viernes, 16 de diciembre de 2016

Letrania por Gerardo Trujillo. Cuento en honor a los miembros del taller 2015-2

Ese era el título signado en un cartel pegado sobre la fachada de aquel centro cultural. Se trataba de un taller de creación literaria al cual me inscribí de inmediato. Me gustaba escribir y deseaba conocer los secretos de la literatura. “Letrania”, así se llamaba el taller.

Inusualmente aquel viernes llegué temprano a la primer clase. Recuerdo que al entrar subí con emoción las escaleras, me dirigí  hasta el salón del fondo. Ahí se encontraban cinco personas más  esperando el inicio de la clase y luego de presentarnos,  quedamos fascinados con los arabescos de la puerta cuyos detalles exaltaban misterio. La curiosidad me obligó a tomar la extraña manija para abrir la puerta. Un segundo después, un fuerte vendaval nos absorbió hacia dentro luego de que comenzáramos a desintegrarnos en millones de fragmentos. Ya no éramos más que sutileza en el viento, manipulados y llevados hacia un destello azul, transportados en el lóbulo de la imaginación.

Cuando pude recobrar la vista, entendí que no estábamos más en el centro cultural.  Habíamos sido llevados a un mundo paralelo, diferente y sumamente extraño. Frente a nosotros estaba un extenso bosque de papel, lleno de frases y versos en manuscrito sobre los tallos, los robles y las hojas. La vegetación se adornaba con bellas palabras. Todos nos quedamos estupefactos, pero una descomunal emoción que desbordaba en nuestros ojos nos incitó a leer algunos  textos inscritos. Eran realmente cautivadores. Los ríos llevaban letras de poemas que bebí sediento, escuché  con claridad sus rimas mientras lo hacía.  La vegetación estaba hecha de cartoncillos y libretas, hojas de papel, con y sin márgenes. En suma, aquel páramo estaba confeccionado por la belleza de la literatura, letras por doquier. Sin embargo, fue el castillo hecho de plumas fuente, lápices y frascos de tinta los que robaron nuestra atención. Su punta sobresalía de aquel bosque a lo lejos y su inexorable tamaño ponía perplejas  nuestras iris dilatadas por la emoción.  No obstante dentro de la espesura del papel, justo cuando estábamos más embelesados con la naturaleza exótica de aquel lugar; apareció  un soldado purpura que se hacía llamar Raful, quien pronto y sin miramientos lanzó una bola de papel fosforescente que todos; menos yo, evitaron con facilidad. Al instante quedé  paralizado. Se trataba de un encantamiento.

Los demás, un tanto confundidos, se replegaron sin saber qué hacer, hasta que de los cielos, sobre un pájaro de cartulina, descendió una pequeña mujercita cuya túnica demostraba autoridad. Se veía tierna y enojona a la vez.

—¡Detente Raful! exclamó . No podrás detener la abundancia  literaria. 

¡Inche Sacerdotisa!   respondió el soldado purpura.  El plan de mi señor Artulco no será frenado por la fe de tu inspiración. ¿Acaso crees que estos individuos serán la salvación de Letrania? ¡Estúpidos aficionados!

 ¿El plan de tu señor dices? -señaló Karna, la sacerdotisa-. La única intención de tu señor yace en  capturar escritores para que éstos formulen  poemas cursis que revivan a su exánime novia. Pero ello sólo provocará que colapse Letrania. ¿O es qué acaso no lo entiendes?

 ¡A la chiflada he dicho!    expresó Raful.

Y haciendo uso de un cetro mágico lanzó un rayo que desprendía palabras altisonantes  para capturar al resto de  ellos, pero la sacerdotisa anticipando el movimiento repeló el ataque,  que aturdió  por un instante a Raful, el cual sin esperar mucho me llevo consigo hacia el castillo.  El peligro había pasado, pero sus secuelas dejaron huella en la pequeña Karna. Se estaba convirtiendo en piedra. Rápidamente miró al resto del grupo y extendió su mano dejando ver cinco sacapuntas que poseían  claves con sus nombres y luego se endureció por completo. Tal acontecimiento  los estremeció, no sabían qué hacer o qué pensar. Ni siquiera se atrevían a ver lo que Karna dejó en su mano.  Fue en esos momentos cuando una pequeña mariposa de nombre Lere aconsejó el acopio de valor para descubrir la razón del por qué  habían sido trasladados a Letrania, comentaba fechas importantes de aquel lugar esplendoroso.  Ferlda de forma inusitada se animó a  tomar el sacapuntas que tenía su nombre, al hacerlo una chispa luminosa la envolvió transformándola en una hechicera, portadora del lápiz de oriente. Emocionados los demás  tomaron el suyo de inmediato.  Joaltes fue el segundo en hacerlo, volviéndose un guerrero y portador de la pluma plateada. Gabinaris al hacerlo, se transformó en la suprema estratega obteniendo el tintero mágico. Cobaldo tomó posesión del sublime campeador al recibir el pergamino de protección. Por último, la joven y tímida Pali recibió una pequeña nube dorada. Al observar sus vestiduras y poderes, cargados de emoción y anhelo, decidieron juntos vengar a la sacerdotisa, vencer a los malvados señores purpura del ocio y de paso, ¿por qué no? salvarme. Su fortaleza se establecía en su devoción por escribir. De inmediato partieron, para cruzar el río de los poemas,  subieron por las colinas de las rimas y los sonetos; montaron en caballos hechos de consonantes mayúsculas  que los condujeron por la planicie de los cuentos.

