viernes, 3 de agosto de 2018

Me gusta ir sola al cine por Carolina Vázquez

Uno de mis paseos favoritos es ir al cine, sola. Varias veces he bajado del metro en el centro y he tomado una bicicleta hasta el Cinépolis Diana, una vez ahí me pregunto qué película se me antoja ver, me compro un ICEE de cereza, unas palomas… si tengo mucha hambre me compro algo más, unos nachos, papas, chocolates o todas las anteriores. Pido una butaca lo más lejana de los asientos ya ocupados, entro temprano, porque me encanta ver los cortos y los comerciales, y sentir que todo el cine es para mí y que toda mi comida es para mí, imagino que algo así se siente ser libre. 

La semana pasada me encontré a la última persona que esperaba encontrarme y pasó la última cosa que me esperaba que pasara, es decir, me encontré a Luis, y me habló. Luis es el amor platónico más grande que he tenido en la vida, lo conocí hace más de 10 años en unas clases de alemán, yo acababa de salir de la prepa, Luis era diferente a todos los niños que había conocido, se plantaba ahí a darse aires de bohemio, a contar historias que lo hacían ver muy “de mundo”, que yo le compraba ansiosa y compulsivamente, de manera que se convirtió en la vara con la que mediría a todos los hombres que conocí a partir de ese momento. Nunca pasó nada entre nosotros, él me trataba con una indiferencia muy elegante, pero indiferencia al fin, mientras que yo me resignaba, pensándome demasiado aburrida para él. Así que ahí estaba yo, años después, en una bici, emocionada por las aproximadamente 2 horas de ser casi libre, cuando de la nada oigo que alguien grita mi nombre y ¡era él! Ni lo reconocí en principio, por lo gordo, cuando lo conocí era flaquísimo, ahora estaba bastante gordo, afeitado, el pelo al ras de la cabeza, pero me sonreía muy amablemente y antes de que conscientemente supiera por qué, pregunté ¿Luis? Él asintió, platicamos un poco, preguntó si tenía yo algo que hacer y dije que no, fuimos por unas cervezas.

Para mi sorpresa resultó que se acordaba mucho de mí, mencionó detalles de aquel tiempo de los que ni siquiera yo me acordaba, me dijo que le daba gusto verme; hablamos de nuestras respectivas vidas, del lugar en el que estábamos y de cómo habíamos llegado ahí, luego nos besamos. El beso me supo al paraíso encontrado y sonreí, espontánea y francamente sonreí, sonreí con todas mis ganas, porque de verdad lo sentí así, pero luego tuve muchas ganas de irme. Pensaba en mi película, en mi sala de cine, en mi comida, en mi libertad. Pensé en que estaba bien sola, en que qué ganas de meterme en esto otra vez… sin querer me llovieron razones para irme, ¡qué digo me llovieron! fue todo un diluvio y se las dije, no pude guardármelas, me salieron como caballos desbocados, como una estampida, tan así que él no pudo argumentar nada, se quedó callado y me dejó ir. 

Sí, le pagué mi parte de consumo, y sí, me arrepentí al poco tiempo, pero ya me sé la historia de salir con alguien, el amor en tiempos posmodernos da más flojera que nada y a mí me gusta mucho ir sola al cine, y a todo lo demás.


Carolina Vázquez, Creación literaria para principiantes, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, junio 2018.  

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