jueves, 4 de mayo de 2017

Relato de fantasmas por Angélica Moreno

Corría la tarde en casa de la abuela, recuerdo la manera particular en como la luz, sin pedir permiso, entraba por toda la sala y cubría los sillones dejando al descubierto lo viejo que estaban. Esa luz que parece cabello dorado, esa luz antes de que anochezca, que no es intensa, que no quema, que no calienta, pero que sin embargo anuncia que el día está por acabarse; en particular, en casa de la abuela anunciaba que estaban por llegar las cosas más aterradoras que en aquel momento podía sentir. Todo empezaba en las escaleras, una especie de aroma, de luz me hacía querer subir por ellas. Era algo inexplicable no poder dejar de mirarlas. Parecía que aquello que estaba allí, me seducía, quería que me acercara, que la buscara, que con mis ojos la mirara. Terminaba cediendo ante ese enigma, me acercaba a las escaleras, subía por ellas, ya estaba dentro, ya le pertenecía. Al tercer escalón un frío recorría todo mi cuerpo, un olor a flores marchitas se percibía, y un respiro espeso sentía en la espalda. Ahora sentía que alguien seguía mis pasos, insistiendo que siguiera subiendo. El olor a flores marchitas, era viejo, era antiguo, era suave pero picaba. Se impregnaba en mi nariz y en mi memoria, de esos olores que jamás se olvidan a pesar del tiempo, de esos olores que después de años los reconozco y me transportan al pasado. De repente entre esa luz, ese olor, ese frío, esa pesadez, ese algo que estaba detrás de mí, me suspiraba y me susurraba algo al oído, que nunca alcance a entender, ni siquiera a escuchar, era una palabra, era una frase, a veces era sólo un simple sonido, pero cuando era benefactor me decía frases completas, que aunque nunca entendía, eran largas y seguramente con un mensaje que siempre quise saber. Al terminar de pasar por cada escalón, el cuarto de Camilo era la morada de la pesadez, del olor, del frío, de los susurros. Era como si sólo quisiera que lo acompañase hasta su cuarto, hasta donde habitaba. Nunca conocí a Camilo, era hermano de mamá, hijo de mi abuela, cuñado de mi padre y tío mío por lo que me han contado. Le pongo un rostro porque hay una foto de él en la sala vieja de la abuela, que nunca ha querido quitar. Camilo, era una ausencia muy presente, estudiaba hace muchos años en la normal de maestros, una noche de cualquier mes, no regresó a casa de la abuela, nunca regresó a cumplir con su promesa de sacarlos adelante, nunca regresó a sacar a la abuela de trabajar, ¿por qué? Porque desapareció, o lo desaparecieron, no lo sé, no lo sabemos, sólo alguien lo sabe en algún lugar de no sé dónde. Camilo fue uno de los miles de las cifras oficiales y extraoficiales que nunca regresó  a donde lo esperaban, que desapareció. Una ausencia muy presente que siguió a la familia y a mí durante todas las tardes y noches en casa de la abuela. Un desaparecido que se convirtió en un olor, en un frío, en una pesadez, en susurros, en suspiros que recorrían toda la casa de la abuela, a toda la familia de mi madre y a mí durante todo este tiempo.

Angélica Moreno, Centro Cultural Ignacio Ramírez del ISSSTE, marzo 2017.

Ya que has elegido un recuerdo por Karla Rojas

Ya que has elegido un recuerdo, una experiencia o situación para narrar, es tiempo de seleccionar las palabras que usarás.

Para ello necesitarás contar con un diccionario de sinónimos. Si has repetido palabras o frases podrás sustituir por otras que se acerquen a lo que quieres decir,  ya que la sinonimia absoluta no existe, pon especial atención en esto.

El léxico se adquiere con lectura y con el uso de la lengua, como ejercicio para adquirirlo propongo que cada vez que leas busques las palabras que no entiendas y con ellas escribas un pequeño texto y trates de integrarlas a tu lenguaje cotidiano: conversaciones, mensajes de texto, correos electrónicos, etcétera.

