miércoles, 16 de enero de 2019

Cómo elegir un taller de creación literaria por Karla Rojas

Eres de las personas que desde hace años desea escribir su vida, es que te ha pasado tanto que cuando cuentas tus anécdotas siempre hay alguien que dice: “Podrías escribir un libro”. Pues no lo dejes en propósito de año nuevo, como proyecto para cuando te jubiles, para cuando tus hijos  terminen la universidad o tengas tiempo para sentarte e iniciar. Si quieres escribir, escribe. El problema es que tienes  tantas ideas en la cabeza que no puedes decidir con cuál comenzar. Bueno, para eso existen los talleres literarios. El objetivo de éstos  es ayudar a las  personas  a desarrollar la habilidad a través de ejercicios básicos que las acercarán  al conocimiento de las diferentes técnicas, recursos,  estructura de los géneros,  e incremento de la riqueza léxica, así como una redacción coherente y carente de faltas de ortografía. 

Aquí algunos puntos que debes tomar en cuenta  para encontrar un buen taller literario. 
  •  Revisa que tenga contenido. Así podrás saber si ese curso se enfocará a un tema o a varios y si son de tu interés.
  • Duración del taller. Por lo general los talleres tienen una duración de dos y tres meses, con una sesión de dos horas a la semana. Pregúntate si eres de las personas que aprende con rapidez o si necesitas más tiempo para trabajar los temas. Hay talleres de seis o doce meses.
  • Mucha gente cree que el costo del servicio o producto que se ofrece equivale a calidad, pero no es así. El que los talleres se ofrezcan en librerías de prestigio con “escritores reconocidos” y el costo sea elevado no garantiza que aprendas lo necesario para sumergirte en el mundo de la escritura creativa, sobre todo si eres principiante. O porque el escritor es escritor, pero no profesor. 
  • Clase muestra. Es recomendable tomar una clase muestra, tal vez antes de que inicie el periodo en el que deseas asistir o cuando éste comience, antes de tomar la decisión de quedarte. Así podrás conocer al coordinador y su forma de ser: si es una persona objetiva o impone su ideología; y si tiene la pedagogía adecuada para lo que enseña. Sobre todo si el taller es de escritura y no de lectura o crítica literaria. La escritura como todas las artes desnuda al artista y el despojo se debe realizar en un ambiente de confianza.  

Karla Rojas coordinadora del taller 

domingo, 21 de octubre de 2018

El don por Estela González

Éramos cuatro los inseparables: Sara, Jaime, Martina y yo. Estábamos  en el último semestre de la carrera. Sara hacía el servicio social en la biblioteca central en CU. Un día llegó muy excitada:

—Muchachos,  urge que nos veamos.

Se decidió que fuera en mi casa, pues siempre estaba sola. Llegamos en la noche. Con misterio sacó de su morral un librito muy viejo, con la enfermedad de la lignina que los vuelve amarillos y olorosos a placer, nos dijo que lo encontró en un rincón infecto que le pidieron ordenar. 

¡El libro era una copia de la famosísima Biblia del Diablo! El original mide 90x90 y pesa 75 kilos. En 1697 Estocolmo, viernes 7 de mayo, un cuerpo yace sin vida, es el rey Carlos XI, acaba de morir, en ese momento inicia un incendio terrible, el criado más antiguo corre como poseso a la biblioteca y lanza por la ventana el manuscrito. Durante todos estos siglos quien tiene el privilegio de posar sus manos sobre él puede notar,  que sólo las hojas cercanas a la enorme pintura del Satanás que aparece encarcelado,  muestran sombras negras en Pandemónium. Por increíble que parezca nuestra copia del libro contenía los mismos conjuros demoniacos, exorcismos, encantos, sortilegios y también estas sombras negras adversarias de la luz.

Eso nos hizo apreciar avasallados la joya en tinta que poseíamos, así que entre más lo consultábamos una poderosa fascinación nos invadía. No sé quien lo planteó, pero resolvimos llevar a cabo un conjuro para convocar al Diablo. Cada uno pensaría su petición, lo que se necesitaba era:  el libro, tres velas negras, una tiza morada, una moneda antigua de plata y hacerlo en un panteón con huesos de ahí mismo cuando el reloj marcara la media noche. Al otro día me fui al mercado de Sonora con la familia de los Maxtla, ellos me consiguieron todo y me advirtieron que una vez convocado y si en la moneda de plata aparecía luz y oscuridad, entonces no había marcha atrás.

