viernes, 5 de abril de 2019

La Ciudad de México por Kely Rojas

Cuando yo nací, ella, la que me acogió y me vio crecer, ya tenía 80. En sus primeros años todos pusieron empeño y trabajo para ayudarla a crecer. Tal como una mujer tiene sus etapas, aquella que en sus primeros años protegió a los hijos de la Revolución, también tuvo sus años de glamur y apogeo. Por ahí de los años de la década de los cuarenta ya estaba establecida. Las avenidas y la arquitectura art decó se integraban a las casonas de inicios de siglo y se acostumbraron a convivir con los vestigios del pasado, como las zonas arqueológicas de Tlatelolco y el Templo Mayor, sin olvidar las joyas coloniales heredadas como la Catedral Metropolitana de la Asunción de la Santísima Virgen María a los cielos. 

Con los años fue madurando y creciendo a la par de la educación, la tecnología y las clases sociales que en la década de los años sesenta y hasta los ochenta estaban muy marcados, quizá porque la población era mucho menor. El Tratado de Libre Comercio, la economía, los empresarios y por supuesto sus nepotistas y nocivos gobernantes, abrieron la puerta para que cada día arribaran más personas para alcanzar el sueño capitalino. Entonces se volvió más seductora, tal cual como una doña de mundo que guarda en su estructura múltiples vivencias. La voltearon a ver no sólo los paisanos, sino otros hombres también de mucho mundo, interesados por supuesto en penetrar y permanecer. Así se fue saturando y aguantando el desgaste y la edad por soportar a tanto sujeto. Pocas veces en el año se ve tranquila y clara, a pesar de las fracturas, los temblores, los torrentes que la inundan en agosto, siempre hay espacio para alguien más. 

Está hermosa, como una señorona, viva, llena hasta la médula, hasta el aire; parchada y remendada, pero eso sí bien maquillada, porque el mundo la necesita bien. Por dentro la siento ansiosa, a veces triste y preocupada. Le quedan pocos años para seguir en pie y para abastecer a tanto inconsciente, pero como un vaso de agua no se le niega a nadie, ella continua firme. Hoy casi a mis cuarenta años veo y vivo a la Ciudad de México con admiración y con la ternura de quien ve a un anciano que dentro de poco será su tiempo de partir. No tiene espacio ni agua, tampoco pulmones fuertes, pero a esta mi ciudad nadie la dejará morir. Acogerá a otros cientos de generaciones y como buena madre los verá nacer y morir pero ella ¡jamás! 


Kely Rojas, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, enero 2019. 

