miércoles, 9 de agosto de 2017

Diferentes tipos de narradores por Karla Rojas

Hoy toca hablar sobre un elemento   esencial en un relato,  el narrador. Existe  en primera,  segunda y tercera persona (yo, tú, él/nosotros, ustedes, ellos).

En primera persona podemos  encontrar:

Narrador protagonista: cuenta su propia historia.

Narrador testigo: narra los hechos en primera persona, pero no es el protagonista, es testigo de estos como su nombre lo dice.

El narrador en segunda persona se utiliza muy poco, y en el pasado todavía menos, pero en la novela epistolar era muy frecuente. Las cartas se escriben en segunda persona porque van dirigidas a un tú o ustedes/ vosotros.

En tercera persona:

Narrador omnisciente: es el narrador que lo sabe todo. Conoce el ambiente psico-emocional, físico  y social, conoce los pensamientos y sentimientos de los personajes, por lo que puede en ocasiones juzgarlos.

Narrador objetivo: no juzga a los personajes, esta sería la diferencia básica con el anterior,  registra lo que acontece sin participar en la acción.

Existen más  tipos, pero estos son los que más se utilizan. Más adelante compartiré la información completa sobre los diversos tipos de narradores. Estos son los que recomiendo para iniciar.

Karla Rojas, coordinadora del taller. 

Micro relatos por Jorge Alejandro Ramírez

Había esperado este momento toda su vida, y  llegó. Después de treinta  años se preparó mentalmente,  se acicaló,   se puso frente a su padre y le dijo:  me voy de la casa mañana,  me caso.

No había escapatoria para ella. Era su último minuto de vida.  "Algunos  repasan su vida, se dijo. Yo voy a pensar en el peor momento de ella.  Me iré feliz..."  y se fue.

Jorge Alejandro Ramírez. Taller de Creación Literaria para Principiantes.  Centro Cultural Ignacio Ramírez.Junio 2017. 

martes, 11 de julio de 2017

Esquemas, elementos de ayuda para el autor por Karla Rojas

A partir de ahora antes de ir directo al papel para contar  la historia, es necesario que hagas un esquema sobre ésta, en donde tengas claro:

Tema en el que se centra
Personajes que intervienen
Lugar en donde se desarrolla
Cómo  es la sociedad en la que se desenvuelven los personajes
Cómo es el ambiente psico-emocional  que impera en este lugar, sociedad o personajes
Quién  narra la historia: tercera  o primera persona
A dónde quieres llevar al lector: reflexión, divertimento o...
Tiempo en el que será narrada, presente, pasado o futuro
Tener un inicio, un desarrollo  y un final

Hacer un esquema te dará  claridad para escribir. Con el avance se irá  modificando, pero te ayudará  a no perderte en el camino y lograr el objetivo marcado. Tener nociones de lo que vamos a narrar,  como hechos importantes y los personajes que intervendrán  ayuda a hacerlo más sencillo.   

Karla Rojas, coordinadora del taller. 

La triste historia de tu cuerpo sobre el mío por Sandra Grisel

Después de tres horas inconsciente, Ashanti abrió los ojos. Como un acto reflejo buscó incorporarse pero se dio cuenta que estaba atado de pies y manos. Se movió desesperadamente, tratando, de manera infructuosa, de liberarse de la soga que le estaba cortando la circulación.

Al notar que no estaba logrando nada, dejó de moverse. Pudo sentir su respiración agitada, en su cabeza retumbaba el latido de su corazón. Abrió la boca para jalar aire pero lo que respiró fue un hedor que mezclaba humedad, orines y pan rancio.

“¿Qué había pasado?”.  Buscó en su memoria el último suceso guardado. Se vio saliendo de su hogar para llevar hierbas a su tío que vivía en la población vecina. Caminó desde el amanecer hasta que el sol se encontraba en su punto más alto. Decidió hacer un descanso para beber agua en el manantial. Se agachó para tomar el líquido en sus manos. Luego, un golpe, sí, algo le había pegado en la cabeza. Pero, ¿después?, ¿cómo había llegado a ese pestilente lugar?