Propuse irnos al pueblo donde vive mi familia materna. Mi abuelita nos recibió con la ternura de siempre. A las 11:30 P.M. nos encaminamos al panteón, llegando buscamos huesos de muerto de los cuales hay muchos,  pues el camposanto tiene dos siglos. Con éstos formamos el triángulo, en cada esquina una vela negra encendida, con la tiza morada escribimos los tres nombres de Satán: 1. Lucifer (El Tentador) 2. Leviathan (El Rebelde) 3. Belcebú (El colaborador) El libro fue depositado al centro enseñoreando el lugar, nosotros nos colocamos junto a él con una moneda de plata. Cada uno ya tenía su petición. Lo siguiente era simple,  pero terrible, teníamos que gritar con todas nuestras fuerzas tres veces ¡VEN SATAN! a la tercera vez sentiríamos su presencia dentro de nosotros. En ese momento, justo en ese momento haríamos la petición. Jaime y Sara gritaron: ¡VEN SATAN! Martina con voz débil y casi en lloro no gritó, imploró: VEN SATÁN. Yo llené de aire mis pulmones, quería contrarrestar el grito medroso de Martina, grité desgarrándome la garganta ¡¡¡VEN.. en eso se oyó una carrera desenfrenada por todo el cementerio. Martina lanzó un aullido espantoso, salió del triángulo empavorecida, llorando sin ataduras, histérica. Frustrados recogimos todo y temprano nos regresamos a la ciudad, luego de un suculento desayuno preparado por mi abue, gualumbos (flor de maguey) con huevo, frijoles y una taza de café.

Al otro día en la noche, ya recostada en mi cama, repasaba obsesivamente lo acontecido. En eso escuché que llegaron del pueblo mi tía Mary y mi tío Bonifacio, oí la voz cristalina y cálida de mi madre y su contento de recibirlos, no quise pararme, luego dejé de prestarles atención y sólo percibía en lugar de voces un ronroneo. De nuevo a pensar en lo acaecido.  ¡Ah si hubiésemos concluido! Abracé el libro y con los ojos cerrados, musitando en voz baja, repasé el rito en oración.

Estoy en el camposanto a la media noche, junto los huesos, enciendo las velas negras, coloco una en cada esquina, escribo con tiza morada los tres nombres del Maligno, entro al triángulo, en el centro la biblia de satanás, yo a su lado con la moneda de plata, grito contenida pero con la voz en pálpito, VEN SATAN, VEN SATAN…VEN SATAN, inmediatamente entra en mí, lo hizo porque el rito es simulado, una mentira y donde hay mentira él gobierna.

Me pesa, mucho me pesa, casi no puedo respirar, entonces llegó el momento, hago mi petición: Rey de las tinieblas, ángel caído, serpiente del génesis de lengua bípeda, gran dragón de las siete cabezas de fuego, macho cabrío, cuervo que arrancas los ojos, gallo negro, padre de la mentira,  si de verdad eres, si el Diablo existe, concédeme lo único que ambiciono: EL DON… de la escritura.


Estela González, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, abril de 2018. 

Tres desgracias por Salvador Zarco

En el Registro Civil mi mamita me puso por nombre el de Arturo Ricardo de apellidos Oseguera Riveroll,  posteriormente en la pila bautismal mi mamaita cambió de opinión y me puso Ricardo a secas, con los mismos apellidos.

Bueno, nací el 13 de mayo de 1949, en la ciudad de Durango. Mi padre fue un ingeniero de minas de nombre Austreberto Oseguera de la Rosa. Mi madre, Atanasia Riveroll Horcasitas, nació en el barrio de San Juan de Dios en la ciudad de Guadalajara, quedó huérfana de 6 años y fue internada en el Hospicio Cabañas, donde cursó la educación primaria.

Mi madre por ser tapatía sabía guisar un exquisito pozole, una deliciosa birria y un suculento pipián. Preparaba una refrescante agua de limón con chía y gustaba también del agua de arrayán.

Yo estudié para arquitecto, pero no terminé la carrera por diversas razones. Mi madre murió –mi padre falleció diez años antes--, la biología despertó más interés en mí que la arquitectura, mi novia me abandonó por mi mejor amigo y entré en una depresión brutal…

Lo que me mantuvo vivo fue mi gusto y pasión por la lectura. Me puse a leer como loco a los grandes maestros rusos: La guerra y la paz de Tolstoi. La madre de Máximo Gorki. Crimen y castigo de Dostoyevsky y El loco y Un crimen de Chejov.  

Y mientras yo leía y leía y me zambullía en ese mundo lleno de personajes maravillosos y de pasiones mundanas universales, de héroes míticos y revolucionarios, a mis espaldas mis hermanas y hermanos, sobrinos, tías y tíos y primos y primas, todos, absolutamente todos conspiraban sobre los bienes intestados que eran propiedad mancomunada de mis padres.

