viernes, 3 de agosto de 2018

El olvido por Salvador Zarco


Te vi pasar frente a mí, con tu andar cadencioso, desenfadado y enseñando lo mejor de tus pantorrillas. Discretamente, de reojo, te miré. Estaba  en el parque hundido haciendo tiempo pues tenía  una entrevista de trabajo a las 14 horas y eran las 11.

Saco mi libro de cuentos de Borges y me pongo a leer. El día estaba caluroso, pero la banca que ocupo se veía bendecida con la sombra de un frondoso árbol.

El silencio se vio interrumpido por unos tacones, y eras tu de regreso. Caminaste directo a  mi banca y te sentaste junto a mí. Me saludaste y te contesté el saludo. 

—Ay, qué calor —dijiste.
—Sí, bastante —te reviré.
—¿Qué estás leyendo?  —preguntaste.
—Cuentos de Borges —te dije.
Ay, Borges me encanta, qué maravilla —comentaste.

Y me extendiste la mano como felicitándome. Pero te quedaste con ella y al rato eran tus dos manos contra la mía, así que decidí agregar la cuarta a esa danza en la que se acariciaban todas contra todas, un dedo, otro, la palma, el dorso y va de nuez. Y mientras tanto  seguías hablándome de Borges.

Me preguntaste directo:

—¿Y tú a qué te dedicas, se puede saber?
—Por supuesto —te dije—. Yo soy un trabajador jubilado de Luz y Fuerza.
—No manches —me soltaste y agregaste—, esos trabajadores no son dejados, están muy organizados y son bien solidarios, eso me gusta.
—Yo me llamo Adolfo y ¿cuál es tu nombre?
— Rosa María, pero me puedes decir Rosy.

Rosy no paraba de hablar, pero no me hostigaba, era como una encantadora de serpientes, me tenía cautivo y fascinado. De pronto me dijo:

—¿No me vas a invitar a comer?, perdóname pero ya tengo mucha hambre. 

Tomamos un taxi y la llevé a comer a un restaurante de comida alemana. De la entrevista de trabajo ya ni me acordé. Sólo tenía presente la dulce voz de Rosy y sus pequeñas y traviesas manos,  sus pantorrillas esculpidas en mármol de carrara.

Después de degustar un excelente platillo de una gran variedad de salchichas y salchichones con ensalada, acompañado de dos botellas de vino tinto, cuando pagaba yo la cuenta, Rosy me dijo mirándome a los ojos con una expresión lasciva y juguetona:

—Y ahora qué ¿me vas a invitar a tu casa, vives solo?

Le respondí que era viudo y que vivía solo y que si no tenía objeción podíamos ir a casa a tomar un buen café orgánico, a escuchar música o a seguir disfrutando de su plática. Y nos fuimos. Yo iba muy nervioso, como un chamaco de secundaria en su primera experiencia amorosa. Llegamos. Bebimos el aromático café,  escuchamos esplendorosa música. Sus manos traviesas no dejaron de acariciar las mías y luego a arremolinar mis vellos, primero  los de mis brazos y luego  los de mi pecho. Entonces yo comencé a acariciar su rostro, su frente, sus mejillas y su barba, y le besé los ojos, las mejillas y su fresca boca. Y comencé a deshojar la margarita, primero sus zapatos, después la blusa, su falda y el fondo. Y ahora fueron mis manos las que recorrieron todo su cuerpo, para dar lugar a que sembrara toda su humanidad de tiernos besos. Le retiré el sostén y la pantaleta dejando ver unos senos de buen tamaño coronados por dos pezones rosados y un pubis totalmente alfombrado.

Ella me pidió que me desnudara y lo hice lentamente. Enseguida me ordenó que me recostara en el sofá a todo lo largo y quiso subirse encima de mí a horcajadas. Entonces yo le grité:

—¡Detente!, no pongas tu cuerpo sobre el mío, porque va a terminar con una triste historia. Acabo de recordar que ayer fui al super y olvidé comprar mi viagra.


Salvador Zarco, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, mayo de 2018. 