jueves, 4 de abril de 2019

San Pablo por Salvador Zarco

A mi mamá le gustaba llevarnos al río cuando le tocaba ir a lavar la ropa de la familia y mi hermano y yo éramos unos niños de diez y doce años. Mientras ella fregaba sus trapos en una piedra a la orilla del arrollo, Fidencio y yo nadábamos en una poza o nos columpiábamos en una reata que colgaba de la rama de un árbol o nos dedicábamos a juntar capulines maduros y dulces como mi madre. Mi padre nos mandó a los dos hermanos a la escuela. Teníamos que caminar dos horas para llegar al poblado que contaba con un jacal, que hacía las veces de aula en la que un maestro impartía los tres primeros grados de la primaria. Y era todo lo que había. Mi hermano sí concluyó los tres años y yo sólo estuve año y medio, pues mi mamá me necesitó para otros quehaceres: preparar el nixcómetl con la cal viva, molerlo en el metate y echar las tortillas de mano en el comal, ir al cerro por leña y otras que me tenían ocupada todo el día y la tarde. Un buen día mi padre me llamó y con voz grave me dijo que la comadre Lucía que trabajaba como sirvienta en la ciudad de México, le había comentado que unos familiares de su patrona necesitaban urgentemente una muchachita para los quehaceres domésticos y que él le había dicho que yo era la persona indicada por trabajadora, honesta y discreta. Y diciendo y haciendo. Al día siguiente llevando por acompañante una caja de cartón con una muda de ropa, abordé el camión a la capital. Desde luego la comadre Lucía fue por mí a la terminal y a lueguito me llevó a la casa donde yo iba a trabajar y la patrona me leyó mis obligaciones y mis prohibiciones, y me acompañó hasta el fondo de la casa, al cuarto de servicio donde yo iba a dormir. A la hora de la comida doña Alicia me presentó con don Arturo, su marido y con el niño Guillermo, su único hijo, como de dieciséis  años. Y pasaron las semanas y los meses y yo me la pasaba encerrada trabajando. Sólo los domingos podía salir un rato al mediodía y regresar a las seis, para preparar la merienda. Esas salidas las aprovechaba para ir a la central camionera de San Lázaro, pues ahí se juntaban muchas paisanas y paisanos. Me decía una amiga del pueblo, que si me ponía abusada hasta novio podía conseguir. Ahí conocí a un muchacho ya más mayor,  que me cortejaba mucho, de nombre Joel. Él no era de la sierra norte de Puebla sino de Tlaxcala, pero era muy amable y cariñoso conmigo. Un sábado, estaba sola en la casa y me fui a recostar en mi cuarto y me quedé bien dormida. Desperté de sopetón y vi a don Arturo acostado encima de mí, con una de sus manos tenía sujetadas mis dos muñecas y con la otra me manoseaba todo el cuerpo, me levantaba el uniforme y trataba de quitarme los calzones, todo ello mientras me besuqueaba toda mi cara. Yo le decía que no me merecía que me tratara así, que yo era virgen y que nunca había tenido novio. Y él me contestó que se moría de ganas por coger con una chamaca quintito y que escogiera yo: o me dejaba hacer todo lo que él quisiera o me corría de la casa acusándome de ratera. Y valiéndose de su fuerza abusó de mí y me dijo acomodándose la camisa y su pantalón: "está es la primera,  pero no la última,  y en las siguientes cada vez te va a gustar más". Sacó su cartera y me arrojó cien pesos y me dijo: "cómprate lo que quieras". Me quedé echa un mar de lágrimas, pero era un llanto interior, reprimido. Me sentía sucia. Me di un baño con agua fría y me metí a la cama. Esa noche no pude dormir de miedo de que regresara. Me dieron ganas de matarlo, pero yo me sabía impotente y estaba muerta de miedo. A la semana siguiente, una noche como a las doce treinta, mientras yo dormía, llegó el niño Guillermo y se metió a mi cuarto, se recostó a mi lado y con una mano me tapó la boca. Yo desperté toda asustada, quise gritar, pero no pude. Entonces el joven me dijo: "el sábado me di cuenta que cogiste con mi padre. Hoy tendrás que coger conmigo o le diré a mi madre lo que ustedes hicieron". Y abusó de mí  de nuevo. A las cinco de la mañana agarré mi caja de cartón con mi muda de ropa y me fui de la casa sin dar explicación. Caminé sin rumbo fijo y cuando me di cuenta estaba en la TAPO. Entré y vi una paisana. Estábamos platicando mis desventuras, cuando se apareció Joel. Me vio los ojos hinchados y la caja de cartón y me preguntó qué me pasaba. Y le platiqué todo. Todo le platiqué. Yo necesitaba desahogarme y lo hice con él. "Yo tengo un cuarto de azotea con una colchoneta y una parrilla eléctrica. Si no desconfías de mí, te la ofrezco para que te quedes ahí el tiempo que necesites". Todas las noches Joel me invitaba a cenar en el barrio y me dejaba en el cuarto y se iba. Hasta que una noche después de cenar me pidió permiso de pasar al cuarto y sin más nos comenzamos a besar y terminamos haciendo el amor. Eso se repitió muchas noches y yo acabé enamorándome como una pendeja. Y al poco tiempo le dije a Joel que ya no había reglado y que tenía ascos y mareos. Me llevó con un médico de similares y me confirmó que estaba embarazada. Y a los nueve meses nació un niño al que registramos con el nombre de Epifanio, en memoria del papá de mi mamá. Un día Joel se llevó a Epifanio sin dar explicaciones y luego regresó pero sin el niño. Cuando le reclamé que me devolviera a mi hijo, me contestó con una bofetada, y agregó: “sabes qué, necesito dinero y tú  me lo vas a dar de tu meritito culito, pero vas a tener que aprender a moverlo. Necesito que te pongas ahorita estas garras que te traigo”. Eran unos zapatos de tacón de plataforma, una minifalda, una blusa escotadísima y un brasier especial para que yo exhibiera los senos desbordados en el escote. “Y apúrate porque te voy a llevar ahorita a tu lugar de trabajo. Y no se te ocurra ninguna pendejada porque Epifanio pagará las consecuencias”. Y me llevó a la calle de San Pablo, ahí por la Merced y me encargó con otras putas que trabajaban en la misma zona. Pronto Joel me exigía que por lo menos le debía entregar 4 mil pesos diarios y para ello debía echarme veinte palos a 200 pesos cada uno. Pronto aprendí que esas cogidas no eran un acto amoroso. Que los clientes que nos ocupaban en realidad se hacían una puñeta con nosotras y lo que debíamos aprender es a excitar a lo máximo al cliente para deslecharlo y despacharlo lo más rápido posible. Joel cada día me exigía más dinero y también era más violento. De los puñetazos y las patadas, pasó a cargar un puñal que gustaba colocar en mi cuello, mientras me decía al oído mil amenazas. Un día apagó un cigarrillo en mi brazo, mientras con su mano me atascaba un trapo en mi boca para mitigar mis gritos de dolor y mi llanto. Con la ayuda de una paisana le mandé un recado a mi hermano Fidencio y lo cité en la TAPO con gran discreción. El día indicado me llevé a Epifanio y se lo entregué a mi hermano, le di un fuerte abrazo llorando y le prometí que los alcanzaría en el pueblo. Regresé a mi cuarto y cuando estaba terminando de empacar mi ropa, llegó Joel y al ver mi maleta se encabronó. “Hija de la chingada”, me dijo, “¿dónde está Epifanio, dónde?" y empezó a golpearme. Me jalaba de los cabellos, me abofeteaba la cara, me azotaba contra el suelo y me pateaba. En un descuido agarré un florero y se lo estrellé en la cabeza y perdió el conocimiento. Agarré una botella del alcohol y se la vacié en la cara y le prendí fuego con un encendedor. Joel volvió en sí y gritó desgarradoramente por el intenso dolor y por la furia. A tientas, pues no podía ver, alcanzó a agarrar mis cabellos y después con ambas manos mi cuello. Y apretó, apretó hasta que se cansó. Ahorita están echando las últimas paladas de tierra en mi sepultura y pondrán una cruz con el nombre de “Saula González Barrientos 1985-2018”. Pero morí tranquila, porque mi hijo ya está en buenas manos. Joel quedó ciego y pronto estará en el reclusorio acusado de homicidio, con el rostro de un ser de ultratumba. Su carrera de padrote se acabó. De tal manera que de hoy en adelante si quiere dinero fácil lo tendrá que obtener de su meritito culito, pero eso sí, primero va a tener que aprender a moverlo. 

Salvador Zarco, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE,  mayo 2018. 

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