Cuando me encarcelaron, ya venía recomendado de la Procuraduría, quesque yo estaba loco. Yo soy inocente de lo que me acusan. Me dicen que soy un estafador, que me robé 5 millones de pesos. Si así fuera ¿viviría como vivo, que ni para un abogado de oficio tengo? No señor, yo no he robado a nadie ni estoy loco. Alguien, el verdadero ladrón, me quiere enloquecer y quiere que me maten y quiere quedarse con los bienes de mis padres. Y por  eso pagaron para que me encerraran aquí.

El psiquiátrico, el manicomio, la casa de la risa o como gusten llamarlo, aquí en Lecumberri en realidad debería llamarse el infierno.

El ambiente es nauseabundo, irrespirable. Por todos lados hay mierda. La qente se caga donde le da la gana: en los dormitorios, en el comedor, en el área de regaderas, en todas partes. Llega el momento que te acostumbras al olor de la mierda, lo soportas, lo extrañas, lo aprecias, lo deseas.

En cuanto a sus habitantes, hay de todo. Desde los que se han convertido en unos verdaderos gusanos, que han perdido toda condición humana, que duermen en el suelo, que comen en el suelo, que nunca superarán el suelo mientras vivan; también existen “las lacras” —según el lenguaje carcelario— como aquel infeliz que mató a su madre y luego se la comió y que deambulaba por el psiquiátrico con la lengua de fuera, pero una lengua descomunal de kilo y medio. Pero también contábamos con un asesino serial que se hizo abogado en forma autodidacta y defiende a presos pobres como yo, pero no se da a basto, y estoy hablando ya lo adivinaron de Goyo Cárdenas.

Al ingresar a la prisión nos dan un uniforme color azul marino. De la talla que sea. Pero ya en la casa de la risa, la mayoría sólo usa, si mucho, la camisola y la población del siquiátrico anda semi encuerada, sin pantalón y sin calzones, con la verga de fuera. Los que se arrastran en el suelo andan con las nalgas y las manos y la cabeza tusada, todas llenas de mierda. Vivimos en condiciones infrahumanas, en un verdadero infierno.

Por todo lo que les he narrado estarán de acuerdo conmigo que yo Ricardo Oceguera Riveroll, soy víctima de tres desgracias, a saber: número uno, la desgracia de ser pobre; número dos, la desgracia de estar preso y número tres, para desgracia mía, estar loco en el psiquiátrico de Lecumberri.

Y la verdad les confieso que tengo miedo, aquí hay presos que por cien pesos son capaces de matar a un inocente y por lo mismo desconfío hasta de mi propia sombra.

Bueno,  me despido de ustedes, estuve muy agusto, me siento tan bien de que alguien me escuche,  pero ya me voy pues tengo que ir a ver a mi mamita, hasta luego, que tengan buen día.

¡Hey! qué les pasa, déjenme salir. Tengo que ver a mi mamita. Me está esperando. ¡Déjenme! ¡No me golpeen,  cabrones! ¡Déjenme! Ay, ay, Aaaayyyyyyyy Agrhhhhhh


Salvador Zarco, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, junio de 2018.




lunes, 15 de octubre de 2018

La triste historia de tu cuerpo sobre el mío por Esteban Macotela

El insomnio ataca de nuevo, otra madrugada despierto y con lo agotado que estoy, es más mi preocupación que mis ganas de descansar, tengo la impresión de que inconscientemente mi falta de sueño, a pesar de que estoy muy cansado, es provocada por mí… me resisto a dormir. Es lógico, tengo mucho miedo, aunque lo reconozco no me alivia, esto de la paternidad a mi edad, ya no tengo la misma fortaleza de antes, no soporto las desveladas, como poco y a deshoras, sólo dormito ya que no descanso, quiero asegurarme de que estás bien, que respiras. Cada cambio de pañal por la noche es un trofeo para mí, según las indicaciones médicas es señal de que estás bien hidratado, comes lo suficiente, por lo que no dudo en levantarme cada vez que lloras y la causa es mantenerte seco y descansado.

Deseo estar despierto lo más que puedo para salir al rescate de cualquier situación que implique un llanto tuyo, la verdad he de confesar, es que disfruto mucho sacarte de tu cuna para contenerte, calmarte; una vez tranquilo colocar tu pequeña humanidad sobre mí, tanta paradoja entre fragilidad y fortaleza me hacen entender sobre lo que dicen acerca de “el milagro de la vida”; me encanta tu olor, según te estoy protegiendo, pero ¿qué tanto me estás protegiendo tú a mí?, ¿qué tanto me ayudas a relajarme?, ¿quién salva a quién? Éstas y muchas otras dudas dan vueltas en mi cabeza mientras decido disfrutar cargándote, cuidándote, ahora que estás pequeño me reconforta pensar y sentirte, no hay nada más en este mundo, sólo tú y yo, cuerpo a cuerpo, conecto con mi paternidad, con mi masculinidad.