Me gusta ir sola al cine por Carolina Vázquez

Uno de mis paseos favoritos es ir al cine, sola. Varias veces he bajado del metro en el centro y he tomado una bicicleta hasta el Cinépolis Diana, una vez ahí me pregunto qué película se me antoja ver, me compro un ICEE de cereza, unas palomas… si tengo mucha hambre me compro algo más, unos nachos, papas, chocolates o todas las anteriores. Pido una butaca lo más lejana de los asientos ya ocupados, entro temprano, porque me encanta ver los cortos y los comerciales, y sentir que todo el cine es para mí y que toda mi comida es para mí, imagino que algo así se siente ser libre. 

La semana pasada me encontré a la última persona que esperaba encontrarme y pasó la última cosa que me esperaba que pasara, es decir, me encontré a Luis, y me habló. Luis es el amor platónico más grande que he tenido en la vida, lo conocí hace más de 10 años en unas clases de alemán, yo acababa de salir de la prepa, Luis era diferente a todos los niños que había conocido, se plantaba ahí a darse aires de bohemio, a contar historias que lo hacían ver muy “de mundo”, que yo le compraba ansiosa y compulsivamente, de manera que se convirtió en la vara con la que mediría a todos los hombres que conocí a partir de ese momento. Nunca pasó nada entre nosotros, él me trataba con una indiferencia muy elegante, pero indiferencia al fin, mientras que yo me resignaba, pensándome demasiado aburrida para él. Así que ahí estaba yo, años después, en una bici, emocionada por las aproximadamente 2 horas de ser casi libre, cuando de la nada oigo que alguien grita mi nombre y ¡era él! Ni lo reconocí en principio, por lo gordo, cuando lo conocí era flaquísimo, ahora estaba bastante gordo, afeitado, el pelo al ras de la cabeza, pero me sonreía muy amablemente y antes de que conscientemente supiera por qué, pregunté ¿Luis? Él asintió, platicamos un poco, preguntó si tenía yo algo que hacer y dije que no, fuimos por unas cervezas.

Para mi sorpresa resultó que se acordaba mucho de mí, mencionó detalles de aquel tiempo de los que ni siquiera yo me acordaba, me dijo que le daba gusto verme; hablamos de nuestras respectivas vidas, del lugar en el que estábamos y de cómo habíamos llegado ahí, luego nos besamos. El beso me supo al paraíso encontrado y sonreí, espontánea y francamente sonreí, sonreí con todas mis ganas, porque de verdad lo sentí así, pero luego tuve muchas ganas de irme. Pensaba en mi película, en mi sala de cine, en mi comida, en mi libertad. Pensé en que estaba bien sola, en que qué ganas de meterme en esto otra vez… sin querer me llovieron razones para irme, ¡qué digo me llovieron! fue todo un diluvio y se las dije, no pude guardármelas, me salieron como caballos desbocados, como una estampida, tan así que él no pudo argumentar nada, se quedó callado y me dejó ir. 

Sí, le pagué mi parte de consumo, y sí, me arrepentí al poco tiempo, pero ya me sé la historia de salir con alguien, el amor en tiempos posmodernos da más flojera que nada y a mí me gusta mucho ir sola al cine, y a todo lo demás.


Carolina Vázquez, Creación literaria para principiantes, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, junio 2018.  

La casa de la abuela por Elizabeth Valdovinos

He vuelto a la casa de la abuela, la cerradura se sigue atascando como siempre, la puerta polvosa cruje al abrir y un rayo de sol entra conmigo, el movimiento levanta el polvo que baila en la luz y me va mostrando el camino dándome la bienvenida. Todo sigue igual, las carpetas de crochet sobre los sillones y las lámparas de cristal colgando del techo; el olor a queso rancio me guía a la cocina en donde todo está en su lugar, una taza, un juego de cubiertos y un par de platos, una olla y un sartén era todo lo que necesitaba, pues su amargura alejó a todos sus hijos, nietos, parientes y amistades desde que descubrió el gran engaño. 