Todos los días debes de escribir. Esto te ayudará a hacerlo si ya no tienes más recuerdos.

Karla Rojas, coordinadora del taller. 

lunes, 20 de febrero de 2017

Sin título, Enrique de Leo

–¿Estás  seguro que es aquí? –pregunté.

–Creo que si, –dijo Almanza– la descripción coincide con la fachada.

Era una casa antigua, como esas del centro histórico, el techo estaba totalmente destartalado, tenía dos puertas que casi se caían  de viejas, un metro de hierba en el suelo impedía  el paso libre de cualquiera.

–Entra tú primero –dijo Almanza.

–No, ni madres, entras tú, tú  me trajiste aquí –renegué.

–Vamos a hacer una cosa, echamos un volado y el que pierda entra primero.

No estoy de acuerdo, Almanza. Tú  me dijiste que te acompañará y eso es lo que estoy haciendo. Entras tú  y aquí  te espero. Ahora que si no quieres entrar mejor nos vamos…

¡No! –me interrumpió  mi amigo–. No, está  bien, pero no quiero entrar solo. Entra conmigo, por favor.

Accedí  a regañadientes, el lugar no se veía nada bien, siempre he sido muy intuitivo con eso de las energías, desde niño he visto cosas raras y he escuchado voces cuando estoy solo. Brincamos la puerta, no había nadie alrededor, es normal que a las tres de la mañana no haya ni un alma en la calle, con almas me refiero a personas porque para ese momento no estaba muy seguro de que no hubiese algún alma dentro de la casa.

Entramos al lugar, la hierba era totalmente espesa, nos costaba trabajo caminar. Almanza  se enredó  el pie izquierdo, ahogó un grito desesperado, tuve que tirar de sus brazos para desenredarlo.

–¡Puta madre! Me arde el tobillo –expresó  en un susurro.

–Vámonos de aquí, este lugar ya empieza a darme escalofríos.

La sensación que tenía era como si me hubiese hundido en un lago repleto de cubitos de hielo, tenía el cuerpo entero como piel de gallina. Esa era la sensación física, porque sentía que entrar en ese lugar era la peor decisión que podíamos haber tomado.

–Abre la puerta –me dijo  Almanza mientras sacaba su tobillo.

Me acerqué y tomé  el picaporte.

–No abre güey.

–Empújala –exclamó imperativo.

Lo ayudé a llegar a la hasta ahí.  Empujamos con fuerza,  más y más. Nada, era imposible, parecía estar sellada.

Almanza, yo creo que lo mejor es que nos vayamos de este lugar, ya tienes el pie hecho polvo y eso que aún no entramos.  Imagínate si te hubiera pasado…

El chirriar de la puerta no me dejó terminar la frase.  Almanza y yo nos vimos incrédulos el uno al otro, la puerta estaba abierta. Entramos.  El lugar olía a moho,  la humedad que desprendía era densa. No podía respirar,  quise dar la vuelta  y salir. La puerta se cerró, volteé a  ver a Almanza,  estaba cegado  viendo un cuadro renacentista,  un remolino inundó el lugar,  justo en ese instante tenía la boca abierta,  de modo que entró polvo por boca y nariz. Era un sabor rancio el  que distinguían mis papilas gustativas,  quise tomar a Almazán de la mano y salir corriendo. Sus manos eran ásperas.  No sólo sus manos,  sus antebrazos, sus pómulos, era como tocar a un cocodrilo. Un zumbido me hizo girar la cabeza a las escaleras,  la habitación más próxima a los escalones se abrió de par en par y un sonido ensordecedor me hizo tapar los oídos…

Enrique de Leo, Centro Cultural San Ángel, mayo 2016. 




miércoles, 18 de enero de 2017

¿Estás por comenzar a transitar por la intrincada senda de la literatura? por Karla Rojas

¿Estás  por comenzar a transitar por la intrincada senda de la literatura, o ya has dado tus primeros pasos? Tal vez estos han sido difíciles y no te llevan hacia donde quieres dirigirte. Es normal cuando se inicia. Son tantas las ideas que deseamos expresar que las escribimos como las vamos pensando sin ningún cuidado, el resultado...