Pronto llegaron al castillo, el cual comenzaba a resquebrajarse, como si estuviese muriendo, como si estuviese por acabarse. La puerta yacía en el piso de mármol, en el que estaban inscritos los títulos de las mejores novelas de todos los tiempos en color dorado. Las paredes se encontraban cubiertas con muchísimos retratos de escritores, manchados y opacos, como si estuviesen  por desaparecer en el olvido. Ello generó tristeza en aquellos jóvenes, pero aun así siguieron adelante hasta la sala principal, luego de subir una gran escalera hecha con adjetivos.

Una vez arriba observaron sentado a un sujeto de gafas, con una sonrisa salvajemente caprichosa. Era sin duda el terrible Artulco. A su diestra estaba el temible Raful, quien al verlos lanzó con su cetro de palabras altisonantes un rayo poderoso.  Casi hubiese sido mortal aquel ataque, pero éste fue repelido por el pergamino mágico de Cobaldo que protegió a todos. En respuesta al ataque,  Ferla lanzó con su potente lápiz una soga de granito que tenía inscrito un cuento alusivo a instrumentos musicales, que al instante aturdió a Raful.  Aprovechando el momento, Gabinaris le dijo a Joaltes que cargara la pluma plateada con el tintero mágico para lanzarle una historia luminosa, tan profunda y elocuente que al recibirla Raful quedó hecho polvo.

Sorprendido medianamente,  Artulco interrumpió el acontecimiento, como si eso le llenara, como si lo hiciera más fuerte al entrometerse de forma abusiva en cada acción de Letrania.

¡Tontos!  dijo en voz mediana, lenta y empalagosa.  Si creen que los instrumentos ancestrales de la inspiración van a impedir que yo destruya Letrania, están equivocados. Mi poder es más fuerte que todas sus proyecciones. Ya sin la sacerdotisa blanca, no podrán vencerme.

Los jóvenes escritores lanzaron de nueva cuenta su ataque, pero esta vez no funcionó. Algo faltaba.

Necesitamos tu ayuda Dijo Cobaldo, refiriéndose a Pali—. Todos hemos lanzado nuestro ataque, pero sin tu ayuda, será inútil cualquier intento.

¿Mi ayuda?  preguntó desconcertada Pali. Yo no puedo hacer nada. Ustedes tienen los instrumentos mágicos, yo sólo he recibido una pequeña nube. Tengo miedo, no creo poder hacer nada.

¡Anda, vamos!  exclamó Joaltes—.  Nosotros sabemos que tú puedes hacerlo.

 ¡Sí, Pali! Agregó Gabinaris. Todos tenemos fe en ti. Démosle todas nuestras armas. Creo que ella podrá vencer al malvado Artulco.

No lo pensaron dos veces, cedieron de inmediato sus pertrechos a la pequeña Pali, le demostraron la confianza en sus facultades. Eso la hizo llenarse de voluntad y confianza. De pronto, todas las armas mágicas se fusionaron dentro de la nube que le fue otorgada, tornándose de varios colores y de la cual la pequeña niña logró lanzar el cuento más bonito del mundo, que  destruyó por completo al malvado Artulco. 

Un gran destello se esparció dentro del castillo reconstruyéndolo y reluciendo sus esplendores. Todo volvió a la normalidad en aquella extraña tierra y yo fui salvado por aquellos jóvenes escritores, quienes me enseñaron la importancia y el poder que recae en el oficio de la pluma. La sacerdotisa por su parte, recobró su aspecto y nos llevó a todos a la salida, pidiéndonos continuar con esa labor.

Luego de abrir la puerta volvimos al sitial de centro cultural, pero sabíamos perfectamente que  ninguno de los que tomamos aquel taller volveríamos a ser los mismos.

Fin

Gerardo Trujillo, Taller de creación literaria para principiantes, Centro Cultural San Ángel, enero de 2016.




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