El abuelo fue Capitán de Corbeta y pasaba más tiempo en travesías de altamar que en la casa, aún así tuvieron ocho hijos que ella cuidó con la devoción de una mujer enamorada del hombre que le nublaba el pensamiento con un beso apasionado. Pasaron los años y con los nietos llegaron las canas y las ganas de salir a buscar a su amado; desde el pueblo fue al puerto y en la capitanía le informaron que el Capitán Tejeda había fallecido hacía tres años, los restos le fueron entregados a su esposa e hijos en  una ceremonia luctuosa pues fue reconocido como héroe nacional por su participación en eventos de rescate,  allá en sus años mozos. Él nunca le contó nada, llegaba a casa urgido por besarla, la tomaba entre sus brazos y la transportaba al infinito en aquellos arranques de pasión,  saliendo de prisa alegando que su barco zarparía de nuevo y prometiendo regresar pronto. El corazón de Rosita se rompió, retornó a casa sin decir palabra alguna, la ira en su mirada lo dijo todo, tapió puertas y ventanas y no quiso saber de nadie nunca más. Se alimentó de odio durante diez años, hasta que fue a despedirse y regalar su casa al nieto que alguna vez le dijo: “Abuela,  yo te quiero más que a nadie en el mundo”; hoy la extraño, me hubiera gustado poder hacer algo para aliviar su sufrimiento. Gracias abuela.


Elizabeth Valdovinos, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, noviembre de  2017. 


Carmesí por Rodrigo Cerezo

Un escalofrío me hizo recordar un viejo amor del pasado. Justamente eran las mismas épocas con el sol en tonos naranjozos y vientos frescos tirando las hojas secas. La estación del año en la que la luna es más grande y las noches más oscuras. Lo conocí al término de la tarde y al inicio de la noche. Me dirigía a un bar ubicado en el centro de la ciudad. Ahí, me encontré con Ana, quien fue una de mis compañeras en el servicio de enfermería. Habíamos acordado que era un premio a nuestro arduo trabajo en el hospital. 

A nuestro encuentro la reconocí de entre la multitud mientras corría cruzando la avenida “¡Tengo ganas de bailar!”,  me dijo moviendo los hombros mientras agitaba su melena. Me contagiaba completamente verla llena de entusiasmo y que al mismo tiempo pareciera que estaba disfrazada de otra persona. Verla sin el cabello amarrado, ni el uniforme blanco de diario, verdaderamente era inevitable ponerle atención a sus pantalones de mezclilla entallados y a su blusa, si no mal recuerdo, color amarillo de hombros descubiertos.

En el camino al lugar, cruzamos un par de palabras hasta llegar a una vieja casona barroca de la época de la colonia. Pedimos mesa y un par de mezcales para entrar en calor. 

Avanzada la noche fue que lo conocí. Recuerdo que nadie me había hecho sentir tal sensación, aunque quizás lo exagero por haber bebido y alterado mis sentidos. Crucé el salón y al entrar al baño sentí frío, eran alrededor de las dos o tres de la mañana y mi maquillaje ya estaba cuesta abajo. Cuando abrí mi estuche, un ruido que provenía de entre los cubículos me hizo saltar. Parecía como si golpearan las paredes queriéndome espantar. No presté más atención y seguí con mi rutina de maquillaje. A los pocos minutos alcancé a escuchar que alguien susurraba algunas palabras, justamente de donde provenía el primer estruendo. No quise descontrolarme y seguí mirando de reojo a través del espejo convenciéndome a mí misma que la habitación estaba vacía. 

Enseguida que ignoré el susurro, un segundo golpe salió aún más fuerte “¿Quién anda ahí?”  grité con una voz temerosa y débil. Al instante, las luces del lugar se apagaron y corrí inmediatamente a la entrada, dejando mi estuche con pinturas. Llegué a la mesa y no le mencioné nada a Ana, sólo pedimos que nos trajeran la cuenta. 
De regreso a casa subí a Ana a su taxi y enseguida subí al mío. Una vez ahí, no paré de pensar en lo sucedido. Nunca volví a sentirme sola. Así se presentó. Así lo conocí. Aunque fue después de un tiempo que me di cuenta. Yo ya había olvidado lo ocurrido aquella noche y me había acostumbrado a los ruidos extraños y las constantes sensaciones de no estar sola. 

Un día en la mañana me encaminé al hospital y me encontré con Rafa, un vecino que se dedicaba a vender inciensos para la buena fortuna y el amor.

 —¿Pero qué te has hecho? Te ves radiante... ¿Es por eso de que andas de novia? —Lo tomé casi como por burla.