“¿Dónde estoy?”, gritó impaciente. No recibió respuesta. “¿Dónde estoy?”, volvió a vociferar. Fue entonces que se escuchó una apagada voz de hombre respondiendo: “Estás encima de mí”. Ashanti se dio cuenta de que bajo su cuerpo había algo, más bien alguien. Perturbado por la situación guardó silencio. ¿Por qué estaba sobre otro ser?, ¿qué estaban haciendo ellos dos en ese lugar? Venciendo su turbación preguntó: “¿quién eres?”. Espero respuesta, no la hubo.

De repente un suspiro y la frase: “Soy Mendé”. De nuevo el silencio. Ashanti quiso preguntar más pero le pareció que hacer hablar a alguien que estaba soportando el peso de otro cuerpo no era adecuado. Decidió no decir más. Reconstruyó una y otra vez los últimos recuerdos que tenía para entender su situación.

Su trabajo mental fue interrumpido por un violento movimiento que cimbró todo el sitio. Entonces comenzó un vaivén que dio a Ashanti una pista: se encontraba sobre el agua. Ese movimiento le era familiar. Cuando salía de pesca con su padre ese balanceo los acompañaba todo el tiempo que permanecían en altamar. Ashanti puso atención al movimiento y sí, reconoció el oleaje del mar.

“¡Mendé! ¡Mendé! ¡Estamos navegando! No obtuvo respuesta. Pero, “¿cuál era el destino al que se dirigían?”. De nuevo suspendió sus cavilaciones cuando las olas pegaron en  la embarcación y lo hicieron caer de su ‘cómodo’ sitio. La caída dolió pero cuando se vio junto a Mendé sintió alivio. Ya podría hacerle preguntas sin avergonzarse por estar quitándole la capacidad de respirar.

Susurró: “Mendé, ¿sabes qué estamos haciendo aquí? ¡Mendé, Mendé, responde por favor!". Otro suspiro y ahora una voz más vivaz dijo: “¿Quieres oír  la triste historia de cómo llegó tu cuerpo a estar sobre el mío?”.  Ashanti respondió de inmediato que sí.

“Tú, como yo, y como las otras docenas de personas que están tiradas en el piso de esta embarcación, fuimos presos por hombres blancos. La mayoría nos encontrábamos andando por el campo, cuando de repente un grupo de ‘blancos’ nos atacaron. Si no oponías resistencia no te maltrataban, pero si luchabas eras golpeado hasta dejarte inconsciente. Creo que ese fue tu caso, por eso no recuerdas nada. A los que podíamos caminar nos obligaron a cargar a los aturdidos por los golpes que no podían mantenerse en pie. Somos tantos que este barco fue insuficiente y acabamos unos encima de otros, como animales. Los días de tranquilidad en nuestros pueblos han terminado, ahora somos ‘animales’ de los hombres blancos”.

Mendé calló y unas lágrimas corrieron por sus mejillas. El pensar que nunca volvería a ver a su mujer y sus hijos le partía el corazón. “Qué harán sin mí, ¿quién les enseñará a cultivar y a cazar?, ¿cómo sobrevivirán al tiempo de sequía? Se arrepintió de haber salido de la aldea a pesar de los rumores sobre las atrocidades que los ‘blancos’ llegados del mar estaban realizando.

Ashanti tenía más preguntas pero entendió, por el sollozo de Mendé, que no era el momento. Saber del futuro estaba de más en ese instante que el pasado dolía tanto. Por ahora debía conformarse con conocer cómo había llegado hasta allí. Quizás después otro movimiento impetuoso del barco daría espacio para más cuestionamientos.

Sandra Grisel. Abril de 2017. 

jueves, 18 de mayo de 2017

Escribir requiere de una buena disposición por Karla Rojas

Escribir requiere de una buena disposición y de preparación. La imaginación se potencia cuanto más trabajamos para liberarla. Ya he dicho que escribir cada día de la semana y leer es una forma,  así  como escribir sobre lo que has vivido, pero si ya has agotado todas tus experiencias tienes que comenzar a ver a las personas que te rodean.

