viernes, 3 de agosto de 2018

Poder sobre el otro por Hugo Wingartz

Es viernes por la noche, las luces y faros de los coches que pasan a alta velocidad iluminan Viaducto Tlalpan llenándolo de una vida artificial, ahí, frente a un negocio de rótulos se encuentra Mercedes, esperando, como lo ha hecho ya desde hace cinco años. 

Su cuerpo es la mercancía y ella sabe cómo exhibirla, utiliza la iluminación de un parabús como si fuera una especie de mostrador, la luz que emiten los anuncios revelan su posición y profesión a todos sus posibles clientes. 

Mira una motoneta que está pasando, es el Gato, su padrote. Éste le hace una señal con la cabeza y ella asiente, una vez que el Gato se aleja, Mercedes vuelve a respirar y se tranquiliza, la noche apenas está comenzando así que todavía tiene chance de encontrar clientes antes de regresar a sus garras con las manos vacías, se hace una pequeña persignación y continúa concentrada en verse deseable. 

Unos minutos después llega un carro sencillo y poco ostentoso, un posible cliente 

–¿Cuánto? –le pregunta un hombre de mediana edad que lleva el típico disfráz de Godínez.

“Es quincena” piensa Mercedes. –$1,000 varos la hora y vale todo corazón.

La reacción del oficinista fue de desagrado, era muy probable que esta no fuera su primera vez con una de sus colegas y por eso sabía que le estaban viendo la cara, ante esto Mercedes reaccionó inmediatamente –Bueno, te lo dejo en $800 ya con el cuarto incluido –esto cambió la actitud del cliente–. Está bueno, sube –le dijo y Mercedes accedió.

El Gato tenía un acuerdo con los dueños de un hotelucho por el mercado de La Portales. Mercedes le indicó al hombre cómo llegar mientras ésta le mandaba un mensaje de texto: “Tengo chamba, van a ser $800”, siempre ha sido honesta, hace cuatro años se le ocurrió engañar al Gato mandándole otra cantidad para ganarse unos pesos, sin embargo, la paliza que éste le dio al enterarse del fraude le salió muchísimo más cara.

Una vez que Mercedes dio a conocer el nombre y la clave de su patrón, el recepcionista le dio una llave.

–Cuarto 123 –le dijo detrás de una ventana obscura. El oficinista la siguió a la pequeña y vieja habitación con estilo setentero, al entrar sacó la lana y la dejó en una pequeña mesita, Mercedes lo contó y al ver que era la cantidad correcta comenzó a quitarse la ropa, el hombre hizo lo mismo–. ¿Qué va a ser corazón? –Preguntó  con un tono dulce.

–Pues para empezar, una mamada –Mercedes sonrió aunque en su mente se decía a sí misma “todos son iguales”, sacó de su bolsa un condón, masturbó el miembro del hombre y tardó un rato hasta que tuvo la firmeza necesaria para poder ponerlo.

 –Hazlo con la boca –dijo el hombre, Mercedes obedeció como toda una profesional.

Ya había perdido la cuenta de cuántas vergas habían pasado por su boca, llevaba quince años haciéndolo, cinco de ellos bajo el cuidado del Gato. Todas eran iguales para ella, por eso invertía un poco más y compraba condones de sabor fresa, era su favorito. Después de unos minutos el hombre se excitó de tal manera que la  empujó  y comenzó a montarla, penetrando con fuerza, sin más lubricación que la saliva de la prostituta.

–Ay qué rico papi, qué rico –Mercedes mentía, dolía, pero era un escozor del cual ya estaba acostumbrada.

Su cuerpo entró en un modo automático, ya sabía qué hacer, cómo moverse e incluso qué decir. Dejaba que el hombre la poseyera, dejaba que se sintiera importante y poderoso, era eso por lo que realmente pagaban, no por el sexo, sino por la sensación de grandeza que te da el dominar al otro. Mientras lo hacía, ella pensaba en qué cenaría, si mañana le daría tiempo de pasar al mercado, qué habrá sido de Fernandito, el hermanito que dejó en su pueblo hace ya veinte años y fue entonces cuando escuchó el inconfundible gruñido del orgasmo masculino “Eso fue rápido” pensó.

–Ay estuvo riquísimo papi, yo debería pagarte a ti –dijo coquetamente, el hombre se acostó, sudando y jadeando, Mercedes jamás había visto que un cliente se durmiera tan rápido, aún le quedaba media hora antes de volver a las calles, así que tomó el dinero, lo guardó y vio un ratito la tele.


Hugo Wingartz, Centro CulturalCoyoacán del ISSSTE, diciembre de 2017. 



     




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