—¿De qué hablas, Rafa, si apenas tengo tiempo para mí? —¿Sorprendido, me confesó que la vecina de abajo le había platicado que estaba viviendo con alguien. Lo negué y le pedí que no creyera nada que tuviera que ver con ella. A lo que él emocionado me exigió que le contara la verdad. Él ya había visto la silueta de un hombre alto y robusto por mi ventana, y mi vecina de abajo ya le había contado del par de pasos extra que escuchaba provenientes de mi departamento.

En la misma semana al llegar de la guardia me topé con Sara, la vecina, una señora de unos sesenta y cinco años. Me detuvo en las escaleras. 

—Marianita, hija. Traté  de hablar con su marido porque no me ha dejado de dar lata con todos esos muebles que están acomodando —Me puse pálida y se me secó la boca—. Le toqué y le toqué y no más no me hace caso. Yo no digo que no... —La interrumpí bruscamente para subir enseguida y averiguar a lo que se refería. Al entrar y encender la luz, encontré todo en su lugar. No había nada que no estuviera como lo había dejado en la mañana. 

Estaba muy cansada e hice caso omiso a lo que pensé eran chismes de la señora. Encendí un cigarro para relajarme y lo acompañé con una copa de vino que me mandaron a dormir, hasta que alguien tocó muy fuerte a la puerta. La primera vez sólo me acomodé en la cama. La segunda vez fue más fuerte y me levanté a oscuras caminando por el pasillo esperando que alguien dijera algo para poder reconocer de quién se trataba, sin embargo, no volvieron a tocar ni hicieron otro ruido. Asustada, me acosté de nuevo y concilié el sueño una vez más. Ya en la madrugada por ahí de las tres, el tercer golpe se escuchó casi cual patadas en la puerta. Me desperté al instante y no quise salir de la cama tapándome toda la cabeza con las sábanas. Comencé a escuchar pisadas que se aproximaban por el pasillo y que entraban por la recámara. Sentí su cuerpo recostarse a un lado mío. Temblé. Mi corazón latía tan rápido y apretaba tanto los ojos que me puse a llorar. Enseguida sentí cómo una mano grande y tosca paseaba por mi cabeza tratando de calmar mi miedo. No tuve el valor de abrir los ojos, pero esa mano y ese cuerpo estaban ahí conmigo acariciándome, primero por la cabeza, seguido por la espalda y bajando por mis caderas. Me dejé llevar. Giré mi cuerpo y su mano siguió acariciando mi vientre, bajando hasta introducir sus dedos en mi vagina. Casi al instante descubrí mi cuerpo, dejándolo desnudo. Sentí la penetración. No fue difícil cambiar el miedo por placer y bastó con un par de minutos para llegar al orgasmo. El sueño fue mi consuelo al final. Después de esa noche mi amor por el fantasma perduró, pero él jamás regresó.


Rodrigo Cerezo, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, junio de 2018. 

Poder sobre el otro por Hugo Wingartz

Es viernes por la noche, las luces y faros de los coches que pasan a alta velocidad iluminan Viaducto Tlalpan llenándolo de una vida artificial, ahí, frente a un negocio de rótulos se encuentra Mercedes, esperando, como lo ha hecho ya desde hace cinco años. 

Su cuerpo es la mercancía y ella sabe cómo exhibirla, utiliza la iluminación de un parabús como si fuera una especie de mostrador, la luz que emiten los anuncios revelan su posición y profesión a todos sus posibles clientes. 

Mira una motoneta que está pasando, es el Gato, su padrote. Éste le hace una señal con la cabeza y ella asiente, una vez que el Gato se aleja, Mercedes vuelve a respirar y se tranquiliza, la noche apenas está comenzando así que todavía tiene chance de encontrar clientes antes de regresar a sus garras con las manos vacías, se hace una pequeña persignación y continúa concentrada en verse deseable. 

Unos minutos después llega un carro sencillo y poco ostentoso, un posible cliente 

–¿Cuánto? –le pregunta un hombre de mediana edad que lleva el típico disfráz de Godínez.

“Es quincena” piensa Mercedes. –$1,000 varos la hora y vale todo corazón.

La reacción del oficinista fue de desagrado, era muy probable que esta no fuera su primera vez con una de sus colegas y por eso sabía que le estaban viendo la cara, ante esto Mercedes reaccionó inmediatamente –Bueno, te lo dejo en $800 ya con el cuarto incluido –esto cambió la actitud del cliente–. Está bueno, sube –le dijo y Mercedes accedió.

