Un escalofrío me hizo recordar un viejo amor del pasado. Justamente eran las mismas épocas con el sol en tonos naranjozos y vientos frescos tirando las hojas secas. La estación del año en la que la luna es más grande y las noches más oscuras. Lo conocí al término de la tarde y al inicio de la noche. Me dirigía a un bar ubicado en el centro de la ciudad. Ahí, me encontré con Ana, quien fue una de mis compañeras en el servicio de enfermería. Habíamos acordado que era un premio a nuestro arduo trabajo en el hospital.
A nuestro encuentro la reconocí de entre la multitud mientras corría cruzando la avenida “¡Tengo ganas de bailar!”, me dijo moviendo los hombros mientras agitaba su melena. Me contagiaba completamente verla llena de entusiasmo y que al mismo tiempo pareciera que estaba disfrazada de otra persona. Verla sin el cabello amarrado, ni el uniforme blanco de diario, verdaderamente era inevitable ponerle atención a sus pantalones de mezclilla entallados y a su blusa, si no mal recuerdo, color amarillo de hombros descubiertos.
En el camino al lugar, cruzamos un par de palabras hasta llegar a una vieja casona barroca de la época de la colonia. Pedimos mesa y un par de mezcales para entrar en calor.
Avanzada la noche fue que lo conocí. Recuerdo que nadie me había hecho sentir tal sensación, aunque quizás lo exagero por haber bebido y alterado mis sentidos. Crucé el salón y al entrar al baño sentí frío, eran alrededor de las dos o tres de la mañana y mi maquillaje ya estaba cuesta abajo. Cuando abrí mi estuche, un ruido que provenía de entre los cubículos me hizo saltar. Parecía como si golpearan las paredes queriéndome espantar. No presté más atención y seguí con mi rutina de maquillaje. A los pocos minutos alcancé a escuchar que alguien susurraba algunas palabras, justamente de donde provenía el primer estruendo. No quise descontrolarme y seguí mirando de reojo a través del espejo convenciéndome a mí misma que la habitación estaba vacía.
Enseguida que ignoré el susurro, un segundo golpe salió aún más fuerte “¿Quién anda ahí?” grité con una voz temerosa y débil. Al instante, las luces del lugar se apagaron y corrí inmediatamente a la entrada, dejando mi estuche con pinturas. Llegué a la mesa y no le mencioné nada a Ana, sólo pedimos que nos trajeran la cuenta.
De regreso a casa subí a Ana a su taxi y enseguida subí al mío. Una vez ahí, no paré de pensar en lo sucedido. Nunca volví a sentirme sola. Así se presentó. Así lo conocí. Aunque fue después de un tiempo que me di cuenta. Yo ya había olvidado lo ocurrido aquella noche y me había acostumbrado a los ruidos extraños y las constantes sensaciones de no estar sola.
Un día en la mañana me encaminé al hospital y me encontré con Rafa, un vecino que se dedicaba a vender inciensos para la buena fortuna y el amor.
—¿Pero qué te has hecho? Te ves radiante... ¿Es por eso de que andas de novia? —Lo tomé casi como por burla.
—¿De qué hablas, Rafa, si apenas tengo tiempo para mí? —¿Sorprendido, me confesó que la vecina de abajo le había platicado que estaba viviendo con alguien. Lo negué y le pedí que no creyera nada que tuviera que ver con ella. A lo que él emocionado me exigió que le contara la verdad. Él ya había visto la silueta de un hombre alto y robusto por mi ventana, y mi vecina de abajo ya le había contado del par de pasos extra que escuchaba provenientes de mi departamento.
En la misma semana al llegar de la guardia me topé con Sara, la vecina, una señora de unos sesenta y cinco años. Me detuvo en las escaleras.
—Marianita, hija. Traté de hablar con su marido porque no me ha dejado de dar lata con todos esos muebles que están acomodando —Me puse pálida y se me secó la boca—. Le toqué y le toqué y no más no me hace caso. Yo no digo que no... —La interrumpí bruscamente para subir enseguida y averiguar a lo que se refería. Al entrar y encender la luz, encontré todo en su lugar. No había nada que no estuviera como lo había dejado en la mañana.
Estaba muy cansada e hice caso omiso a lo que pensé eran chismes de la señora. Encendí un cigarro para relajarme y lo acompañé con una copa de vino que me mandaron a dormir, hasta que alguien tocó muy fuerte a la puerta. La primera vez sólo me acomodé en la cama. La segunda vez fue más fuerte y me levanté a oscuras caminando por el pasillo esperando que alguien dijera algo para poder reconocer de quién se trataba, sin embargo, no volvieron a tocar ni hicieron otro ruido. Asustada, me acosté de nuevo y concilié el sueño una vez más. Ya en la madrugada por ahí de las tres, el tercer golpe se escuchó casi cual patadas en la puerta. Me desperté al instante y no quise salir de la cama tapándome toda la cabeza con las sábanas. Comencé a escuchar pisadas que se aproximaban por el pasillo y que entraban por la recámara. Sentí su cuerpo recostarse a un lado mío. Temblé. Mi corazón latía tan rápido y apretaba tanto los ojos que me puse a llorar. Enseguida sentí cómo una mano grande y tosca paseaba por mi cabeza tratando de calmar mi miedo. No tuve el valor de abrir los ojos, pero esa mano y ese cuerpo estaban ahí conmigo acariciándome, primero por la cabeza, seguido por la espalda y bajando por mis caderas. Me dejé llevar. Giré mi cuerpo y su mano siguió acariciando mi vientre, bajando hasta introducir sus dedos en mi vagina. Casi al instante descubrí mi cuerpo, dejándolo desnudo. Sentí la penetración. No fue difícil cambiar el miedo por placer y bastó con un par de minutos para llegar al orgasmo. El sueño fue mi consuelo al final. Después de esa noche mi amor por el fantasma perduró, pero él jamás regresó.
Rodrigo Cerezo, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, junio de 2018.
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