Era una tarde de viernes, por el año de 1952, tú, una joven enfermera que viajabas en el autobús rumbo a casa después de una larga semana de trabajo en el hospital, eran cerca de tres horas en carretera, desde la terminal hasta la entrada del pueblo, estabas acalorada, cansada, fastidiada, todavía con el uniforme y rodeada de cajas se cartón amarradas con lazos de zacate, gallinas cacareando asustadas por los bruscos movimientos y aturdidas por el olor a diesel quemado que se colaba al interior del vehículo.
Tu juventud, el color claro de tu piel, incluso tu aparente inteligencia, justificada con ese uniforme, disimulaban lo poco agraciada que eras, con ojos pequeños, rasgados; boca grande y mandíbula prominente que hacía parecer a tus labios estirados incapaces de cubrir los dientes; cabello lacio y abundante, rebelde, apenas una docena de horquillas y la cofia lograron controlarlo. La menor de seis hermanos varones dedicados al campo, pero principalmente al alcohol y a las mujeres, fuiste quien destacó por su interés en las ciencias de la salud y se aventuró a ir del pueblo a la ciudad, mujer aguerrida para su época, buscabas siempre lo mejor para tu familia.
Mientras el autobús seguía avanzando a tu destino, te percataste de la presencia de un hombre quien ya te había echado el ojo, como una señorita decente, indignada y con el pecho erguido decidiste ignorarlo, sin saber que esa misma tarde él te llevaría. “¡Mujer, ya calmate! Yo soy un buen hombre, trabajo en México y el norte, no te va a hacer falta nada, esta casa es para ti, no te preocupes, yo después hablaré con tus papás, te voy a presentar a mi hermana Rosa, ella es muy amable, te va a tratar bien, !andale mujer! ven a conocer el lugar”.
“¿Cómo voy a escaparme? mis hermanos me van a matar, no voy a poder verlos a la cara otra vez, ellos me esperaban hace tres días”, pensó.
Meses después nació Bety, una pequeña niña de ojitos rasgados, boca pequeñita en forma de corazón y cachetitos de manzana, su padre la recibió con el mayor amor posible, no cabía de la emoción, mientras que para ti el sentimiento era totalmente opuesto; así llegaron seis hijos más, él los adoraba a todos y aunque trabajaba la mayor parte del tiempo, disfrutaba estar con ellos, verlos jugar, sanos y contentos; no había nada que no hiciera por su bienestar, tú, aún con tiempo para seguir con las actividades en el hospital, sin ser necesario, era tu capricho o la manera de llevarle la contra a José, tu marido.
Bety era realmente muy pequeña cuando ya era jalada, pellizcada y sobajada por ti y además responsable de sus pequeños hermanos, quienes no se salvaban del mismo trato, aunque en proporción a su edad. “Mujer, deja a esas criaturas! si estás enojada con José, ¡vete, dejalo!, ¡ellos no tienen culpa de nada!, ¡estás buscando una desgracia! Puedes regresar con tu familia, ya pasaron muchos años, no eres una muchachita, pero sigues siendo muy caprichosa, mi hermano ha sido un buen hombre, te trata bien, te da todo, casi no está y no te da lata, hasta puedes ir a trabajar y hacerte de tu propio dinero ¿qué te hace falta? Me voy a llevar a Bety unos días, tiene mucha fiebre, cuando venga José la traigo”, decía la cuñada Rosa.
“¡Cómo odio a José! ¡No quiero nada de él! estoy aquí llena de hijos con tantas comodidades y mis pobres sobrinos sin nada que comer, pero cuando llegue este hombre, veré que trae y se los llevo todo, con tal de que me acepten nuevamente”.
—¡María!, ¿dónde está Bety?
—Se la llevó la metiche de tu hermana, ya sabes que es su adoración y como no tiene sus propios hijos ¡viene a quitarme a los míos!
—¡Bueno, bueno! ¿qué daño puede hacerte? ella sólo quiere ayudarte un poco y estoy seguro que lo hace con gusto, dejame saludar a los niños.
—¡No!, ¡déjalos!, ¡ya están dormidos! —En el fondo tenías un extraño miedo de que él abusara de sus propios hijos y siempre encontrabas una excusa para evitar las convivencias, mientras él confiadamente, cedía.
José llegaba con muchos regalos para la familia, pero ellos no se enteraban, pues todo se iba directo al pueblo. Conforme pasaban los años, Bety continuaba siendo objeto de tus frustraciones, marcadas diferencias entre ella y sus hermanos, quienes asistían a colegios particulares, mientras ella iba a la escuela local, con apenas unos cuantos salones en obra negra, sin pisos, con láminas de asbesto por las cuales se colaba el agua en tiempo de lluvias y en el turno de la tarde, aún así tenía que prepararlos todas las mañanas, los uniformes bien planchados, las cabezas perfectas, limpias y peinadas, tal como lo requería el colegio, después volvía corriendo a casa a preparar la comida, limpiar la casa y salir corriendo para llegar a tiempo a clases. “La escuela de mis hermanos es muy bonita, me encantaría usar uno de sus uniformes, entrar a esos salones y caminar por los jardines tan hermosos, pero mi mamá no me quiere inscribir, ¿por qué será?”, se preguntaba la pequeña.
Un sábado por la mañana, los niños estaban muy inquietos, en especial Alejandrita, una de las medianas, de personalidad alegre, extrovertida, aventurera y rebelde, un tanto salvaje, Bety no los podía controlar, así que se unió a la diversión confiadamente, al menos mientras llegaba mamá.
“¡Que alegría tener la tarde libre!”, querías llegar a descansar, confiabas en que todo estaba perfecto en casa, “esa niña ya sabe cómo me gusta que sean las cosas, perfectas y en silencio”, pero te llevaste una gran sorpresa al encontrar a Alejandrita en la calle revolcada en la tierra peleando con el hijo de tu vecina, comadre, madrina de la misma niña, tu ya de por sí horrible rostro se transformó en algo peor, iracunda, corriste hacia la pequeña, tomándola por el cabello la llevaste arrastrando hasta el interior de la casa, el resto de los niños estaban paralizados de miedo, incluso Bety, quien por un momento se sintió alivio de no ser ella, mientras miraban cómo lanzabas un lazo sobre una viga, con un extremo en la mano y el otro enredado en el cuello de la pequeña, para colgarla, los niños al entender esa escena, te gritaban ¡no, mami, no! ¡dejala! pero estabas fuera de tus sentidos, no escuchabas; rápidamente Pepito salió a pedir ayuda, “¿Qué hiciste, María?”, decía la vecina y desató a su pequeña ahijada.
Por la noche, José atravesó un tumulto de gente para poder entrar a su casa, todos lo miraban con cierta expectativa, al enterarse de lo que pasó, conteniendo el llanto preguntó mirándote a los ojos “¿tanto mal te hice?”, tomó sus pertenencias y las de los niños, dejándote sola con tu conciencia.
Katya Mora, La taza de los sueños, octubre 2019.
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