viernes, 13 de abril de 2018

El diario de un presidiario por Salvador Zarco

Querido diario: la imaginé cruzar el cielo, ascender apresuradamente envuelta en una mole metálica hasta que se perdió entre la niebla y la empañada mirada de mis ojos.  Sólo el ensordecedor rugir de los motores, por unos segundos, me habló de su presencia ahí… en un punto indefinido, inalcanzable para mí, que no pude ir siquiera a despedirla al aeropuerto.

Desayuné presuroso. Las 9:20. Sólo pensaba en su partida. Las 9:21… 22… 23… 24… las 9:25 y un prolongado rugido anunciaba la partida de una nave. Dejé todo y subí presuroso a mi torre desde donde le di mi despedida cuando pensé verla cruzar el cielo. ¡Cómo ambicioné ser un ave capaz de vencer la gravedad y secundar su  vuelo! Varado en tierra firme sólo pude ascender a mi torre y durante unos segundos seguir con la mirada su raudo vuelo.

Qué cosas tiene la vida: asido a mi vieja y maltrecha torre porfiriana, con mis huaraches de Morelos y mi suéter de Chiconcuac, la vi pasar en confortable jet, con traje sastre cortado a la medida, zapatos y bolsa haciendo juego, y su pelo recogido. La vi pasar y le dije adiós y buena suerte, y ella tan alto ni siquiera se enteró.

Descendí despacio a la celda 27 y me puse a lavar mi sudadera.

Palacio Negro de Lecumberri, 14 de diciembre de 1970.



Salvador Zarco, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, marzo de 2018. 

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