El Gato tenía un acuerdo con los dueños de un hotelucho por el mercado de La Portales. Mercedes le indicó al hombre cómo llegar mientras ésta le mandaba un mensaje de texto: “Tengo chamba, van a ser $800”, siempre ha sido honesta, hace cuatro años se le ocurrió engañar al Gato mandándole otra cantidad para ganarse unos pesos, sin embargo, la paliza que éste le dio al enterarse del fraude le salió muchísimo más cara.

Una vez que Mercedes dio a conocer el nombre y la clave de su patrón, el recepcionista le dio una llave.

–Cuarto 123 –le dijo detrás de una ventana obscura. El oficinista la siguió a la pequeña y vieja habitación con estilo setentero, al entrar sacó la lana y la dejó en una pequeña mesita, Mercedes lo contó y al ver que era la cantidad correcta comenzó a quitarse la ropa, el hombre hizo lo mismo–. ¿Qué va a ser corazón? –Preguntó  con un tono dulce.

–Pues para empezar, una mamada –Mercedes sonrió aunque en su mente se decía a sí misma “todos son iguales”, sacó de su bolsa un condón, masturbó el miembro del hombre y tardó un rato hasta que tuvo la firmeza necesaria para poder ponerlo.

 –Hazlo con la boca –dijo el hombre, Mercedes obedeció como toda una profesional.

Ya había perdido la cuenta de cuántas vergas habían pasado por su boca, llevaba quince años haciéndolo, cinco de ellos bajo el cuidado del Gato. Todas eran iguales para ella, por eso invertía un poco más y compraba condones de sabor fresa, era su favorito. Después de unos minutos el hombre se excitó de tal manera que la  empujó  y comenzó a montarla, penetrando con fuerza, sin más lubricación que la saliva de la prostituta.

–Ay qué rico papi, qué rico –Mercedes mentía, dolía, pero era un escozor del cual ya estaba acostumbrada.

Su cuerpo entró en un modo automático, ya sabía qué hacer, cómo moverse e incluso qué decir. Dejaba que el hombre la poseyera, dejaba que se sintiera importante y poderoso, era eso por lo que realmente pagaban, no por el sexo, sino por la sensación de grandeza que te da el dominar al otro. Mientras lo hacía, ella pensaba en qué cenaría, si mañana le daría tiempo de pasar al mercado, qué habrá sido de Fernandito, el hermanito que dejó en su pueblo hace ya veinte años y fue entonces cuando escuchó el inconfundible gruñido del orgasmo masculino “Eso fue rápido” pensó.

–Ay estuvo riquísimo papi, yo debería pagarte a ti –dijo coquetamente, el hombre se acostó, sudando y jadeando, Mercedes jamás había visto que un cliente se durmiera tan rápido, aún le quedaba media hora antes de volver a las calles, así que tomó el dinero, lo guardó y vio un ratito la tele.


Hugo Wingartz, Centro CulturalCoyoacán del ISSSTE, diciembre de 2017. 



     




Leyenda por Alexa vargas

Hace mucho tiempo en un pueblito lejos de la civilización, vivía un carpintero que hacía los mejores muebles, todos acudían a él no sólo por eso, también porque era una persona amable y honesta, todo el pueblo lo conocía y admiraba su trabajo. Un día acudió un señor, a juzgar por su ropa no era del pueblo, éste entró  a su local y le dijo: “Buenas tardes, me gustaría la remodelación de esta cómoda”.  El carpintero accedió. Tardó meses en la remodelación hasta que un día entró la policía a su local y lo arrestó sin explicación alguna. Pasó días en la cárcel sin explicación hasta que un oficial de policía entró a su celda y le dijo:  “Usted está arrestado por el robo de una alhaja de oro del Mayor”. Él sin duda no sabía a qué se refería, sin poder decir nada el hombre fue fusilado sin apelo a piedad. Después de un mes,  el Mayor dueño de la cómoda se percató de que la alhaja de oro había estado todo ese tiempo en su carroza, apenado por el gran error que había cometido no le dijo a nadie, al día siguiente fue encontrado muerto en su casa con marcas en su abdomen que decían “yo no fui”. Lo mismo pasó con varias injusticias. Cuenta la leyenda que cada injusticia que se comete, alguien  mata al culpable y lo marca en el pecho con un “Yo no fui”. 


