Como un reloj hacía cada una de mis tareas. Exactas y repetitivas eran mis labores cotidianas. Me había decidido a complacer a mi padre y estudié la carrera de derecho dejando así mis propias aspiraciones de convertirme en bailarina profesional. ¿Para qué entonces me llevaban a clases de ballet cuando era niña? –Para desarrollar el porte y la elegancia de una señorita decente– me decían. Nunca se imaginaron que eso sembraría en mí la ilusión de vivir danzando cada día, que soñara con los escenarios, con los teatros, los vestuarios, la utilería, los sutiles movimientos que se trabajan durante años.
-Sé disciplinada, me decían. Haz tus deberes, repetían. ¡Pero claro que los hacía!, sin embargo, así era porque era una condición necesaria para continuar en el ballet. Yo adoraba ponerme las zapatillas y dar vueltas por el salón de clase. ¡Sí! ¡Esa era mi vida! ¡Esa era yo realmente! Sin embargo, llegó una edad en la que mi padre decidió que ya era hora de madurar, de enfocarse en las cosas importantes, y una y otra vez mencionaba que lo verdaderamente necesario era producir, mover el dinero, aportar a la casa. Yo tímidamente replicaba que, si bien mi maestra de danza no era rica, podía vivir de su arte. ¿Vivir del arte? ¡Qué tontería! Vamos para de una vez y para siempre esas ideas tontas que tienes en la cabeza-. Y, sin más, abnegada, dejé que me llevaran al camino del orgullo familiar. Un día lo escuché decir: "Pues no me tocó tener un varón, pero por lo menos va a ser una gran abogada como su padre" , y como la admiración, el respeto y el miedo por él eran tan enceguecedores, no vi más remedio que aceptar sus designios sobre mi vida. Ahora, cada día, desde que conseguí una ayudantía en los juzgados, me encuentro con el recuerdo de mi padre y de sus palabras: producir, mover el dinero, aportar a la casa; no me tocó un varón; ¿vivir del arte?, ¡qué tontería! Y cada que me miro en el espejo me veo rota, desdichada. Veo un reflejo, pero ahí no estoy yo. Solamente está esta aberrante creación de las aspiraciones inconclusas de mi padre. ¿Así será mi vida para siempre? No me he atrevido ni a pasar por un estudio de danza después de la preparatoria, ni por un gimnasio, ni he ido a un teatro y apago el televisor cuando pasan algún espectáculo. No me quiero mirar en ningún espejo porque yo no estoy ahí. Hay un cuerpo ciertamente, pero dentro de él solo vive aquella joven que dejé que asesinaran con hirientes palabras. No me gusta lo que soy. No me reconozco. No hay ningún aprecio por este ser mecánicamente maniobrado porque yo, la mujer que amé, me convertí en fantasma y en cada espejo me aparezco como aquella que nunca me permití ser.
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