Suena el despertador. Es tiempo de cerrar los ojos y levantarse para un placentero estirón, permitiéndose observar el aviso del sol que se deja entre ver por la ventana. Chíchara; su hermosa compañera, se sacude y comienza a irritarlo con su ladrido, a fin de presionarlo para salir a correr.
Al llegar al parque, la simpatía del matutino viento, tan juguetón y frío lo empuja un poco más que a la Chichara para arrancarlo de la urbe y llevarlo por un instante natural, como si fuera parte de una postal de los tempranos paisajes, robándole a la mañana dos gramos de su belleza. Luego de haber hecho el ejercicio acostumbrado y de jugar con su cuadrúpeda amiga, como puede vuelve a casa y se arregla para salir a trabajar. Mirando el espejo se enamora del intento de dandi cuya postura amerita una selfie. ¡Que estupidez! La idea de salir tan soberbio pensando absurdamente que una corbata y unos lustrados zapatos van a esconder su calcetín roto, el calzón deshilachado y su evidente inseguridad; que no puede ni da con la combinación de ese candado hermoso cifrado en un femenino rostro y custodiado por una rojiza boca de la cual es devoto. Y qué decir de su mágico lunar, tan divinamente negro como aquel juicio complicado en la audiencia de las once que postergó la hora de la comida. Pero ella, autoridad de Tribunal, sabe causarle sentencias quisquillosas que apenas se olvidan en las tardes de oficina, entre escritos laboriosos para terminar el día cansado y ansiando el hogar. Una vez que ha vuelto a casa, el aturdido abogado sentado en la cama medita el día, se ríe de su calcetín y de sí; recita en voz baja Josué 1:9 mientras pelea con sus parpados para dar gracias por todo, pues su cuerpo fideoso se va enrollando entre las sabanas, porque ha llegado el momento de que Gerardo pensando en aquel negro lunar, abra los ojos y comience en esa rojiza boca; a soñar.
Gerardo Trujillo Jimenez, Taller de creación literaria para principiantes, Centro Cultural San Ángel, agosto 2015.