Por lo que llego a la conclusión de que no me aqueja el insomnio como te platico, es la dulce espera de poder disfrutar de esta complicidad bajo el cobijo de la noche, se que aún no eres consciente de esta conexión, escribo estas líneas para asentar este mágico momento, no olvidar la dulce sensación, que al leerme puedas remontarte a tus primeros días de vida, puedas visualizar y evocar las emociones que pretendo transmitirte en este texto: tu padre acostado en la cama, tu madre profundamente dormida a un lado, los perros acostados a los pies de la misma, la luz de la lámpara de noche encendida, el olor a citronela combinada a tu característico perfume de bebé y tú acostado sobre mí, dormido, descansando; me invaden nuevamente los miedos, el temor a quedarme dormido disfrutando de tu cuerpo sobre el mío, puedes caer, me levanto nuevamente, te deposito en tu cuna de colecho, mientras regreso a la cama tengo sentimientos de tristeza, nostalgia, ansiedad… me digo para mis adentros…”disfruta de estos momentos, el tiempo pasa muy rápido, los bebés crecen”. 
Antes de dormitar nuevamente reflexiono sobre mi falta de sueño, decido dejar de luchar y caigo vencido dispuesto a esperar nuevamente al silencio de la noche para disfrutar de la misma historia triste, melancólica y a la vez feliz.


Esteban Macotela, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, junio de 2018. 

viernes, 3 de agosto de 2018

El olvido por Salvador Zarco


Te vi pasar frente a mí, con tu andar cadencioso, desenfadado y enseñando lo mejor de tus pantorrillas. Discretamente, de reojo, te miré. Estaba  en el parque hundido haciendo tiempo pues tenía  una entrevista de trabajo a las 14 horas y eran las 11.

Saco mi libro de cuentos de Borges y me pongo a leer. El día estaba caluroso, pero la banca que ocupo se veía bendecida con la sombra de un frondoso árbol.

El silencio se vio interrumpido por unos tacones, y eras tu de regreso. Caminaste directo a  mi banca y te sentaste junto a mí. Me saludaste y te contesté el saludo. 

—Ay, qué calor —dijiste.
—Sí, bastante —te reviré.
—¿Qué estás leyendo?  —preguntaste.
—Cuentos de Borges —te dije.
Ay, Borges me encanta, qué maravilla —comentaste.

Y me extendiste la mano como felicitándome. Pero te quedaste con ella y al rato eran tus dos manos contra la mía, así que decidí agregar la cuarta a esa danza en la que se acariciaban todas contra todas, un dedo, otro, la palma, el dorso y va de nuez. Y mientras tanto  seguías hablándome de Borges.

Me preguntaste directo:

—¿Y tú a qué te dedicas, se puede saber?
—Por supuesto —te dije—. Yo soy un trabajador jubilado de Luz y Fuerza.
—No manches —me soltaste y agregaste—, esos trabajadores no son dejados, están muy organizados y son bien solidarios, eso me gusta.
—Yo me llamo Adolfo y ¿cuál es tu nombre?
— Rosa María, pero me puedes decir Rosy.

Rosy no paraba de hablar, pero no me hostigaba, era como una encantadora de serpientes, me tenía cautivo y fascinado. De pronto me dijo:

—¿No me vas a invitar a comer?, perdóname pero ya tengo mucha hambre. 

Tomamos un taxi y la llevé a comer a un restaurante de comida alemana. De la entrevista de trabajo ya ni me acordé. Sólo tenía presente la dulce voz de Rosy y sus pequeñas y traviesas manos,  sus pantorrillas esculpidas en mármol de carrara.

Después de degustar un excelente platillo de una gran variedad de salchichas y salchichones con ensalada, acompañado de dos botellas de vino tinto, cuando pagaba yo la cuenta, Rosy me dijo mirándome a los ojos con una expresión lasciva y juguetona:

—Y ahora qué ¿me vas a invitar a tu casa, vives solo?

