Hace tiempo, en uno de los talleres de creación literaria, tuve la fortuna de compartir seis meses con un hombre de 85 años, ha sido uno de los pocos asistentes que no ha faltado a una sola clase. A lo largo de este tiempo escribió la vida de Ramiro, un hombre maltratado por su padre en la infancia, no tuvo la fortuna de recibir educación escolar más que unos cuantos años de primaria, durante su vida cometió actos ilícitos; un hombre que pese al rencor que sentía por su progenitor lo obedecía sin cuestionamientos.
Todas las tareas sin importar las especificaciones: número de cuartillas, tema, técnica narrativa, tipo de narrador, personaje tipo o arquetipo que les solicitara trabajaran, él escribía sobre las vicisitudes a las que Ramiro se enfrentaba. Después de un tiempo me rendí y acepté que hiciera caso omiso a las indicaciones.
Dos semanas antes de que concluyera el semestre, en la lectura de la tarea:
"Ramiro salió de casa para realizar un trámite bancario, debía cruzar la avenida, una empresa demasiado costosa para sus rodillas, pues debía hacerlo por el paso elevado, un puente que cuando niño no existía, mucho menos la avenida que cruzaba. Recordó las milpas, los árboles y animales que pastaban a los alrededores; cómo su padre lo forzaba a sembrar la tierra, ordeñar las vacas y matar a los cerdos. Al bajar el último escalón, elevó su mirada al cielo y en su interior gritó ¡Te perdono, padre! Continuó su camino con un andar lento, como es normal en hombres de su edad, pero ahora ligero".
Cuando terminó de leer, sus ojos estaban llenos de lágrimas y yo, yo tenía un nudo en la garganta, esta vez no hubo comentarios sobre el ritmo, si había mucha paja, o si el ambiente..., nada, sólo pude dar las gracias y continuar. Ese día el señor Héctor había perdonado a su padre, no sé si logró entender las razones por las cuales lo trataba de esa forma, o pudo ver que entre todo lo doloroso hubo amor y momentos felices. Lo único que importa es que el proceso lo llevó con valor, fueron seis meses ininterrumpidos en los que Ramiro purgó su alma.
Karla Rojas, coordinadora del taller.
Karla Rojas, coordinadora del taller.
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