domingo, 21 de octubre de 2018

El don por Estela González

Éramos cuatro los inseparables: Sara, Jaime, Martina y yo. Estábamos  en el último semestre de la carrera. Sara hacía el servicio social en la biblioteca central en CU. Un día llegó muy excitada:

—Muchachos,  urge que nos veamos.

Se decidió que fuera en mi casa, pues siempre estaba sola. Llegamos en la noche. Con misterio sacó de su morral un librito muy viejo, con la enfermedad de la lignina que los vuelve amarillos y olorosos a placer, nos dijo que lo encontró en un rincón infecto que le pidieron ordenar. 

¡El libro era una copia de la famosísima Biblia del Diablo! El original mide 90x90 y pesa 75 kilos. En 1697 Estocolmo, viernes 7 de mayo, un cuerpo yace sin vida, es el rey Carlos XI, acaba de morir, en ese momento inicia un incendio terrible, el criado más antiguo corre como poseso a la biblioteca y lanza por la ventana el manuscrito. Durante todos estos siglos quien tiene el privilegio de posar sus manos sobre él puede notar,  que sólo las hojas cercanas a la enorme pintura del Satanás que aparece encarcelado,  muestran sombras negras en Pandemónium. Por increíble que parezca nuestra copia del libro contenía los mismos conjuros demoniacos, exorcismos, encantos, sortilegios y también estas sombras negras adversarias de la luz.

Eso nos hizo apreciar avasallados la joya en tinta que poseíamos, así que entre más lo consultábamos una poderosa fascinación nos invadía. No sé quien lo planteó, pero resolvimos llevar a cabo un conjuro para convocar al Diablo. Cada uno pensaría su petición, lo que se necesitaba era:  el libro, tres velas negras, una tiza morada, una moneda antigua de plata y hacerlo en un panteón con huesos de ahí mismo cuando el reloj marcara la media noche. Al otro día me fui al mercado de Sonora con la familia de los Maxtla, ellos me consiguieron todo y me advirtieron que una vez convocado y si en la moneda de plata aparecía luz y oscuridad, entonces no había marcha atrás.

Propuse irnos al pueblo donde vive mi familia materna. Mi abuelita nos recibió con la ternura de siempre. A las 11:30 P.M. nos encaminamos al panteón, llegando buscamos huesos de muerto de los cuales hay muchos,  pues el camposanto tiene dos siglos. Con éstos formamos el triángulo, en cada esquina una vela negra encendida, con la tiza morada escribimos los tres nombres de Satán: 1. Lucifer (El Tentador) 2. Leviathan (El Rebelde) 3. Belcebú (El colaborador) El libro fue depositado al centro enseñoreando el lugar, nosotros nos colocamos junto a él con una moneda de plata. Cada uno ya tenía su petición. Lo siguiente era simple,  pero terrible, teníamos que gritar con todas nuestras fuerzas tres veces ¡VEN SATAN! a la tercera vez sentiríamos su presencia dentro de nosotros. En ese momento, justo en ese momento haríamos la petición. Jaime y Sara gritaron: ¡VEN SATAN! Martina con voz débil y casi en lloro no gritó, imploró: VEN SATÁN. Yo llené de aire mis pulmones, quería contrarrestar el grito medroso de Martina, grité desgarrándome la garganta ¡¡¡VEN.. en eso se oyó una carrera desenfrenada por todo el cementerio. Martina lanzó un aullido espantoso, salió del triángulo empavorecida, llorando sin ataduras, histérica. Frustrados recogimos todo y temprano nos regresamos a la ciudad, luego de un suculento desayuno preparado por mi abue, gualumbos (flor de maguey) con huevo, frijoles y una taza de café.

Al otro día en la noche, ya recostada en mi cama, repasaba obsesivamente lo acontecido. En eso escuché que llegaron del pueblo mi tía Mary y mi tío Bonifacio, oí la voz cristalina y cálida de mi madre y su contento de recibirlos, no quise pararme, luego dejé de prestarles atención y sólo percibía en lugar de voces un ronroneo. De nuevo a pensar en lo acaecido.  ¡Ah si hubiésemos concluido! Abracé el libro y con los ojos cerrados, musitando en voz baja, repasé el rito en oración.

Estoy en el camposanto a la media noche, junto los huesos, enciendo las velas negras, coloco una en cada esquina, escribo con tiza morada los tres nombres del Maligno, entro al triángulo, en el centro la biblia de satanás, yo a su lado con la moneda de plata, grito contenida pero con la voz en pálpito, VEN SATAN, VEN SATAN…VEN SATAN, inmediatamente entra en mí, lo hizo porque el rito es simulado, una mentira y donde hay mentira él gobierna.

Me pesa, mucho me pesa, casi no puedo respirar, entonces llegó el momento, hago mi petición: Rey de las tinieblas, ángel caído, serpiente del génesis de lengua bípeda, gran dragón de las siete cabezas de fuego, macho cabrío, cuervo que arrancas los ojos, gallo negro, padre de la mentira,  si de verdad eres, si el Diablo existe, concédeme lo único que ambiciono: EL DON… de la escritura.