Le respondí que era viudo y que vivía solo y que si no tenía objeción podíamos ir a casa a tomar un buen café orgánico, a escuchar música o a seguir disfrutando de su plática. Y nos fuimos. Yo iba muy nervioso, como un chamaco de secundaria en su primera experiencia amorosa. Llegamos. Bebimos el aromático café,  escuchamos esplendorosa música. Sus manos traviesas no dejaron de acariciar las mías y luego a arremolinar mis vellos, primero  los de mis brazos y luego  los de mi pecho. Entonces yo comencé a acariciar su rostro, su frente, sus mejillas y su barba, y le besé los ojos, las mejillas y su fresca boca. Y comencé a deshojar la margarita, primero sus zapatos, después la blusa, su falda y el fondo. Y ahora fueron mis manos las que recorrieron todo su cuerpo, para dar lugar a que sembrara toda su humanidad de tiernos besos. Le retiré el sostén y la pantaleta dejando ver unos senos de buen tamaño coronados por dos pezones rosados y un pubis totalmente alfombrado.

Ella me pidió que me desnudara y lo hice lentamente. Enseguida me ordenó que me recostara en el sofá a todo lo largo y quiso subirse encima de mí a horcajadas. Entonces yo le grité:

—¡Detente!, no pongas tu cuerpo sobre el mío, porque va a terminar con una triste historia. Acabo de recordar que ayer fui al super y olvidé comprar mi viagra.


Salvador Zarco, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, mayo de 2018. 

Me gusta ir sola al cine por Carolina Vázquez

Uno de mis paseos favoritos es ir al cine, sola. Varias veces he bajado del metro en el centro y he tomado una bicicleta hasta el Cinépolis Diana, una vez ahí me pregunto qué película se me antoja ver, me compro un ICEE de cereza, unas palomas… si tengo mucha hambre me compro algo más, unos nachos, papas, chocolates o todas las anteriores. Pido una butaca lo más lejana de los asientos ya ocupados, entro temprano, porque me encanta ver los cortos y los comerciales, y sentir que todo el cine es para mí y que toda mi comida es para mí, imagino que algo así se siente ser libre. 

La semana pasada me encontré a la última persona que esperaba encontrarme y pasó la última cosa que me esperaba que pasara, es decir, me encontré a Luis, y me habló. Luis es el amor platónico más grande que he tenido en la vida, lo conocí hace más de 10 años en unas clases de alemán, yo acababa de salir de la prepa, Luis era diferente a todos los niños que había conocido, se plantaba ahí a darse aires de bohemio, a contar historias que lo hacían ver muy “de mundo”, que yo le compraba ansiosa y compulsivamente, de manera que se convirtió en la vara con la que mediría a todos los hombres que conocí a partir de ese momento. Nunca pasó nada entre nosotros, él me trataba con una indiferencia muy elegante, pero indiferencia al fin, mientras que yo me resignaba, pensándome demasiado aburrida para él. Así que ahí estaba yo, años después, en una bici, emocionada por las aproximadamente 2 horas de ser casi libre, cuando de la nada oigo que alguien grita mi nombre y ¡era él! Ni lo reconocí en principio, por lo gordo, cuando lo conocí era flaquísimo, ahora estaba bastante gordo, afeitado, el pelo al ras de la cabeza, pero me sonreía muy amablemente y antes de que conscientemente supiera por qué, pregunté ¿Luis? Él asintió, platicamos un poco, preguntó si tenía yo algo que hacer y dije que no, fuimos por unas cervezas.

Para mi sorpresa resultó que se acordaba mucho de mí, mencionó detalles de aquel tiempo de los que ni siquiera yo me acordaba, me dijo que le daba gusto verme; hablamos de nuestras respectivas vidas, del lugar en el que estábamos y de cómo habíamos llegado ahí, luego nos besamos. El beso me supo al paraíso encontrado y sonreí, espontánea y francamente sonreí, sonreí con todas mis ganas, porque de verdad lo sentí así, pero luego tuve muchas ganas de irme. Pensaba en mi película, en mi sala de cine, en mi comida, en mi libertad. Pensé en que estaba bien sola, en que qué ganas de meterme en esto otra vez… sin querer me llovieron razones para irme, ¡qué digo me llovieron! fue todo un diluvio y se las dije, no pude guardármelas, me salieron como caballos desbocados, como una estampida, tan así que él no pudo argumentar nada, se quedó callado y me dejó ir. 

Sí, le pagué mi parte de consumo, y sí, me arrepentí al poco tiempo, pero ya me sé la historia de salir con alguien, el amor en tiempos posmodernos da más flojera que nada y a mí me gusta mucho ir sola al cine, y a todo lo demás.


Carolina Vázquez, Creación literaria para principiantes, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, junio 2018.  

La casa de la abuela por Elizabeth Valdovinos

He vuelto a la casa de la abuela, la cerradura se sigue atascando como siempre, la puerta polvosa cruje al abrir y un rayo de sol entra conmigo, el movimiento levanta el polvo que baila en la luz y me va mostrando el camino dándome la bienvenida. Todo sigue igual, las carpetas de crochet sobre los sillones y las lámparas de cristal colgando del techo; el olor a queso rancio me guía a la cocina en donde todo está en su lugar, una taza, un juego de cubiertos y un par de platos, una olla y un sartén era todo lo que necesitaba, pues su amargura alejó a todos sus hijos, nietos, parientes y amistades desde que descubrió el gran engaño. 

