–Creo que si, –dijo Almanza– la descripción coincide con la fachada.
Era una casa antigua, como esas del centro histórico, el techo estaba totalmente destartalado, tenía dos puertas que casi se caían de viejas, un metro de hierba en el suelo impedía el paso libre de cualquiera.
–Entra tú primero –dijo Almanza.
–No, ni madres, entras tú, tú me trajiste aquí –renegué.
–Vamos a hacer una cosa, echamos un volado y el que pierda entra primero.
–No estoy de acuerdo, Almanza. Tú me dijiste que te acompañará y eso es lo que estoy haciendo. Entras tú y aquí te espero. Ahora que si no quieres entrar mejor nos vamos…
–¡No! –me interrumpió mi amigo–. No, está bien, pero no quiero entrar solo. Entra conmigo, por favor.
Accedí a regañadientes, el lugar no se veía nada bien, siempre he sido muy intuitivo con eso de las energías, desde niño he visto cosas raras y he escuchado voces cuando estoy solo. Brincamos la puerta, no había nadie alrededor, es normal que a las tres de la mañana no haya ni un alma en la calle, con almas me refiero a personas porque para ese momento no estaba muy seguro de que no hubiese algún alma dentro de la casa.
Entramos al lugar, la hierba era totalmente espesa, nos costaba trabajo caminar. Almanza se enredó el pie izquierdo, ahogó un grito desesperado, tuve que tirar de sus brazos para desenredarlo.
–¡Puta madre! Me arde el tobillo –expresó en un susurro.
–Vámonos de aquí, este lugar ya empieza a darme escalofríos.
La sensación que tenía era como si me hubiese hundido en un lago repleto de cubitos de hielo, tenía el cuerpo entero como piel de gallina. Esa era la sensación física, porque sentía que entrar en ese lugar era la peor decisión que podíamos haber tomado.
–Abre la puerta –me dijo Almanza mientras sacaba su tobillo.
Me acerqué y tomé el picaporte.
–No abre güey.
–Empújala –exclamó imperativo.
Lo ayudé a llegar a la hasta ahí. Empujamos con fuerza, más y más. Nada, era imposible, parecía estar sellada.
–Almanza, yo creo que lo mejor es que nos vayamos de este lugar, ya tienes el pie hecho polvo y eso que aún no entramos. Imagínate si te hubiera pasado…
El chirriar de la puerta no me dejó terminar la frase. Almanza y yo nos vimos incrédulos el uno al otro, la puerta estaba abierta. Entramos. El lugar olía a moho, la humedad que desprendía era densa. No podía respirar, quise dar la vuelta y salir. La puerta se cerró, volteé a ver a Almanza, estaba cegado viendo un cuadro renacentista, un remolino inundó el lugar, justo en ese instante tenía la boca abierta, de modo que entró polvo por boca y nariz. Era un sabor rancio el que distinguían mis papilas gustativas, quise tomar a Almazán de la mano y salir corriendo. Sus manos eran ásperas. No sólo sus manos, sus antebrazos, sus pómulos, era como tocar a un cocodrilo. Un zumbido me hizo girar la cabeza a las escaleras, la habitación más próxima a los escalones se abrió de par en par y un sonido ensordecedor me hizo tapar los oídos…
Enrique de Leo, Centro Cultural San Ángel, mayo 2016.