¿Tienen alguna cicatriz en el rostro o parte de su cuerpo? Crea una historia que cuente la forma  en que se hicieron de esta  marca. Ver a las personas: su físico,  la forma de interactuar, el vocabulario que utilizan, los ademanes y muecas que hacen al charlar e incluso  lo que dicen, te puede ayudar para narrar su vida (la que tú les vas a crear).

De ahora en adelante no sólo se tratará de escribir sino de observar, observar con otros ojos.


Karla Rojas, coordinadora  de taller. 



miércoles, 17 de mayo de 2017

Algodón de azúcar por Sonia Herrera

Decidí subirme al altozano para observar mejor, creyendo que esa elevación era natural; grande fue mi sorpresa al darme cuenta que estaba parada sobre un altísimo cerro de basura. Bajé de mi otero y comencé a caminar, o mejor dicho, a tropezarme con la gran cantidad de desperdicios. Fue como entrar a otro mundo; a un mundo bizarro, un mundo paralelo que difícilmente uno puede imaginar que exista. Es cierto que había escuchado historias acerca de este lugar y sus habitantes, pero, ¡verlo ahí, frente a mí, dándome la bienvenida con sus olores rancios, fétidos, que se impregnaban de manera sarcástica en mi ropa, en mi pelo, en mi piel, en mi conciencia!, ¡fue algo realmente inverosímil! De pronto vi a decenas de hombres y mujeres que aparecían, cual fantasmas, deslizándose entre los túmulos de desechos. ¡Eran los pepenadores! Hurgando entre cajas, televisores descompuestos, colchones rotos, latas, papeles, bolsas plásticas, llantas, ropa, ¡cadáveres!; con la finalidad de hallar aquello que aún puedan comercializar, aquello que les pueda ser útil.

Me adentré un poco más, puse sumo cuidado en cada paso que daba, pues corría el riesgo de pisar, entre tanta inmundicia, algo que pudiera herirme; aunque nada se habría comparado con el dolor que sentí al descubrir, entre miles y miles de toneladas de basura, ¡a unos niños!  inocentes rodeados de jugos tóxicos que salen de bolsas repletas de desechos orgánicos. Los más grandes, trabajaban también en la pepena al igual que sus padres,  y los pequeños creciendo como pueden, ahí, entre tanta basura; hijos de la pobreza extrema, de la crianza negligente provocada por la necesidad, la ignorancia y la miseria.

Un zumbido que vibraba bajo mis pies, me anunció el inicio de la delirante y libertina danza que millones de moscas se preparaban a realizar. Me di cuenta que cuando éstas vuelan, el cielo se ennegrece, de tal manera, que parece un eclipse total de sol. Los pequeñines, descalzos, con espadas hechas con palos, golpean la costra de moscas, deseando que al menos un rayito del sol poniente, dé calor a sus almas y a sus cuerpos infantiles, desvalidos y friolentos. Cuerpos de niños rotos, deshechos, malformados por las inclemencias de la vida, de su existencia en total abandono.


Estos niños han nacido ahí; ahí comen, ahí juegan, ahí crecen, ahí duermen perseguidos por cientos de gusanos salidos del vientre podrido de un perro muerto; asediados por el nauseabundo olor del cadáver de una rata, que se introduce por sus orificios nasales, acribillándolos por dentro hasta hacerles saltar las lágrimas de sus pequeños ojos con sueño. Estos horrores, estas pesadillas, no les dejan tregua para el descanso; no les dan la oportunidad de soñar, de alcanzar el cielo azul con sus manitas y comerse un trozo de nube, hecha de algodón de azúcar.

Sonia Herrera, Centro Cultural Ignacio Ramírez del ISSSTE, enero 2017.

viernes, 5 de mayo de 2017

Escribir todos los días por Karla Rojas

Escribir todos los días te ayudará  a crear el hábito y éste el oficio. Las personas que pretenden dedicarse a la literatura deben escribir y leer a diario.

Con la lectura incrementarán la imaginación. Los lugares, personas, épocas y mundos que conozcan a través  de ella servirán como modelo para crear los propios. 