Alexa Vargas, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, marzo de 2018.  

El paisaje (monólogo dramático) por Nallely Moreno


Se ve a Cleotilde sentada en una banca de un bosque, se ve tranquila, relajada, admirando el paisaje.


Cleotilde: Sin duda es el paisaje más bello que jamás he visto, me encantan las hojas tiradas y el olor a pasto mojado. He estado sentada un largo rato y apuesto que este bosque tiene muchas cosas por ver. Será mejor que camine. Sí, voy a caminar, ese camino luce hermoso.

Cleotilde comienza a saltar sobre las hojas en silencio. Se va perdiendo en la inmensidad del bosque.

Cleotilde: Qué árboles tan altos, me gustaría ser nuevamente una niña para tener energía y treparlos, aunque recuerdo aquel día que me subí a uno y me caí, no me dolió, pero rompí mi pantalón y mi madre me regañó, me dijo (imitando a la mamá) "Te lo dije, que te ibas a caer y mira ya como dejaste ese pantalón, a ver quién te compra otro", me regañó más por el pantalón y ni siquiera me había preguntado si me había lastimado.

Cleotilde al decir estas palabras poco a poco se va alterando, mientras sigue caminando.

Cleotilde: Méndiga vieja, se preocupaba más por un pantalón que por su hija, por suerte ya no estoy con ella, me fui un día, ya no la aguantaba ¡pinche vieja loca!
Un día me castigó y no me dejó comer hasta que terminara mi tarea, y juro que lo intentaba,  pero esa tarea estaba bien difícil, así que esa noche me moría de hambre, quise bajar al refrigerador pera la vieja le puso llave a la cocina. Así que me salí a la calle y nunca más regresé.

Se empieza a reír y pierde la cordura completamente   


Cleotilde: Ja, ja, ja, ¡Nunca más regrese! También recuerdo el día que me dijo que jugáramos a las escondidas, me tocó esconderme y pasaron dos horas, dos pinches horas y nunca me buscó, al contrario, se quedó viendo la televisión, ahora por eso yo no la busco, ja, ja, ja,  si supiera que ya nadie la va a poder buscar.

Se ríe cada vez más fuerte. Mientras la escenografía va cambiando y se ve a Cleotilde completamente loca en su casa con una pistola en la mano, en el piso se ve un cuerpo, el de la mamá. Se escuchan sirenas a lo lejos.

Cleotilde: Sin duda es el paisaje más bello que jamás he visto.

Sigue riendo, pone sus manos en la cabeza y voltea hacia la puerta. Oscuro.


Nallely Moreno, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, julio de 2018.  


La queja de las mazas por Esteban Macotela

Se dice que una noche dentro de los camerinos de un circo se llevaba a cabo un concilio en el cual participaban todas las herramientas y artefactos utilizados por los artistas circenses, en el cual estaban exponiendo diversas quejas, éste estaba moderado por el conejo del mago, quien al trabajar de cerca con tan ilustre artista se le consideraba tener la sabiduría para desempeñar dicho cargo. El objeto de la reunión era para que entre todos poder ayudar, aconsejar y apoyar a resolver las quejas o situaciones de sus compañeros.

–¡Orden!,  ¡orden! –clamaba el conejo del mago mientras todos los presentes querían tener la voz para exponer su caso, en eso se escucha que varias voces al unísono clamaban ser atendidas, el resto de los presentes al escucharlas quedaron en silencio… al conejo no le quedó más que otorgarles la palabra a las mazas para malabares, éstas se quejaban de la falta de pericia del malabarista y que éste en su afán de mejorar practicaba arduamente con ellas, las cuales caían al piso una y otra vez,  motivo por el cual solicitaban el apoyo. 

–Ya hemos escuchado a nuestras amigas las mazas, tomemos unos minutos para estudiar el caso y en orden iremos dando la voz a cada uno para que manifieste sus conclusiones –dijo el conejo con voz reflexiva. 

