Cuando yo nací, ella, la que me acogió y me vio crecer, ya tenía 80. En sus primeros años todos pusieron empeño y trabajo para ayudarla a crecer. Tal como una mujer tiene sus etapas, aquella que en sus primeros años protegió a los hijos de la Revolución, también tuvo sus años de glamur y apogeo. Por ahí de los años de la década de los cuarenta ya estaba establecida. Las avenidas y la arquitectura art decó se integraban a las casonas de inicios de siglo y se acostumbraron a convivir con los vestigios del pasado, como las zonas arqueológicas de Tlatelolco y el Templo Mayor, sin olvidar las joyas coloniales heredadas como la Catedral Metropolitana de la Asunción de la Santísima Virgen María a los cielos.
Con los años fue madurando y creciendo a la par de la educación, la tecnología y las clases sociales que en la década de los años sesenta y hasta los ochenta estaban muy marcados, quizá porque la población era mucho menor. El Tratado de Libre Comercio, la economía, los empresarios y por supuesto sus nepotistas y nocivos gobernantes, abrieron la puerta para que cada día arribaran más personas para alcanzar el sueño capitalino. Entonces se volvió más seductora, tal cual como una doña de mundo que guarda en su estructura múltiples vivencias. La voltearon a ver no sólo los paisanos, sino otros hombres también de mucho mundo, interesados por supuesto en penetrar y permanecer. Así se fue saturando y aguantando el desgaste y la edad por soportar a tanto sujeto. Pocas veces en el año se ve tranquila y clara, a pesar de las fracturas, los temblores, los torrentes que la inundan en agosto, siempre hay espacio para alguien más.
Está hermosa, como una señorona, viva, llena hasta la médula, hasta el aire; parchada y remendada, pero eso sí bien maquillada, porque el mundo la necesita bien. Por dentro la siento ansiosa, a veces triste y preocupada. Le quedan pocos años para seguir en pie y para abastecer a tanto inconsciente, pero como un vaso de agua no se le niega a nadie, ella continua firme. Hoy casi a mis cuarenta años veo y vivo a la Ciudad de México con admiración y con la ternura de quien ve a un anciano que dentro de poco será su tiempo de partir. No tiene espacio ni agua, tampoco pulmones fuertes, pero a esta mi ciudad nadie la dejará morir. Acogerá a otros cientos de generaciones y como buena madre los verá nacer y morir pero ella ¡jamás!
Kely Rojas, Centro Cultural Coyoacán del ISSSTE, enero 2019.