremos darnos un tiempo para hacerlo. Qué tal si nos despertamos cuarenta minutos antes, o nos dormimos los mismos más tarde. Podemos cambiar una hora de televisión por una de escritura; si es imposible podemos llevar con nosotros una pequeña libreta para hacerlo en el transporte público, o compartir la hora de la comida con la escritura.

Lo podemos hacer unos minutos cada día o un par de veces a la semana, pero debe volverse parte de la rutina. Al inicio lo único que importa es escribir. Tal vez un sueño, una situación en el trabajo, en el vecindario, o la vida que imaginas tiene tu compañero de escuela. Pero quieres escribir novelas o cuentos, no deseas perder el tiempo, quieres escribir algo importante ¡ya!

Todo gran escritor comenzó sólo escribiendo. Sin importar de qué y para qué se escribe, se debe de escribir, al inicio es sólo para soltar la pluma. Si lo haces con regularidad, pronto comenzarán a tener sentido y motivaciones tus letras. Con el paso del tiempo, aquello que parece sólo una lluvia de ideas que no tiene ni pies ni cabeza, comenzará a tomar forma. Aquellas ideas inconexas serán cuentos y relatos.

En ocasiones lo que nos rodea nos da “grandes ideas” para escribir,  pero cuando tenemos la oportunidad de sentarnos a hacerlo, aquella gran idea se ha ido, la hemos olvidado o perdió su grandeza, pues, qué esperas para ayudarte de la tecnología, graba una nota de audio en tu celular, así no perderás tiempo en escribir, podrás volver a lo que hacías y podrás volver a ella las veces que sea necesario. Habemos personas que preferimos la libretilla.

Recuerda que la inspiración no es algo que llega por arte de magia, llega cuando se trabaja. Debes de escribir a pesar de que no sientas el impulso, ¡escribe! Si te preocupas por si está bien escrito, no lograrás disfrutar. La ortografía, la gramática y la sintaxis son importantes, pero no tanto como fluir con la pluma. Además todo lo que se escribe debe de pasar por más de un par de revisiones, las cuales se hacen días después, porque has de saber que cada texto se debe dejar reposar o descansar, así cuando vuelvas a él podrás darte cuenta de lo que hace falta.

Si ya has escrito, pero tienes retazos de una o varias historias, o completas, pero no hacen una unidad, no te preocupes, puedes buscar hacer un libro de relatos; dividirlo por temáticas, personajes, temporalidad, etc. La escritura nos permite dar rienda suelta a nuestras pasiones, e incluso a nuestras perversiones –siempre y cuando no salgan del papel si de matar a alguien se trata–, todo se vale, no es ni bueno ni malo, sólo es.

Escribe sin padecerlo, no hay por qué pensar que lo que escribes es malo o poco interesante, por fortuna hay público muy diverso, así que siempre seremos del agrado de alguien.

El deseo de escribir debe ser igual al de leer. La lectura ayudará a tener más claro de cómo escribir un inicio o un final, ayudará a encontrar más ideas y perspectivas de los temas que te interesan.

La escritura, como todas las artes, tiene su momento catártico y terapéutico. Llena la hoja no sólo de palabras sino también de lágrimas y mocos. Escribe sobre lo que te duele y te molesta. ¡Qué bueno es hacer algo que nos gusta y de paso sanar alguna que otra herida!

Lo ideal es tener un lugar que nos dé calma para concentrarnos y poner en marcha la escritura, pero no siempre se puede, así que debemos aprender a abstraernos. Por supuesto se trabaja mejor en un ambiente agradable, si tienes la oportunidad de crearlo en tu casa, biblioteca o cafetería, hazlo.

En resumen, la única forma de vencer las dificultades para escribir es escribiendo.

Karla Rojas, coordinadora de taller. 

jueves, 26 de marzo de 2020

Tanto mal por Katya Mora

Era una tarde de viernes, por el año de 1952, tú, una joven enfermera que viajabas en el autobús rumbo a casa después de una larga semana de trabajo en el hospital, eran cerca de tres horas en carretera, desde la terminal hasta la entrada del pueblo, estabas acalorada, cansada, fastidiada, todavía con el uniforme y rodeada de cajas se cartón amarradas con lazos de zacate, gallinas cacareando asustadas por los bruscos movimientos y aturdidas por el olor a diesel quemado que se colaba al interior del vehículo. 

Tu juventud, el color claro de tu piel, incluso tu aparente inteligencia, justificada con ese uniforme, disimulaban lo poco agraciada que eras, con ojos pequeños, rasgados; boca grande y mandíbula prominente  que hacía parecer a tus labios estirados incapaces de cubrir los dientes; cabello lacio y abundante, rebelde, apenas una docena de horquillas y la cofia lograron controlarlo. La menor de seis hermanos varones dedicados al campo, pero principalmente al alcohol y a las mujeres, fuiste quien destacó por su interés en las ciencias de la salud y se aventuró a ir del pueblo a la ciudad, mujer aguerrida para su época, buscabas siempre lo mejor para tu familia.

