Lágrimas inmensas escurrían por las mejillas de Magdalena a la menor provocación, sus ojos parecían dos llaves de agua averiadas. Ese era su mejor talento, le decía su madre, llorar a cantaros, no podía evitarlo y cuando comenzaba nada podía detenerla, sus hermanos se burlaban y le ponían apodos: “Llorona, Chilletas, Lagrimosa”, la llamaban.
A veces era tan compulsivo su llanto que no podía llevar una vida normal, casi no tenía amigos y mucho menos novio, se había aislado del mundo, entonces una amiga de su mamá le había sugerido sacarle provecho a aquel talento: “Alquílate para llorar, una llorona en un funeral solitario nunca está de más”, comentó entre risas. Magdalena encontró una funeraria en donde le pagaban 300 pesos la hora, iba dos o tres veces a la semana, nada mal para alguien como ella.
Estaba llorándole a un muerto que nadie fue a ver por última vez, cuando de pronto escuchó un ruido raro, como una especie de golpeteo, trató de identificarlo, pero no supo qué era. Lo dejo pasar, sin embargo entre más lloraba el golpeteo aumentaba, acompañado de una especie de gemidos que no pudo ignorar, desconcertada, decidió ir a buscar de dónde provenía y ahí lo encontró, sentado detrás de una columna en un rincón, cubriéndose con unos floreros, era un hombre de edad mediana, delgado, con un extraño bigote, aunque más extraño era lo que estaba haciendo. Jesús, como se llamaba aquel hombre, se encontraba con los ojos semi cerrados, la piel enrojecida y sudada; el pantalón abierto y el miembro en su mano, erecto, masturbandose. Magdalena lo confrontó:
—¿Qué diablos?
—Discúlpeme, señorita, no piense mal, tengo un problema.
—Ningún problema justifica esto, voy a llamar al guardia.
—No, espere, es que sólo puedo excitarme cuando alguien llora y usted llora delicioso, no sólo es el sentimiento que le pone, es el gimoteo, el sonido de sus lágrimas mezcladas con su saliva, es lo más
hermoso que he escuchado.
Magdalena sin saber qué hacer se alejó rápido, pero el hombre la siguió y le propuso algo:
—¿Cuánto gana aquí por hora? Le pago el doble por una hora con usted a solas.
—No soy una puta.
—Nadie dijo que lo era, por favor, no la tocaré, sólo quiero que llore y no me juzgue por tocarme mientras lo hace, ¿le parece? Deme una oportunidad y si no le gusta algo, le pago y puede irse sin compromiso.
Magdalena dudó, pero curiosa aceptó y se dirigieron a un hotel. En el lugar, tal como él lo prometió, no la tocó, sólo le pidió que llorará mientras él se masturbaba. Magdalena no pudo evitar un sentimiento de empatía ante ese hombre que apreciaba y gozaba sus lágrimas, así comenzaron una relación de negocios hasta que un día Jesús le enseñó a disfrutar su llanto.
Estaban en lo usual, ella llorando sentada en una silla y él en la cama, observándola mientras se jalaba el miembro, descubrió con la luz de la tarde que se colaba por una rendija de aquella cortina blanca, delgada y percudida; iluminando el bello rostro de Magdalena de una manera casi celestial y a pesar de lo feo y desgastado del lugar, era hermoso porque ella estaba ahí.
No pudo evitar acercarse, caminó hacia ella mientras ambos se miraban sin parpadear, estiró su mano y ella se levantó para besarlo, en tanto él tocaba delicadamente su seno. Despacio desabotonó su vestido y ambos lo dejaron caer, entonces, bajó la mano acariciando y apretando sus nalgas, para luego recostarla suavemente en la cama, besándola de arriba hacia abajo con lentitud hasta llegar al vientre…
En ningún momento Magdalena dejó de llorar y cuando el orgasmo llegó para ambos, lo comprendió: había vivido para ese momento y no eran lágrimas de tristeza, sino de placer.
Aura García, La taza de los sueños, diciembre 2019.
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