El acto de la lectura al igual que el de la escritura es mejor realizarlos  en solitario.  Para ambos busca un lugar cómodo,  prepara una bebida y acerca todo  lo que puedas necesitar, para no interrumpir  tu quehacer literario.

"Escribir no es un milagro sino un trabajo que se perfecciona en la constancia". 

Rosario Castellanos, Rito de iniciación.

Karla Rojas, coordinadora del taller. 

jueves, 4 de mayo de 2017

Relato de fantasmas por Angélica Moreno

Corría la tarde en casa de la abuela, recuerdo la manera particular en como la luz, sin pedir permiso, entraba por toda la sala y cubría los sillones dejando al descubierto lo viejo que estaban. Esa luz que parece cabello dorado, esa luz antes de que anochezca, que no es intensa, que no quema, que no calienta, pero que sin embargo anuncia que el día está por acabarse; en particular, en casa de la abuela anunciaba que estaban por llegar las cosas más aterradoras que en aquel momento podía sentir. Todo empezaba en las escaleras, una especie de aroma, de luz me hacía querer subir por ellas. Era algo inexplicable no poder dejar de mirarlas. Parecía que aquello que estaba allí, me seducía, quería que me acercara, que la buscara, que con mis ojos la mirara. Terminaba cediendo ante ese enigma, me acercaba a las escaleras, subía por ellas, ya estaba dentro, ya le pertenecía. Al tercer escalón un frío recorría todo mi cuerpo, un olor a flores marchitas se percibía, y un respiro espeso sentía en la espalda. Ahora sentía que alguien seguía mis pasos, insistiendo que siguiera subiendo. El olor a flores marchitas, era viejo, era antiguo, era suave pero picaba. Se impregnaba en mi nariz y en mi memoria, de esos olores que jamás se olvidan a pesar del tiempo, de esos olores que después de años los reconozco y me transportan al pasado. De repente entre esa luz, ese olor, ese frío, esa pesadez, ese algo que estaba detrás de mí, me suspiraba y me susurraba algo al oído, que nunca alcance a entender, ni siquiera a escuchar, era una palabra, era una frase, a veces era sólo un simple sonido, pero cuando era benefactor me decía frases completas, que aunque nunca entendía, eran largas y seguramente con un mensaje que siempre quise saber. Al terminar de pasar por cada escalón, el cuarto de Camilo era la morada de la pesadez, del olor, del frío, de los susurros. Era como si sólo quisiera que lo acompañase hasta su cuarto, hasta donde habitaba. Nunca conocí a Camilo, era hermano de mamá, hijo de mi abuela, cuñado de mi padre y tío mío por lo que me han contado. Le pongo un rostro porque hay una foto de él en la sala vieja de la abuela, que nunca ha querido quitar. Camilo, era una ausencia muy presente, estudiaba hace muchos años en la normal de maestros, una noche de cualquier mes, no regresó a casa de la abuela, nunca regresó a cumplir con su promesa de sacarlos adelante, nunca regresó a sacar a la abuela de trabajar, ¿por qué? Porque desapareció, o lo desaparecieron, no lo sé, no lo sabemos, sólo alguien lo sabe en algún lugar de no sé dónde. Camilo fue uno de los miles de las cifras oficiales y extraoficiales que nunca regresó  a donde lo esperaban, que desapareció. Una ausencia muy presente que siguió a la familia y a mí durante todas las tardes y noches en casa de la abuela. Un desaparecido que se convirtió en un olor, en un frío, en una pesadez, en susurros, en suspiros que recorrían toda la casa de la abuela, a toda la familia de mi madre y a mí durante todo este tiempo.

Angélica Moreno, Centro Cultural Ignacio Ramírez del ISSSTE, marzo 2017.

Ya que has elegido un recuerdo por Karla Rojas

Ya que has elegido un recuerdo, una experiencia o situación para narrar, es tiempo de seleccionar las palabras que usarás.

Para ello necesitarás contar con un diccionario de sinónimos. Si has repetido palabras o frases podrás sustituir por otras que se acerquen a lo que quieres decir,  ya que la sinonimia absoluta no existe, pon especial atención en esto.