El abuelo fue Capitán de Corbeta y pasaba más tiempo en travesías de altamar que en la casa, aún así tuvieron ocho hijos que ella cuidó con la devoción de una mujer enamorada del hombre que le nublaba el pensamiento con un beso apasionado. Pasaron los años y con los nietos llegaron las canas y las ganas de salir a buscar a su amado; desde el pueblo fue al puerto y en la capitanía le informaron que el Capitán Tejeda había fallecido hacía tres años, los restos le fueron entregados a su esposa e hijos en  una ceremonia luctuosa pues fue reconocido como héroe nacional por su participación en eventos de rescate,  allá en sus años mozos. Él nunca le contó nada, llegaba a casa urgido por besarla, la tomaba entre sus brazos y la transportaba al infinito en aquellos arranques de pasión,  saliendo de prisa alegando que su barco zarparía de nuevo y prometiendo regresar pronto. El corazón de Rosita se rompió, retornó a casa sin decir palabra alguna, la ira en su mirada lo dijo todo, tapió puertas y ventanas y no quiso saber de nadie nunca más. Se alimentó de odio durante diez años, hasta que fue a despedirse y regalar su casa al nieto que alguna vez le dijo: “Abuela,  yo te quiero más que a nadie en el mundo”; hoy la extraño, me hubiera gustado poder hacer algo para aliviar su sufrimiento. Gracias abuela.


Elizabeth Valdovinos, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, noviembre de  2017. 


Carmesí por Rodrigo Cerezo

Un escalofrío me hizo recordar un viejo amor del pasado. Justamente eran las mismas épocas con el sol en tonos naranjozos y vientos frescos tirando las hojas secas. La estación del año en la que la luna es más grande y las noches más oscuras. Lo conocí al término de la tarde y al inicio de la noche. Me dirigía a un bar ubicado en el centro de la ciudad. Ahí, me encontré con Ana, quien fue una de mis compañeras en el servicio de enfermería. Habíamos acordado que era un premio a nuestro arduo trabajo en el hospital. 

A nuestro encuentro la reconocí de entre la multitud mientras corría cruzando la avenida “¡Tengo ganas de bailar!”,  me dijo moviendo los hombros mientras agitaba su melena. Me contagiaba completamente verla llena de entusiasmo y que al mismo tiempo pareciera que estaba disfrazada de otra persona. Verla sin el cabello amarrado, ni el uniforme blanco de diario, verdaderamente era inevitable ponerle atención a sus pantalones de mezclilla entallados y a su blusa, si no mal recuerdo, color amarillo de hombros descubiertos.

En el camino al lugar, cruzamos un par de palabras hasta llegar a una vieja casona barroca de la época de la colonia. Pedimos mesa y un par de mezcales para entrar en calor. 

Avanzada la noche fue que lo conocí. Recuerdo que nadie me había hecho sentir tal sensación, aunque quizás lo exagero por haber bebido y alterado mis sentidos. Crucé el salón y al entrar al baño sentí frío, eran alrededor de las dos o tres de la mañana y mi maquillaje ya estaba cuesta abajo. Cuando abrí mi estuche, un ruido que provenía de entre los cubículos me hizo saltar. Parecía como si golpearan las paredes queriéndome espantar. No presté más atención y seguí con mi rutina de maquillaje. A los pocos minutos alcancé a escuchar que alguien susurraba algunas palabras, justamente de donde provenía el primer estruendo. No quise descontrolarme y seguí mirando de reojo a través del espejo convenciéndome a mí misma que la habitación estaba vacía. 

Enseguida que ignoré el susurro, un segundo golpe salió aún más fuerte “¿Quién anda ahí?”  grité con una voz temerosa y débil. Al instante, las luces del lugar se apagaron y corrí inmediatamente a la entrada, dejando mi estuche con pinturas. Llegué a la mesa y no le mencioné nada a Ana, sólo pedimos que nos trajeran la cuenta. 
De regreso a casa subí a Ana a su taxi y enseguida subí al mío. Una vez ahí, no paré de pensar en lo sucedido. Nunca volví a sentirme sola. Así se presentó. Así lo conocí. Aunque fue después de un tiempo que me di cuenta. Yo ya había olvidado lo ocurrido aquella noche y me había acostumbrado a los ruidos extraños y las constantes sensaciones de no estar sola. 