Mientras el autobús seguía avanzando a tu destino, te percataste de la presencia de un hombre quien ya te había echado el ojo, como una señorita decente, indignada y con el pecho erguido decidiste ignorarlo, sin saber que esa misma tarde él te llevaría. “¡Mujer, ya calmate! Yo soy un buen hombre, trabajo en México y el norte, no te va a hacer falta nada, esta casa es para ti, no te preocupes, yo después hablaré con tus papás, te voy a presentar a mi hermana Rosa, ella es muy amable, te va a tratar bien, !andale mujer! ven a conocer el lugar”. 

“¿Cómo voy a escaparme? mis hermanos me van a matar, no voy a poder verlos a la cara otra vez, ellos me esperaban hace tres días”, pensó. Meses después nació Bety, una pequeña niña de ojitos rasgados, boca pequeñita en forma de corazón y cachetitos de manzana, su padre la recibió con el mayor amor posible, no cabía de la emoción, mientras que para ti el sentimiento era totalmente opuesto; así llegaron seis hijos más, él los adoraba a todos y aunque trabajaba la mayor parte del tiempo, disfrutaba estar con ellos, verlos jugar, sanos y contentos; no había nada que no hiciera por su bienestar, tú, aún con tiempo para seguir con las actividades en el hospital, sin ser necesario, era tu capricho o la manera de llevarle la contra a José, tu marido. 

Bety era realmente muy pequeña cuando ya era jalada, pellizcada y sobajada por ti y además responsable de sus pequeños hermanos, quienes no se salvaban del mismo trato, aunque en proporción a su edad. “Mujer, deja a esas criaturas! si estás enojada con José, ¡vete, dejalo!, ¡ellos no tienen culpa de nada!, ¡estás buscando una desgracia! Puedes regresar con tu familia, ya pasaron muchos años, no eres una muchachita, pero sigues siendo muy caprichosa, mi hermano ha sido un buen hombre, te trata bien, te da todo, casi no está y no te da lata, hasta puedes ir a trabajar y hacerte de tu propio dinero ¿qué te hace falta? Me voy a llevar a Bety unos días, tiene mucha fiebre, cuando venga José la traigo”, decía la cuñada Rosa. 

“¡Cómo odio a José! ¡No quiero nada de él! estoy aquí llena de hijos con tantas comodidades y mis pobres sobrinos sin nada que comer, pero cuando llegue este hombre, veré que trae y se los llevo todo, con tal de que me acepten nuevamente”. 

¡María!, ¿dónde está Bety?

Se la llevó la metiche de tu hermana, ya sabes que es su adoración y como no tiene sus propios hijos ¡viene a quitarme a los míos!

¡Bueno, bueno! ¿qué daño puede hacerte? ella sólo quiere ayudarte un poco y estoy seguro que lo hace con gusto, dejame saludar a los niños.

  ¡No!, ¡déjalos!, ¡ya están dormidos!   En el fondo tenías un extraño miedo de que él abusara de sus propios hijos y siempre encontrabas una excusa para evitar las convivencias, mientras él confiadamente, cedía.

José llegaba con muchos regalos para la familia, pero ellos no se enteraban, pues todo se iba directo al pueblo. Conforme pasaban los años, Bety continuaba siendo objeto de tus frustraciones, marcadas diferencias entre ella y sus hermanos, quienes asistían a colegios particulares, mientras ella iba a la escuela local, con apenas unos cuantos salones en obra negra, sin pisos, con láminas de asbesto por las cuales se colaba el agua en tiempo de lluvias y en el turno de la tarde, aún así tenía que prepararlos todas las mañanas, los uniformes bien planchados, las cabezas perfectas, limpias y peinadas, tal como lo requería el colegio, después volvía corriendo a casa a preparar la comida, limpiar la casa y salir corriendo para llegar a tiempo a clases. “La escuela de mis hermanos es muy bonita, me encantaría usar uno de sus uniformes, entrar a esos salones y caminar por los jardines tan hermosos, pero mi mamá no me quiere inscribir, ¿por qué será?”, se preguntaba la pequeña. 

Un sábado por la mañana, los niños estaban muy inquietos, en especial Alejandrita, una de las medianas, de personalidad alegre, extrovertida, aventurera y rebelde, un tanto salvaje, Bety no los podía controlar, así que se unió a la diversión confiadamente, al menos mientras llegaba mamá.

