jueves, 3 de noviembre de 2016

Esa luz en sus ojos por Magdalena Fuentes

Y sin embargo... se mueve.

No sé  en dónde había escuchado o leído esa frase antes, pero  quedaba muy bien para lo que estaba viendo. con cierta repulsión me acerqué.  Las cosas, animales, o lo que  sea viscoso siempre me ha dado asco, pero para llegar al otro lado del puente  tenía  que pasar por... eso.

Hacía mucho tiempo que no visitaba a mi abuela oriunda del estado de Hidalgo. En ese pueblito  del cual ni su nombre recuerdo había  pasado  las mejores vacaciones de mi infancia. Siempre en verano. Por supuesto  en esa época  del año llovía  mucho y el río  se llenaba por lo que el puente no era desconocido  para mí  y era necesario atravesarlo para llegar a la casa de la abuela. Esta  vez no era la excepción. Aunque ya no era lo mismo seguía  siendo  de madera, pero parecía que en cualquier  momento  se caería.

Recuerdo  que  ya más  grandecita  dejé  de ir. No era que no  me gustara  sino que por esos días había  entrado  a la prepa y tenía demasida tarea. No, la  verdad  era que empezaba a tener novios y prefería quedarme en la ciudad  que ir al pueblo, el cual  por cierto, ya se me hacía  muy aburrido.

Por esa razón fue que me di cuenta  de algunos cambios que empezaron  a ocurrir  en mi familia: cuando mis padres  regresaban  después  de ir a dejar  a mis  hermanos, llegaban contando historias fantasiosas, de seres raros, extraños, que poco a poco iban  apareciendo  en el pueblo. Yo siempre  pensé  que era  invención  de ellos  para que animará a seguir yendo  al tradicional  paseo  de verano. Porque, si fuera verdad, ¿qué  hacían  entonces dejando  a mis hermanos  allá, con esos seres y mi  abuela?

Así  que nunca  les presté  atención. Sólo en una ocasión  que mis  hermanos  llegaron como espantados del último  viaje  que hicieron, hace ya algunos años. Ya no volvieron a ir después de eso. Como buena adolescente que yo era  en esos tiempos, todo se me hacía  ridículo, aunque los sobresaltos de mi hermana menor, sus continuas  pesadillas, temblores  y sudores empezaron a desesperarme, cansarme, más  que angustiarme.

Todo esto se me vino a la mente de golpe al encontrarme parada a mitad  del puente frente  a la criatura que no me permitía pasar. Empecé  a sudar  frío. Primero  yacía tirada  y parecía no tener  vida, pero cuando  comenzó  a moverse, me sobresalté, ¡parecía  querer incorporarse! Llovía  fuerte, no alcanzaba a distinguir bien su forma, ni siquieta quería  verla. Buscaba la manera  de evadirla, encontrar un hueco por donde pasar y echarme  a correr o ya de menos  dar marcha atrás, pero  estaba paralizada. Entonces... la observé.

¿Por qué  demonios se me había  ocurrido ir? ¿Por qué  ahora que tenía  tarea, ya de la universidad? Demasiadas investigaciones  de la carrera de Geografía,  ¿por qué tomé  este tiempo  para visitarla? Creo que fue para calmar a mamá,  hacía tiempo ya no visitaba  a la abuela y aunque no se cansaba de hablarle todos los días por teléfono, insistiéndole que se viniera a vivir  al D.F., no estaba tranquila. Porque  de repente,  unos días atrás  había  dejado  de contestar. Mamá  se inquietó.  Papá  tenía trabajo  de sobra  y no podía  ir a ver qué  pasaba. Yo quise ir, además, ¡todo se me hacía tan gracioso! Seguro  achaques de la abuela, ganas de llamar la atención, pensé. Mis padres  se alegraron cuando  les mencioné  que podía  ir, a la abuela le daría mucho gusto y ellos se tranquilizarían.

Sin quererlo empecé  a llorar, ¡llorar y temblar! ¡Oh Dios, esa cosa se parecía  a mi abuela! No lo quería  decir,  me resistía  a creerlo, a verlo de ese modo, pero así  era. Temblaba  todita,  sudaba  frío,  pero esa cosa gelatinosa, encorvada, con figura humana... ¡tenía  la mirada de mi abuela! Un tanto diferente, con una luz extraña. Extendía  sus brazos hacia mí, incluso  tenía  un halo de luz que no se por qué, pero me molestaba.

Empezaba a anochecer. Ahora maldecía  a mis padres, ¿cómo  se les había  ocurrido mandarme  a mí  sola a un lugar  al que  incluso ellos no  iban? Grité.  Grité  tan fuerte como pude, como mis pulmones me lo permitieron. No fue  un grito  de espanto, fue más que eso, tampoco  de auxilio,  creo que fue de terror. Ya no pude más.  Y por fin pude moverme, correr, correr,  huir. Atrás se quedó  la figura.

Nunca supe  si realmente era mi abuela. Si los extraterrestres (si es que existen) o cualquier cosa ajena, no sé,  algún  gas quizá, la habían  transformando. Yo no pregunté ni cuestioné nada. Mis padres  tampoco  lo hicieron. Pero, extrañamente, en sus miradas  comienza  a aparecer  una luz. Igual  en los ojos  de mis hermanos.

La verdad, tengo  miedo  de mirarme en el espejo.


Magdalena Fuentes, Taller de creación literaria para principiantes, Centro Cultural San Ángel, noviembre de 2014.



Cómo lograr escribir por Karla Rojas

Es común escuchar a personas decir que les gustaría escribir, pero… un sinfín de excusas. Lo cierto es que muchas de éstas son parte del te...