Uno a uno manifestaron sus opciones sin una solución que satisficiera a las mazas, hasta que el sombrero de copa (utilizado por el presentador) dijo: –No deberían quejarse, he visto su acto innumerables veces, son las que mejor representan la paradoja humana, vuelan por el aire majestuosas hasta que bajan y posteriormente vuelven a subir, dependiendo en todo momento de la habilidad de su manejador para no caer a lo más bajo e interrumpir el ritmo de su vuelo, no se dan cuenta de que gracias a las caídas es que el malabarista se exige más y perfecciona su acto, lo que permite que su vuelo dure más. Es de las caídas que uno aprende a volar.

Esteban Macotela, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE , marzo de 2018. 

lunes, 16 de abril de 2018

¿Te ha pasado? Cuéntanos con qué  palabras por Karla Rojas

Es muy común que  en el taller  los alumnos utilicen  palabras que no tienen el significado que creían, incluso a mí  me ha pasado. Esto sucede porque escuchamos estos vocablos con acepciones incorrectas en la radio, televisión o de personas que creemos tienen un buen nivel en el uso de la palabra, por tal motivo no dudamos.

Pero qué  sorpresa nos llevamos cuando  se hace la revisión de los textos y verificados que el significado no es el que se creía o la escritura no es la correcta. 

Uno de los ejemplos que más me gusta es el de la palabra verija, mi abuela decía que nos gustaba estar pegadas a las verijas de nuestra mamá cuando estábamos abrazadas de sus piernas, creía   que era estar pegada  a la enagua,  que a la vez  pensaba que significaba falda. Una vez que veía televisión surgió la duda sobre el significado de estas  palabras.

verija. 1.f. Región  de las partes  pudendas. 

Enagua. 1.f. Prenda interior femenina similar a una falda y que se lleva debajo de ésta. Usado más en plural con el mismo significado.

                5.f.pl. Mex. Faldas. (|| autoridad o protección  materna). 

Una de mis alumnas utilizaba la palabra sobretodo por sobre todo.

sobretodo 1.m. Prenda de vestir ancha, larga y con mangas, en general más ligera que el gabán, que se lleva sobre el traje ordinario.

                     2. m. Am. Abrigo o impermeable que se lleva sobre las demás prendas. 

Sobre todo 1. locución adverbial. Con especialidad, mayormente, principalmente. 

A veces por el contexto en el que son usadas podemos intuir el significado o su correcta grafía,  pero no siempre. Lo más recomendable es verificar en los diccionarios. 

Karla Rojas, coordinadora del taller. 


viernes, 13 de abril de 2018

El diario de un presidiario por Salvador Zarco

Querido diario: la imaginé cruzar el cielo, ascender apresuradamente envuelta en una mole metálica hasta que se perdió entre la niebla y la empañada mirada de mis ojos.  Sólo el ensordecedor rugir de los motores, por unos segundos, me habló de su presencia ahí… en un punto indefinido, inalcanzable para mí, que no pude ir siquiera a despedirla al aeropuerto.

Desayuné presuroso. Las 9:20. Sólo pensaba en su partida. Las 9:21… 22… 23… 24… las 9:25 y un prolongado rugido anunciaba la partida de una nave. Dejé todo y subí presuroso a mi torre desde donde le di mi despedida cuando pensé verla cruzar el cielo. ¡Cómo ambicioné ser un ave capaz de vencer la gravedad y secundar su  vuelo! Varado en tierra firme sólo pude ascender a mi torre y durante unos segundos seguir con la mirada su raudo vuelo.

Qué cosas tiene la vida: asido a mi vieja y maltrecha torre porfiriana, con mis huaraches de Morelos y mi suéter de Chiconcuac, la vi pasar en confortable jet, con traje sastre cortado a la medida, zapatos y bolsa haciendo juego, y su pelo recogido. La vi pasar y le dije adiós y buena suerte, y ella tan alto ni siquiera se enteró.

Descendí despacio a la celda 27 y me puse a lavar mi sudadera.

Palacio Negro de Lecumberri, 14 de diciembre de 1970.



Salvador Zarco, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, marzo de 2018. 

Cómo lograr escribir por Karla Rojas

Es común escuchar a personas decir que les gustaría escribir, pero… un sinfín de excusas. Lo cierto es que muchas de éstas son parte del te...