Para emprender no debemos de exigirnos demasiado. Qué tal si comenzamos con algo que conocemos. El último festejo de nuestro cumpleaños o cualquier situación que hayamos vivido y podamos recordar:

-Cómo  fue (narrarla de forma cronológica)
-En dónde  sucedió
-Quién  o quiénes se encontraban cerca
-Narra qué aromas había  en el ambiente; el sabor de la comida; las sensaciones que tuviste al tocar los objetos o los bocadillos; los colores de la ropa de las personas, de la decoración, del maquillaje de las chicas; que música y  conversaciones escuchaste.

Cuando hayas terminado léelo en voz alta, mejor aún, pide a otra persona que lo lea por ti y pregúntale qué  imaginó  o sintió  mientras lo hacía. Si logró  percibir lo que tú  o algo muy parecido a lo que viviste,  has dado un paso importante en la escritura.

Toma un recuerdo para cada día de la semana, no importa que sean recuerdos de experiencias poco importantes, como ir al supermercado o formarse horas en la fila del banco. Lo importante del ejercicio es que todos los días escribas y puedas transmitir el estado anímico en el que te encontrabas en ese momento y describas lo sucedido con tus cinco sentidos.

Karla Rojas, coordinadora del taller.

viernes, 16 de diciembre de 2016

Letrania por Gerardo Trujillo. Cuento en honor a los miembros del taller 2015-2

Ese era el título signado en un cartel pegado sobre la fachada de aquel centro cultural. Se trataba de un taller de creación literaria al cual me inscribí de inmediato. Me gustaba escribir y deseaba conocer los secretos de la literatura. “Letrania”, así se llamaba el taller.

Inusualmente aquel viernes llegué temprano a la primer clase. Recuerdo que al entrar subí con emoción las escaleras, me dirigí  hasta el salón del fondo. Ahí se encontraban cinco personas más  esperando el inicio de la clase y luego de presentarnos,  quedamos fascinados con los arabescos de la puerta cuyos detalles exaltaban misterio. La curiosidad me obligó a tomar la extraña manija para abrir la puerta. Un segundo después, un fuerte vendaval nos absorbió hacia dentro luego de que comenzáramos a desintegrarnos en millones de fragmentos. Ya no éramos más que sutileza en el viento, manipulados y llevados hacia un destello azul, transportados en el lóbulo de la imaginación.

Cuando pude recobrar la vista, entendí que no estábamos más en el centro cultural.  Habíamos sido llevados a un mundo paralelo, diferente y sumamente extraño. Frente a nosotros estaba un extenso bosque de papel, lleno de frases y versos en manuscrito sobre los tallos, los robles y las hojas. La vegetación se adornaba con bellas palabras. Todos nos quedamos estupefactos, pero una descomunal emoción que desbordaba en nuestros ojos nos incitó a leer algunos  textos inscritos. Eran realmente cautivadores. Los ríos llevaban letras de poemas que bebí sediento, escuché  con claridad sus rimas mientras lo hacía.  La vegetación estaba hecha de cartoncillos y libretas, hojas de papel, con y sin márgenes. En suma, aquel páramo estaba confeccionado por la belleza de la literatura, letras por doquier. Sin embargo, fue el castillo hecho de plumas fuente, lápices y frascos de tinta los que robaron nuestra atención. Su punta sobresalía de aquel bosque a lo lejos y su inexorable tamaño ponía perplejas  nuestras iris dilatadas por la emoción.  No obstante dentro de la espesura del papel, justo cuando estábamos más embelesados con la naturaleza exótica de aquel lugar; apareció  un soldado purpura que se hacía llamar Raful, quien pronto y sin miramientos lanzó una bola de papel fosforescente que todos; menos yo, evitaron con facilidad. Al instante quedé  paralizado. Se trataba de un encantamiento.