Estela González, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, abril de 2018. 

Tres desgracias por Salvador Zarco

En el Registro Civil mi mamita me puso por nombre el de Arturo Ricardo de apellidos Oseguera Riveroll,  posteriormente en la pila bautismal mi mamaita cambió de opinión y me puso Ricardo a secas, con los mismos apellidos.

Bueno, nací el 13 de mayo de 1949, en la ciudad de Durango. Mi padre fue un ingeniero de minas de nombre Austreberto Oseguera de la Rosa. Mi madre, Atanasia Riveroll Horcasitas, nació en el barrio de San Juan de Dios en la ciudad de Guadalajara, quedó huérfana de 6 años y fue internada en el Hospicio Cabañas, donde cursó la educación primaria.

Mi madre por ser tapatía sabía guisar un exquisito pozole, una deliciosa birria y un suculento pipián. Preparaba una refrescante agua de limón con chía y gustaba también del agua de arrayán.

Yo estudié para arquitecto, pero no terminé la carrera por diversas razones. Mi madre murió –mi padre falleció diez años antes--, la biología despertó más interés en mí que la arquitectura, mi novia me abandonó por mi mejor amigo y entré en una depresión brutal…

Lo que me mantuvo vivo fue mi gusto y pasión por la lectura. Me puse a leer como loco a los grandes maestros rusos: La guerra y la paz de Tolstoi. La madre de Máximo Gorki. Crimen y castigo de Dostoyevsky y El loco y Un crimen de Chejov.  

Y mientras yo leía y leía y me zambullía en ese mundo lleno de personajes maravillosos y de pasiones mundanas universales, de héroes míticos y revolucionarios, a mis espaldas mis hermanas y hermanos, sobrinos, tías y tíos y primos y primas, todos, absolutamente todos conspiraban sobre los bienes intestados que eran propiedad mancomunada de mis padres.

Cuando me encarcelaron, ya venía recomendado de la Procuraduría, quesque yo estaba loco. Yo soy inocente de lo que me acusan. Me dicen que soy un estafador, que me robé 5 millones de pesos. Si así fuera ¿viviría como vivo, que ni para un abogado de oficio tengo? No señor, yo no he robado a nadie ni estoy loco. Alguien, el verdadero ladrón, me quiere enloquecer y quiere que me maten y quiere quedarse con los bienes de mis padres. Y por  eso pagaron para que me encerraran aquí.

El psiquiátrico, el manicomio, la casa de la risa o como gusten llamarlo, aquí en Lecumberri en realidad debería llamarse el infierno.

El ambiente es nauseabundo, irrespirable. Por todos lados hay mierda. La qente se caga donde le da la gana: en los dormitorios, en el comedor, en el área de regaderas, en todas partes. Llega el momento que te acostumbras al olor de la mierda, lo soportas, lo extrañas, lo aprecias, lo deseas.

En cuanto a sus habitantes, hay de todo. Desde los que se han convertido en unos verdaderos gusanos, que han perdido toda condición humana, que duermen en el suelo, que comen en el suelo, que nunca superarán el suelo mientras vivan; también existen “las lacras” —según el lenguaje carcelario— como aquel infeliz que mató a su madre y luego se la comió y que deambulaba por el psiquiátrico con la lengua de fuera, pero una lengua descomunal de kilo y medio. Pero también contábamos con un asesino serial que se hizo abogado en forma autodidacta y defiende a presos pobres como yo, pero no se da a basto, y estoy hablando ya lo adivinaron de Goyo Cárdenas.

Al ingresar a la prisión nos dan un uniforme color azul marino. De la talla que sea. Pero ya en la casa de la risa, la mayoría sólo usa, si mucho, la camisola y la población del siquiátrico anda semi encuerada, sin pantalón y sin calzones, con la verga de fuera. Los que se arrastran en el suelo andan con las nalgas y las manos y la cabeza tusada, todas llenas de mierda. Vivimos en condiciones infrahumanas, en un verdadero infierno.

Por todo lo que les he narrado estarán de acuerdo conmigo que yo Ricardo Oceguera Riveroll, soy víctima de tres desgracias, a saber: número uno, la desgracia de ser pobre; número dos, la desgracia de estar preso y número tres, para desgracia mía, estar loco en el psiquiátrico de Lecumberri.

Y la verdad les confieso que tengo miedo, aquí hay presos que por cien pesos son capaces de matar a un inocente y por lo mismo desconfío hasta de mi propia sombra.

Bueno,  me despido de ustedes, estuve muy agusto, me siento tan bien de que alguien me escuche,  pero ya me voy pues tengo que ir a ver a mi mamita, hasta luego, que tengan buen día.

¡Hey! qué les pasa, déjenme salir. Tengo que ver a mi mamita. Me está esperando. ¡Déjenme! ¡No me golpeen,  cabrones! ¡Déjenme! Ay, ay, Aaaayyyyyyyy Agrhhhhhh


Salvador Zarco, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, junio de 2018.




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