De pronto apareció volando en ese mundo gris, surcado por negros nubarrones, un ser extraño que a su paso parecía modificar el aire denso que se respiraba. ¿Qué ocurría? se preguntaban con sorpresa los platos sucios que nunca se aseaban, debido a que llenos de comida, siempre tenían que estar.
¡Esto me da miedo! Salió lentamente bostezando y diciendo con voz trémula el reloj de mesa, que hacía tiempo no quería realizar más su labor, tirándose debajo de una cama a descansar.
De pronto, el orgulloso fuego, lleno de ira, amenazando con destruirlo todo, se presentó delante del extranjero, imprecándolo por llegar a violentar la supuesta “paz” reinante en ese lúgubre lugar.
El libro, que es lo que era ese extraño ser y a quien ninguno conocía, desplegando sus dos pastas, se mostró abierto ante él y ante todos los presentes diciendo:
–Aguarda por favor, sólo debes ser heroico durante un minuto.
–Aguarda por favor, sólo debes ser heroico durante un minuto.
–¿Qué dices? Yo soy el ser más valiente de este lugar y lo puedes preguntar, ¿Sabes que te puedo destruir para proteger a nuestro mundo?
–No, tú sólo dejas que tu propio instinto se expanda, atemorizando a todos y causando dolor y muerte. Sólo te pido que realmente seas heroico por un minuto --insistió el libro.
Para ese momento, ya se habían acercado los golosos platos y copas llenos hasta el tope, el flojo reloj y la avara alcancía, que nunca dejaba que nadie tomara lo que caía en su interior; también llegó la temible regla, cuya soberbia no tenía fin, al creer que su medida era la única que determinaba el adecuado actuar de los demás; el vanidoso espejo, cuyo deseo más vehemente era no verse reflejado jamás en el espejo que son los otros. También se acercó el lujurioso labial rojo granate y el envidioso cofre de tesoros, que buscaba constantemente obtener para sí, los dones y riquezas que pertenecían a los demás. En fin, todos estos objetos al encontrarse sumergidos en sus propios desequilibrios, obscurecían y no permitían que su mundo floreciera.
Nuevamente el libro exclamó, ahora dirigiéndose a toda la concurrencia:
–Por favor, sólo sean todos heroicos por un minuto.
–Por favor, sólo sean todos heroicos por un minuto.
–¿Qué quieres decir con eso? –replicaron todos al unísono.
–Que durante sólo un minuto, controlemos nuestra mente y fortalezcamos la voluntad, alejándonos de los pretextos y poniéndola por arriba de nuestros deseos, sacrificando lo que nos apetece y lo cambiemos por lo que debemos hacer, esto es, obedeciéndonos. Debemos acostumbrarnos a controlar lo que pensamos, lo que sentimos, lo que decimos y lo que hacemos; debemos ser los dueños de nosotros mismos.
Se hizo un gran silencio y ante esos segundos de reflexión, en los que cada uno pudo pensar en lo que podría mejorar de su propio ser, se empezaron a disipar como por arte de magia las tinieblas y el luminoso sol de la voluntad penetró con sus rayos de colores, no sólo el intrincado mundo al que pertenecían todos estos seres-objeto, sujetos a sus pasiones, sino también a sus corazones.
A partir de ese momento, pudieron darse cuenta de la sabiduría que el libro les mostraba y decidieron ejercitarse en el difícil arte de fortalecer su voluntad creadora, a través de recordar, que antes de perderse en sus pasiones, deberían ejercer, sin pensarlo mucho, un minuto heroico, porque para ser héroes y hacer algo por los demás, debemos empezar con nosotros mismos.
Diana Arellano, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, septiembre de 2017.
Diana Arellano, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, septiembre de 2017.