Los demás, un tanto confundidos, se replegaron sin saber qué hacer, hasta que de los cielos, sobre un pájaro de cartulina, descendió una pequeña mujercita cuya túnica demostraba autoridad. Se veía tierna y enojona a la vez.

—¡Detente Raful! exclamó . No podrás detener la abundancia  literaria. 

¡Inche Sacerdotisa!   respondió el soldado purpura.  El plan de mi señor Artulco no será frenado por la fe de tu inspiración. ¿Acaso crees que estos individuos serán la salvación de Letrania? ¡Estúpidos aficionados!

 ¿El plan de tu señor dices? -señaló Karna, la sacerdotisa-. La única intención de tu señor yace en  capturar escritores para que éstos formulen  poemas cursis que revivan a su exánime novia. Pero ello sólo provocará que colapse Letrania. ¿O es qué acaso no lo entiendes?

 ¡A la chiflada he dicho!    expresó Raful.

Y haciendo uso de un cetro mágico lanzó un rayo que desprendía palabras altisonantes  para capturar al resto de  ellos, pero la sacerdotisa anticipando el movimiento repeló el ataque,  que aturdió  por un instante a Raful, el cual sin esperar mucho me llevo consigo hacia el castillo.  El peligro había pasado, pero sus secuelas dejaron huella en la pequeña Karna. Se estaba convirtiendo en piedra. Rápidamente miró al resto del grupo y extendió su mano dejando ver cinco sacapuntas que poseían  claves con sus nombres y luego se endureció por completo. Tal acontecimiento  los estremeció, no sabían qué hacer o qué pensar. Ni siquiera se atrevían a ver lo que Karna dejó en su mano.  Fue en esos momentos cuando una pequeña mariposa de nombre Lere aconsejó el acopio de valor para descubrir la razón del por qué  habían sido trasladados a Letrania, comentaba fechas importantes de aquel lugar esplendoroso.  Ferlda de forma inusitada se animó a  tomar el sacapuntas que tenía su nombre, al hacerlo una chispa luminosa la envolvió transformándola en una hechicera, portadora del lápiz de oriente. Emocionados los demás  tomaron el suyo de inmediato.  Joaltes fue el segundo en hacerlo, volviéndose un guerrero y portador de la pluma plateada. Gabinaris al hacerlo, se transformó en la suprema estratega obteniendo el tintero mágico. Cobaldo tomó posesión del sublime campeador al recibir el pergamino de protección. Por último, la joven y tímida Pali recibió una pequeña nube dorada. Al observar sus vestiduras y poderes, cargados de emoción y anhelo, decidieron juntos vengar a la sacerdotisa, vencer a los malvados señores purpura del ocio y de paso, ¿por qué no? salvarme. Su fortaleza se establecía en su devoción por escribir. De inmediato partieron, para cruzar el río de los poemas,  subieron por las colinas de las rimas y los sonetos; montaron en caballos hechos de consonantes mayúsculas  que los condujeron por la planicie de los cuentos.

Pronto llegaron al castillo, el cual comenzaba a resquebrajarse, como si estuviese muriendo, como si estuviese por acabarse. La puerta yacía en el piso de mármol, en el que estaban inscritos los títulos de las mejores novelas de todos los tiempos en color dorado. Las paredes se encontraban cubiertas con muchísimos retratos de escritores, manchados y opacos, como si estuviesen  por desaparecer en el olvido. Ello generó tristeza en aquellos jóvenes, pero aun así siguieron adelante hasta la sala principal, luego de subir una gran escalera hecha con adjetivos.

Una vez arriba observaron sentado a un sujeto de gafas, con una sonrisa salvajemente caprichosa. Era sin duda el terrible Artulco. A su diestra estaba el temible Raful, quien al verlos lanzó con su cetro de palabras altisonantes un rayo poderoso.  Casi hubiese sido mortal aquel ataque, pero éste fue repelido por el pergamino mágico de Cobaldo que protegió a todos. En respuesta al ataque,  Ferla lanzó con su potente lápiz una soga de granito que tenía inscrito un cuento alusivo a instrumentos musicales, que al instante aturdió a Raful.  Aprovechando el momento, Gabinaris le dijo a Joaltes que cargara la pluma plateada con el tintero mágico para lanzarle una historia luminosa, tan profunda y elocuente que al recibirla Raful quedó hecho polvo.

