lunes, 21 de noviembre de 2016

Una manera de huir por Jani Aviña García

“Mi vida siempre fue plana… plana como siempre debió ser mi vientre, mi madre quiso cumplir sus sueños a través de mí, ser una gran modelo, encantadora para todos, siempre bella e impecable y “lo conseguimos”, fuimos famosas y ahora no se qué hacer, mi madre murió y no dejó una vida para mí, todo lo compartíamos, ropa, maquillaje, zapatos, recámara, ella estaba pendiente de quiénes eran mis amigos, nunca me dio un mal consejo sobre con quién debía andar, más que madre e hija éramos las mejores amigas, “inseparables”. Pensaba Lidia con tristeza. Se levantó de la cama y desnuda se colocó frente al espejo, miraba su hermoso y delgado cuerpo, tocó sus caderas y subió lentamente sus manos hasta abrazar su vientre.

—Mami, este vacío que siento es más grande que el que sentía cuando dejaba de comer por tres días antes de una competencia. —Lidia llorando tomó una pistola y se la puso sobre la cien—. Mami perdóname pero ya estamos muertas —y disparó.

Había sido una mala noche,” seguramente comió algo que le hizo daño”, pues su hija no dejaba de vomitar, pensaban los padres de Leonor preocupados fuera de la puerta del baño intentando ayudarla, ofreciéndole tés y medicamentos que ella rechazaba.

“Por primera vez sus padres ponían atención, después de tantos años ellos no se habían dado cuenta que vomitaba regularmente, que dejaba intacta su comida y luego comía como desesperada, pero cómo podían darse cuenta si siempre estaban de viaje, en visitas “disque de negocios”, no sabían qué sentía, qué pensaba; cómo podían estar preocupados por ella si nunca la habían querido” Pensó amargamente y salió, aún limpiándose la boca pasó juntó a sus padres mirándolos con desdén y les dijo —Gracias, ya estoy bien.

Leonor fue a la cocina y tomó un bote de helado y se lo llevó a hurtadillas a su cuarto, mientras sus padres se iban a dormir, ella se volvía a enfrascar en un círculo que no acababa, comer hasta sentir que reventaba, sentir culpa y vomitar para sentir de nuevo ese vació, el mismo que había sentido toda su vida, el que no sabían llenar sus padres ni siquiera con lujos.

Jimena era una joven muy aplicada, era bastante popular en la escuela, siempre estaba rodeada de amigos y amigas que le festejaban todo lo que decía, era envidiada por otras chicas por ser “perfecta”.

Saliendo de la escuela le pidió a su madre que la fuera a dejar a la biblioteca pública,  tenía que hacer mucha tarea, su madre le dijo que pasaría por ella en tres horas para que fueran juntas a su clase de ballet, para después ir a clase de música, su itinerario era muy pesado, su madre siempre la inscribía a diversas  actividades desde pequeña, porque quería que fuera la mejor.

Jimena entró a la biblioteca y salió por la puerta trasera para dirigirse a la casa de  Alondra, regularmente iba con ella, claro que nadie sabía de esa amistad pues aunque iban en la misma escuela no se hablaban, no era bueno para la reputación de ninguna de las dos, Alondra era una chica solitaria y prefería pasar inadvertida, se habían empezado a reunir un día que descubrieron que a pesar de lo diferentes que lucían compartían el mismo problema, ese día Jimena estaba en el baño de la escuela, secándose las lágrimas para aparentar que no le sucedía nada y  Alondra estaba tan desesperada que no notó que alguien  más estaba ahí, sacó su navaja y empezó a cortarse en el vientre,  esta era su manera de controlar su dolor, al principio ésto asustó a Jimena, pero después comenzó a hacerlo ella también y se burlaba de su madre pues aún estando tan pendiente de ella no se había dado cuenta de estas cortadas. 

Ahora se reunían, cada vez que podían compartían sus secretos, dietas, pastillas y laxantes, habían encontrado una manera de sentirse libres y comprendidas.

Jani Aviña García, Taller de creación literaria para principiantes, Centro Cultural San Ángel, diciembre de 2015.

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