“¡Que alegría tener la tarde libre!”, querías llegar a descansar, confiabas en que todo estaba perfecto en casa,  “esa niña ya sabe cómo me gusta que sean las cosas, perfectas y en silencio”, pero te llevaste una gran sorpresa al encontrar a Alejandrita en la calle revolcada en la tierra peleando con el hijo de tu vecina, comadre, madrina de la misma niña, tu ya de por sí horrible rostro se transformó en algo peor, iracunda, corriste hacia la pequeña, tomándola por el cabello la llevaste arrastrando hasta el interior de la casa, el resto de los niños estaban paralizados de miedo, incluso Bety, quien por un momento se sintió alivio de no ser ella, mientras miraban cómo lanzabas un lazo sobre una viga, con un extremo en la mano y el otro enredado en el cuello de la pequeña, para colgarla, los niños al entender esa escena, te gritaban ¡no, mami, no! ¡dejala! pero estabas fuera de tus sentidos, no escuchabas; rápidamente Pepito salió a pedir ayuda, “¿Qué hiciste, María?”, decía la vecina y  desató a su pequeña ahijada.

Por la noche, José atravesó un tumulto de gente para poder entrar a su casa, todos lo miraban con cierta expectativa, al enterarse de lo que pasó, conteniendo el llanto preguntó mirándote a los ojos “¿tanto mal te hice?”, tomó sus pertenencias y las de los niños, dejándote sola con tu conciencia.  


Katya Mora, La taza de los sueños, octubre 2019.

Sismo por Graciela Albores

Así cómo llegaste tú, así llegué yo. Yo te bauticé con el nombre de Sismo. Ahora, debes saber que yo me llamo Benita, Benita del Campo. Del Campo porque pertenezco a éste. He vivido en él  y aquí quiero quedarme, siempre. Tengo más de setenta años, largos, largos. Esa es mi edad gatuna y a partir de que nací en tus ojos, je, je. En realidad son veinte y tú tienes treinta y siete, según la cuenta. En fin, conmigo tienes siete años, siete años que viniste a la vida y siete que naciste en mi mirada. Nací en las manos de una mujer, una que de pura suerte quiso atender a mi mamaíta, andaba rete asustada con esa sacudida que dio la tierra, pero mi apaíto le suplicó que ayudara a mi amá, que de ella dependía la vida de su séptima hija. Tal como tú naciste, en medio de otro coraje de la tierra, todo mundo corría para todas y ninguna parte a la vez gritando, pero no, yo no. Yo buscaba a tu madre que ya tenía un día de andar escondidita, esperando el momento de parir nueve gatitos. Tú fuiste el séptimo, ¡ah! ese día encontré a Chispa bajo una mesa del cuarto obscuro, arrinconadita, calladita, celosa de que no me acercara ni un tantito más. Llegué justo en el momento en que tú nacías. ¡Qué sorprendente es ver nacer la vida! Tú, rosita, mojado y la Chispa te lengüeteaba. Y bueno, tanto que oí sobre terremoto, que si sacudida, que un movimiento telu… no sé qué y entre otras palabras Sismo y así te nombré. Y así han pasado siete años, entonces tú Sismo y yo Benita, Benita del Campo, que nací en las manos de una mujer, pero ¡óyeme bien! También en los ojos del que me mira, porque así nace uno otra vez, cuando te miran te dan la luz; así naciste tú,  en mí cuando te vi, tan pequeñito e indefenso como un niñito. Por eso, mi más grande sueño es trabajar para los niños, desde traerlos al mundo como enseñarles a andar y decir sus primeras palabras, escuchar sus mayores sueños, amarlos. Mira que tú y yo no conocimos mucho de eso, porque tuvimos falta de amor de ese que se necesita para crecer chapeadita; pos mi amá me dio a luz pero ella se quedó en la oscuridad; por falta de fuerzas dijo mi apacito. Y a ti, te abandonó tu madre para irse con el gato del lechero. Sin embargo, mi obstáculo es no tener tiempo, no para mis sueños pues mi apá necesita que lo ayude en la casa, en el campo, en la tiendita y en cuidarlo. Dice que para qué quiero cuidar chamacos ajenos, que mejor lo cuide a él; que algún día tendré los míos y que ya cuidaré de ellos. ¿Y sabes qué, Sismo? Cuando pienso en eso, es cuando tengo mi fantasía sexual. Sshhh... Sí, entendiste bien. ¡No me quites la oreja! Lo digo despacito pa´que no me oiga naiden. Yo oí eso alguna vez entre una bola de mocosos y cuando le conté a mi apaíto, ¡se puso bien rojo! Y me dijo: "Anda tú con tus temblorinas a otra parte". En este mundo todos son temblores. Bueno, y es que sí hay noches que me imagino con el Güicho, el muchacho que ayuda a don Paco en la lechería. Sí Sismo, el lechero, ¡el dueño del gato con el que se fue tu gata madre! Y bueno, me figuro que nos casamos y que cuando estamos solos, afuera de nuestra casita, viendo el sol ponerse, él me da un beso y luego dos y se aparta, entonces yo le doy uno y otro más y solita pues, sin ayuda me quito el vestido y me parece que él pone sus ojos grandotes, de gato así como tú y que me mira completa y entonces tiemblo todita y sudo y mi respiración es más rápida y quiero, ¡sé que quiero que él me toque!, que me descubra, que me responda con su aliento, con su piel y con toda su alma… Sismo, ya está temblando otra vez…  


Graciela Albores, La taza de los sueños, diciembre 2019. 