El léxico se adquiere con lectura y con el uso de la lengua, como ejercicio para adquirirlo propongo que cada vez que leas busques las palabras que no entiendas y con ellas escribas un pequeño texto y trates de integrarlas a tu lenguaje cotidiano: conversaciones, mensajes de texto, correos electrónicos, etcétera.

Todos los días debes de escribir. Esto te ayudará a hacerlo si ya no tienes más recuerdos.

Karla Rojas, coordinadora del taller. 

lunes, 20 de febrero de 2017

Sin título, Enrique de Leo

–¿Estás  seguro que es aquí? –pregunté.

–Creo que si, –dijo Almanza– la descripción coincide con la fachada.

Era una casa antigua, como esas del centro histórico, el techo estaba totalmente destartalado, tenía dos puertas que casi se caían  de viejas, un metro de hierba en el suelo impedía  el paso libre de cualquiera.

–Entra tú primero –dijo Almanza.

–No, ni madres, entras tú, tú  me trajiste aquí –renegué.

–Vamos a hacer una cosa, echamos un volado y el que pierda entra primero.

No estoy de acuerdo, Almanza. Tú  me dijiste que te acompañará y eso es lo que estoy haciendo. Entras tú  y aquí  te espero. Ahora que si no quieres entrar mejor nos vamos…

¡No! –me interrumpió  mi amigo–. No, está  bien, pero no quiero entrar solo. Entra conmigo, por favor.

Accedí  a regañadientes, el lugar no se veía nada bien, siempre he sido muy intuitivo con eso de las energías, desde niño he visto cosas raras y he escuchado voces cuando estoy solo. Brincamos la puerta, no había nadie alrededor, es normal que a las tres de la mañana no haya ni un alma en la calle, con almas me refiero a personas porque para ese momento no estaba muy seguro de que no hubiese algún alma dentro de la casa.

Entramos al lugar, la hierba era totalmente espesa, nos costaba trabajo caminar. Almanza  se enredó  el pie izquierdo, ahogó un grito desesperado, tuve que tirar de sus brazos para desenredarlo.

–¡Puta madre! Me arde el tobillo –expresó  en un susurro.

–Vámonos de aquí, este lugar ya empieza a darme escalofríos.

La sensación que tenía era como si me hubiese hundido en un lago repleto de cubitos de hielo, tenía el cuerpo entero como piel de gallina. Esa era la sensación física, porque sentía que entrar en ese lugar era la peor decisión que podíamos haber tomado.

–Abre la puerta –me dijo  Almanza mientras sacaba su tobillo.

Me acerqué y tomé  el picaporte.

–No abre güey.

–Empújala –exclamó imperativo.

Lo ayudé a llegar a la hasta ahí.  Empujamos con fuerza,  más y más. Nada, era imposible, parecía estar sellada.

Almanza, yo creo que lo mejor es que nos vayamos de este lugar, ya tienes el pie hecho polvo y eso que aún no entramos.  Imagínate si te hubiera pasado…

El chirriar de la puerta no me dejó terminar la frase.  Almanza y yo nos vimos incrédulos el uno al otro, la puerta estaba abierta. Entramos.  El lugar olía a moho,  la humedad que desprendía era densa. No podía respirar,  quise dar la vuelta  y salir. La puerta se cerró, volteé a  ver a Almanza,  estaba cegado  viendo un cuadro renacentista,  un remolino inundó el lugar,  justo en ese instante tenía la boca abierta,  de modo que entró polvo por boca y nariz. Era un sabor rancio el  que distinguían mis papilas gustativas,  quise tomar a Almazán de la mano y salir corriendo. Sus manos eran ásperas.  No sólo sus manos,  sus antebrazos, sus pómulos, era como tocar a un cocodrilo. Un zumbido me hizo girar la cabeza a las escaleras,  la habitación más próxima a los escalones se abrió de par en par y un sonido ensordecedor me hizo tapar los oídos…

Enrique de Leo, Centro Cultural San Ángel, mayo 2016. 




Cómo lograr escribir por Karla Rojas

Es común escuchar a personas decir que les gustaría escribir, pero… un sinfín de excusas. Lo cierto es que muchas de éstas son parte del te...