Un día en la mañana me encaminé al hospital y me encontré con Rafa, un vecino que se dedicaba a vender inciensos para la buena fortuna y el amor.

 —¿Pero qué te has hecho? Te ves radiante... ¿Es por eso de que andas de novia? —Lo tomé casi como por burla.

—¿De qué hablas, Rafa, si apenas tengo tiempo para mí? —¿Sorprendido, me confesó que la vecina de abajo le había platicado que estaba viviendo con alguien. Lo negué y le pedí que no creyera nada que tuviera que ver con ella. A lo que él emocionado me exigió que le contara la verdad. Él ya había visto la silueta de un hombre alto y robusto por mi ventana, y mi vecina de abajo ya le había contado del par de pasos extra que escuchaba provenientes de mi departamento.

En la misma semana al llegar de la guardia me topé con Sara, la vecina, una señora de unos sesenta y cinco años. Me detuvo en las escaleras. 

—Marianita, hija. Traté  de hablar con su marido porque no me ha dejado de dar lata con todos esos muebles que están acomodando —Me puse pálida y se me secó la boca—. Le toqué y le toqué y no más no me hace caso. Yo no digo que no... —La interrumpí bruscamente para subir enseguida y averiguar a lo que se refería. Al entrar y encender la luz, encontré todo en su lugar. No había nada que no estuviera como lo había dejado en la mañana. 

Estaba muy cansada e hice caso omiso a lo que pensé eran chismes de la señora. Encendí un cigarro para relajarme y lo acompañé con una copa de vino que me mandaron a dormir, hasta que alguien tocó muy fuerte a la puerta. La primera vez sólo me acomodé en la cama. La segunda vez fue más fuerte y me levanté a oscuras caminando por el pasillo esperando que alguien dijera algo para poder reconocer de quién se trataba, sin embargo, no volvieron a tocar ni hicieron otro ruido. Asustada, me acosté de nuevo y concilié el sueño una vez más. Ya en la madrugada por ahí de las tres, el tercer golpe se escuchó casi cual patadas en la puerta. Me desperté al instante y no quise salir de la cama tapándome toda la cabeza con las sábanas. Comencé a escuchar pisadas que se aproximaban por el pasillo y que entraban por la recámara. Sentí su cuerpo recostarse a un lado mío. Temblé. Mi corazón latía tan rápido y apretaba tanto los ojos que me puse a llorar. Enseguida sentí cómo una mano grande y tosca paseaba por mi cabeza tratando de calmar mi miedo. No tuve el valor de abrir los ojos, pero esa mano y ese cuerpo estaban ahí conmigo acariciándome, primero por la cabeza, seguido por la espalda y bajando por mis caderas. Me dejé llevar. Giré mi cuerpo y su mano siguió acariciando mi vientre, bajando hasta introducir sus dedos en mi vagina. Casi al instante descubrí mi cuerpo, dejándolo desnudo. Sentí la penetración. No fue difícil cambiar el miedo por placer y bastó con un par de minutos para llegar al orgasmo. El sueño fue mi consuelo al final. Después de esa noche mi amor por el fantasma perduró, pero él jamás regresó.


Rodrigo Cerezo, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, junio de 2018. 

Poder sobre el otro por Hugo Wingartz

Es viernes por la noche, las luces y faros de los coches que pasan a alta velocidad iluminan Viaducto Tlalpan llenándolo de una vida artificial, ahí, frente a un negocio de rótulos se encuentra Mercedes, esperando, como lo ha hecho ya desde hace cinco años. 

Su cuerpo es la mercancía y ella sabe cómo exhibirla, utiliza la iluminación de un parabús como si fuera una especie de mostrador, la luz que emiten los anuncios revelan su posición y profesión a todos sus posibles clientes. 

Mira una motoneta que está pasando, es el Gato, su padrote. Éste le hace una señal con la cabeza y ella asiente, una vez que el Gato se aleja, Mercedes vuelve a respirar y se tranquiliza, la noche apenas está comenzando así que todavía tiene chance de encontrar clientes antes de regresar a sus garras con las manos vacías, se hace una pequeña persignación y continúa concentrada en verse deseable. 

Unos minutos después llega un carro sencillo y poco ostentoso, un posible cliente 

–¿Cuánto? –le pregunta un hombre de mediana edad que lleva el típico disfráz de Godínez.

“Es quincena” piensa Mercedes. –$1,000 varos la hora y vale todo corazón.

La reacción del oficinista fue de desagrado, era muy probable que esta no fuera su primera vez con una de sus colegas y por eso sabía que le estaban viendo la cara, ante esto Mercedes reaccionó inmediatamente –Bueno, te lo dejo en $800 ya con el cuarto incluido –esto cambió la actitud del cliente–. Está bueno, sube –le dijo y Mercedes accedió.