Magdalena por Aura García

Lágrimas inmensas escurrían por las mejillas de Magdalena a la menor provocación, sus ojos parecían dos llaves de agua averiadas. Ese era su mejor talento, le decía su madre, llorar a cantaros, no podía evitarlo y cuando comenzaba nada podía detenerla, sus hermanos se burlaban y le ponían apodos: “Llorona, Chilletas, Lagrimosa”, la llamaban.

A veces era tan compulsivo su llanto que no podía llevar una vida normal, casi no tenía amigos y mucho menos novio, se había aislado del mundo, entonces una amiga de su mamá le había sugerido sacarle provecho a aquel talento: “Alquílate para llorar, una llorona en un funeral solitario nunca está de más”, comentó entre risas. Magdalena encontró una funeraria en donde le pagaban 300 pesos la hora, iba dos o tres veces a la semana, nada mal para alguien como ella.

Estaba llorándole a un muerto que nadie fue a ver por última vez, cuando de pronto escuchó un ruido raro, como una especie de golpeteo, trató de identificarlo, pero no supo qué era. Lo dejo pasar, sin embargo entre más lloraba el golpeteo aumentaba, acompañado de una especie de gemidos que no pudo ignorar, desconcertada, decidió ir a buscar de dónde provenía y ahí lo encontró, sentado detrás de una columna en un rincón, cubriéndose con unos floreros, era un hombre de edad mediana, delgado, con un extraño bigote, aunque más extraño era lo que estaba haciendo. Jesús, como se llamaba aquel hombre, se encontraba con los ojos semi cerrados, la piel enrojecida y sudada; el pantalón abierto y el miembro en su mano, erecto, masturbandose. Magdalena lo confrontó: 

—¿Qué diablos? 

—Discúlpeme, señorita, no piense mal, tengo un problema. 

Ningún problema justifica esto, voy a llamar al guardia. 

No, espere, es que sólo puedo excitarme cuando alguien llora y usted llora delicioso, no sólo es el sentimiento que le pone, es el gimoteo, el sonido de sus lágrimas mezcladas con su saliva, es lo más hermoso que he escuchado. 

Magdalena sin saber qué hacer se alejó rápido, pero el hombre la siguió y le propuso algo: 

 ¿Cuánto gana aquí por hora? Le pago el doble por una hora con usted a solas.

No soy una puta. 

Nadie dijo que lo era, por favor, no la tocaré, sólo quiero que llore y no me juzgue por tocarme mientras lo hace, ¿le parece? Deme una oportunidad y si no le gusta algo, le pago y puede irse sin compromiso. Magdalena dudó, pero curiosa aceptó y se dirigieron a un hotel. En el lugar, tal como él lo prometió, no la tocó, sólo le pidió que llorará mientras él se masturbaba. Magdalena no pudo evitar un sentimiento de empatía ante ese hombre que apreciaba y gozaba sus lágrimas, así comenzaron una relación de negocios hasta que un día Jesús le enseñó a disfrutar su llanto. 

Estaban en lo usual, ella llorando sentada en una silla y él en la cama, observándola mientras se jalaba el miembro, descubrió con la luz de la tarde que se colaba por una rendija de aquella cortina blanca, delgada y percudida; iluminando el bello rostro de Magdalena de una manera casi celestial y a pesar de lo feo y desgastado del lugar, era hermoso porque ella estaba ahí. 

No pudo evitar acercarse, caminó hacia ella mientras ambos se miraban sin parpadear, estiró su mano y ella se levantó para besarlo, en tanto él tocaba delicadamente su seno. Despacio desabotonó su vestido y ambos lo dejaron caer, entonces, bajó la mano acariciando y apretando sus nalgas, para luego recostarla suavemente en la cama, besándola de arriba hacia abajo con lentitud hasta llegar al vientre… 

En ningún momento Magdalena dejó de llorar y cuando el orgasmo llegó para ambos, lo comprendió: había vivido para ese momento y no eran lágrimas de tristeza, sino de placer. 

Aura García, La taza de los sueños, diciembre 2019. 

Cómo lograr escribir por Karla Rojas

Es común escuchar a personas decir que les gustaría escribir, pero… un sinfín de excusas. Lo cierto es que muchas de éstas son parte del te...