Sorprendido medianamente,  Artulco interrumpió el acontecimiento, como si eso le llenara, como si lo hiciera más fuerte al entrometerse de forma abusiva en cada acción de Letrania.

¡Tontos!  dijo en voz mediana, lenta y empalagosa.  Si creen que los instrumentos ancestrales de la inspiración van a impedir que yo destruya Letrania, están equivocados. Mi poder es más fuerte que todas sus proyecciones. Ya sin la sacerdotisa blanca, no podrán vencerme.

Los jóvenes escritores lanzaron de nueva cuenta su ataque, pero esta vez no funcionó. Algo faltaba.

Necesitamos tu ayuda Dijo Cobaldo, refiriéndose a Pali—. Todos hemos lanzado nuestro ataque, pero sin tu ayuda, será inútil cualquier intento.

¿Mi ayuda?  preguntó desconcertada Pali. Yo no puedo hacer nada. Ustedes tienen los instrumentos mágicos, yo sólo he recibido una pequeña nube. Tengo miedo, no creo poder hacer nada.

¡Anda, vamos!  exclamó Joaltes—.  Nosotros sabemos que tú puedes hacerlo.

 ¡Sí, Pali! Agregó Gabinaris. Todos tenemos fe en ti. Démosle todas nuestras armas. Creo que ella podrá vencer al malvado Artulco.

No lo pensaron dos veces, cedieron de inmediato sus pertrechos a la pequeña Pali, le demostraron la confianza en sus facultades. Eso la hizo llenarse de voluntad y confianza. De pronto, todas las armas mágicas se fusionaron dentro de la nube que le fue otorgada, tornándose de varios colores y de la cual la pequeña niña logró lanzar el cuento más bonito del mundo, que  destruyó por completo al malvado Artulco. 

Un gran destello se esparció dentro del castillo reconstruyéndolo y reluciendo sus esplendores. Todo volvió a la normalidad en aquella extraña tierra y yo fui salvado por aquellos jóvenes escritores, quienes me enseñaron la importancia y el poder que recae en el oficio de la pluma. La sacerdotisa por su parte, recobró su aspecto y nos llevó a todos a la salida, pidiéndonos continuar con esa labor.

Luego de abrir la puerta volvimos al sitial de centro cultural, pero sabíamos perfectamente que  ninguno de los que tomamos aquel taller volveríamos a ser los mismos.

Fin

Gerardo Trujillo, Taller de creación literaria para principiantes, Centro Cultural San Ángel, enero de 2016.




martes, 13 de diciembre de 2016

Poema con palabras de periódicos y revistas por Esther, Sonia, Cristina y Antonio

La madame

Desnuda se apoya contra la puerta,
Desea más amor que riquezas.
Repudia ganar millones de muerte, 
Evade negociar magia y duda
Peces peligrosos con sabor a luna,
Ángeles  poderosos vigilan su mundo
Destaca el bien, alfombra de flores
Alma feliz, promesa perfecta.  

Esther, Sonia, Cristina y Antonio, Centro Cultural Ignacio  Ramírez del ISSSTE, noviembre de 2016. 

lunes, 12 de diciembre de 2016

La leyenda del trueno por María Fernanda de la O


Hace mucho, mucho tiempo vivía un muchacho, su nombre era Itzmin, cuando llovía le emocionaba ver las luces de color blanco que iluminaban el cielo, eran los rayos, pero en ese tiempo no tenían ningún sonido, Itzmin se repetía una y otra vez que le encantaría crear esas luces y manipular la lluvia a su antojo. Un día mientras estaba empezando a llover Itzmin se apresuró a salir de su casa, fue entonces cuando una voz resonó en lo alto y le preguntó 

¿Te gustaría ayudarme a crear la lluvia y los rayos?  Itzmin asustado le respondió

 –¿Quién eres?