El Gato tenía un acuerdo con los dueños de un hotelucho por el mercado de La Portales. Mercedes le indicó al hombre cómo llegar mientras ésta le mandaba un mensaje de texto: “Tengo chamba, van a ser $800”, siempre ha sido honesta, hace cuatro años se le ocurrió engañar al Gato mandándole otra cantidad para ganarse unos pesos, sin embargo, la paliza que éste le dio al enterarse del fraude le salió muchísimo más cara.

Una vez que Mercedes dio a conocer el nombre y la clave de su patrón, el recepcionista le dio una llave.

–Cuarto 123 –le dijo detrás de una ventana obscura. El oficinista la siguió a la pequeña y vieja habitación con estilo setentero, al entrar sacó la lana y la dejó en una pequeña mesita, Mercedes lo contó y al ver que era la cantidad correcta comenzó a quitarse la ropa, el hombre hizo lo mismo–. ¿Qué va a ser corazón? –Preguntó  con un tono dulce.

–Pues para empezar, una mamada –Mercedes sonrió aunque en su mente se decía a sí misma “todos son iguales”, sacó de su bolsa un condón, masturbó el miembro del hombre y tardó un rato hasta que tuvo la firmeza necesaria para poder ponerlo.

 –Hazlo con la boca –dijo el hombre, Mercedes obedeció como toda una profesional.

Ya había perdido la cuenta de cuántas vergas habían pasado por su boca, llevaba quince años haciéndolo, cinco de ellos bajo el cuidado del Gato. Todas eran iguales para ella, por eso invertía un poco más y compraba condones de sabor fresa, era su favorito. Después de unos minutos el hombre se excitó de tal manera que la  empujó  y comenzó a montarla, penetrando con fuerza, sin más lubricación que la saliva de la prostituta.

–Ay qué rico papi, qué rico –Mercedes mentía, dolía, pero era un escozor del cual ya estaba acostumbrada.

Su cuerpo entró en un modo automático, ya sabía qué hacer, cómo moverse e incluso qué decir. Dejaba que el hombre la poseyera, dejaba que se sintiera importante y poderoso, era eso por lo que realmente pagaban, no por el sexo, sino por la sensación de grandeza que te da el dominar al otro. Mientras lo hacía, ella pensaba en qué cenaría, si mañana le daría tiempo de pasar al mercado, qué habrá sido de Fernandito, el hermanito que dejó en su pueblo hace ya veinte años y fue entonces cuando escuchó el inconfundible gruñido del orgasmo masculino “Eso fue rápido” pensó.

–Ay estuvo riquísimo papi, yo debería pagarte a ti –dijo coquetamente, el hombre se acostó, sudando y jadeando, Mercedes jamás había visto que un cliente se durmiera tan rápido, aún le quedaba media hora antes de volver a las calles, así que tomó el dinero, lo guardó y vio un ratito la tele.


Hugo Wingartz, Centro CulturalCoyoacán del ISSSTE, diciembre de 2017. 



     




Leyenda por Alexa vargas

Hace mucho tiempo en un pueblito lejos de la civilización, vivía un carpintero que hacía los mejores muebles, todos acudían a él no sólo por eso, también porque era una persona amable y honesta, todo el pueblo lo conocía y admiraba su trabajo. Un día acudió un señor, a juzgar por su ropa no era del pueblo, éste entró  a su local y le dijo: “Buenas tardes, me gustaría la remodelación de esta cómoda”.  El carpintero accedió. Tardó meses en la remodelación hasta que un día entró la policía a su local y lo arrestó sin explicación alguna. Pasó días en la cárcel sin explicación hasta que un oficial de policía entró a su celda y le dijo:  “Usted está arrestado por el robo de una alhaja de oro del Mayor”. Él sin duda no sabía a qué se refería, sin poder decir nada el hombre fue fusilado sin apelo a piedad. Después de un mes,  el Mayor dueño de la cómoda se percató de que la alhaja de oro había estado todo ese tiempo en su carroza, apenado por el gran error que había cometido no le dijo a nadie, al día siguiente fue encontrado muerto en su casa con marcas en su abdomen que decían “yo no fui”. Lo mismo pasó con varias injusticias. Cuenta la leyenda que cada injusticia que se comete, alguien  mata al culpable y lo marca en el pecho con un “Yo no fui”. 


Alexa Vargas, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, marzo de 2018.  

Cómo lograr escribir por Karla Rojas

Es común escuchar a personas decir que les gustaría escribir, pero… un sinfín de excusas. Lo cierto es que muchas de éstas son parte del te...