Mi nombre es Tláloc, soy el dios de la lluvia y el rayo, te he estado observando Itzmin y si tanto amas lo que yo puedo crear me gustaría que me ayudaras. 

Itzmin aceptó de inmediato, entonces Tláloc le dijo que al día siguiente subiera a la montaña más alta que pudiera encontrar antes del anochecer y entonces los dos podrían iluminar el cielo y bañar la Tierra a su antojo.

Pasaron varios días, pero Itzmin no llegaba a la montaña, Tláloc preocupado, empezó a hacer llover, pero Itzmin no apareció. Desesperado por la ausencia del joven, Tláloc, llenó de rayos el cielo para alumbrar la Tierra, al ver que seguía sin ningún rastro de él, cada vez que Tláloc lanzaba un rayo gritaba el nombre de Itzmin.

Desde ese día el rayo empezó a tener sonido al cual se le puso el nombre de “Trueno” en honor al nombre de aquel joven, si escuchas con atención escucharás a Tláloc diciendo: ¡ITZMIN, ITZMIN! ¿DÓNDE ESTÁS?


María Fernanda de la O, Taller de creación literaria para principiantes, Centro Cultural San Ángel, septiembre de 2015.  

lunes, 21 de noviembre de 2016

Una manera de huir por Jani Aviña García

“Mi vida siempre fue plana… plana como siempre debió ser mi vientre, mi madre quiso cumplir sus sueños a través de mí, ser una gran modelo, encantadora para todos, siempre bella e impecable y “lo conseguimos”, fuimos famosas y ahora no se qué hacer, mi madre murió y no dejó una vida para mí, todo lo compartíamos, ropa, maquillaje, zapatos, recámara, ella estaba pendiente de quiénes eran mis amigos, nunca me dio un mal consejo sobre con quién debía andar, más que madre e hija éramos las mejores amigas, “inseparables”. Pensaba Lidia con tristeza. Se levantó de la cama y desnuda se colocó frente al espejo, miraba su hermoso y delgado cuerpo, tocó sus caderas y subió lentamente sus manos hasta abrazar su vientre.

—Mami, este vacío que siento es más grande que el que sentía cuando dejaba de comer por tres días antes de una competencia. —Lidia llorando tomó una pistola y se la puso sobre la cien—. Mami perdóname pero ya estamos muertas —y disparó.

Había sido una mala noche,” seguramente comió algo que le hizo daño”, pues su hija no dejaba de vomitar, pensaban los padres de Leonor preocupados fuera de la puerta del baño intentando ayudarla, ofreciéndole tés y medicamentos que ella rechazaba.

“Por primera vez sus padres ponían atención, después de tantos años ellos no se habían dado cuenta que vomitaba regularmente, que dejaba intacta su comida y luego comía como desesperada, pero cómo podían darse cuenta si siempre estaban de viaje, en visitas “disque de negocios”, no sabían qué sentía, qué pensaba; cómo podían estar preocupados por ella si nunca la habían querido” Pensó amargamente y salió, aún limpiándose la boca pasó juntó a sus padres mirándolos con desdén y les dijo —Gracias, ya estoy bien.

Leonor fue a la cocina y tomó un bote de helado y se lo llevó a hurtadillas a su cuarto, mientras sus padres se iban a dormir, ella se volvía a enfrascar en un círculo que no acababa, comer hasta sentir que reventaba, sentir culpa y vomitar para sentir de nuevo ese vació, el mismo que había sentido toda su vida, el que no sabían llenar sus padres ni siquiera con lujos.

Jimena era una joven muy aplicada, era bastante popular en la escuela, siempre estaba rodeada de amigos y amigas que le festejaban todo lo que decía, era envidiada por otras chicas por ser “perfecta”.

Saliendo de la escuela le pidió a su madre que la fuera a dejar a la biblioteca pública,  tenía que hacer mucha tarea, su madre le dijo que pasaría por ella en tres horas para que fueran juntas a su clase de ballet, para después ir a clase de música, su itinerario era muy pesado, su madre siempre la inscribía a diversas  actividades desde pequeña, porque quería que fuera la mejor.

Jimena entró a la biblioteca y salió por la puerta trasera para dirigirse a la casa de  Alondra, regularmente iba con ella, claro que nadie sabía de esa amistad pues aunque iban en la misma escuela no se hablaban, no era bueno para la reputación de ninguna de las dos, Alondra era una chica solitaria y prefería pasar inadvertida, se habían empezado a reunir un día que descubrieron que a pesar de lo diferentes que lucían compartían el mismo problema, ese día Jimena estaba en el baño de la escuela, secándose las lágrimas para aparentar que no le sucedía nada y  Alondra estaba tan desesperada que no notó que alguien  más estaba ahí, sacó su navaja y empezó a cortarse en el vientre,  esta era su manera de controlar su dolor, al principio ésto asustó a Jimena, pero después comenzó a hacerlo ella también y se burlaba de su madre pues aún estando tan pendiente de ella no se había dado cuenta de estas cortadas. 

Ahora se reunían, cada vez que podían compartían sus secretos, dietas, pastillas y laxantes, habían encontrado una manera de sentirse libres y comprendidas.

Jani Aviña García, Taller de creación literaria para principiantes, Centro Cultural San Ángel, diciembre de 2015.

martes, 15 de noviembre de 2016

Gerardo y su día por Gerardo Trujillo

Suena el despertador. Es tiempo de cerrar los ojos y levantarse para un placentero estirón, permitiéndose observar el aviso del sol que se deja entre ver por la ventana. Chíchara; su hermosa compañera, se sacude y comienza a irritarlo con su ladrido, a fin de presionarlo para salir a correr. 


Al llegar al parque, la simpatía del matutino viento, tan juguetón y frío lo empuja un poco más que a la Chichara para arrancarlo de la urbe y llevarlo por un instante natural, como si fuera parte de una postal de los tempranos paisajes, robándole a la mañana dos gramos de su belleza. Luego de haber hecho el ejercicio acostumbrado y de jugar con su cuadrúpeda amiga, como puede vuelve a casa y se arregla para salir a trabajar. Mirando el espejo se enamora del intento de dandi cuya postura amerita una selfie. ¡Que estupidez! La idea de salir tan soberbio  pensando  absurdamente que una corbata y unos lustrados zapatos van a esconder su calcetín roto, el calzón deshilachado y su evidente inseguridad; que no puede ni da con la combinación de ese candado hermoso cifrado en un femenino rostro y custodiado por una rojiza boca de la cual es devoto. Y qué decir de su mágico lunar, tan divinamente negro como aquel juicio complicado en la audiencia de las once que postergó la hora de la comida. Pero ella, autoridad de Tribunal, sabe causarle sentencias quisquillosas que apenas se olvidan en las tardes de oficina, entre escritos laboriosos para terminar el día cansado y ansiando el hogar.  Una vez que ha vuelto a casa, el aturdido abogado sentado en la cama medita el día, se ríe de su calcetín y de sí; recita en voz baja Josué 1:9 mientras pelea con sus parpados para dar gracias por todo, pues su cuerpo fideoso se va enrollando entre las sabanas, porque ha llegado el momento de que Gerardo pensando en aquel negro lunar, abra los ojos y comience en esa rojiza boca; a soñar.

Gerardo Trujillo Jimenez, Taller de creación literaria para principiantes, Centro Cultural San Ángel, agosto 2015.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Esa luz en sus ojos por Magdalena Fuentes

Y sin embargo... se mueve.

No sé  en dónde había escuchado o leído esa frase antes, pero  quedaba muy bien para lo que estaba viendo. con cierta repulsión me acerqué.  Las cosas, animales, o lo que  sea viscoso siempre me ha dado asco, pero para llegar al otro lado del puente  tenía  que pasar por... eso.

Hacía mucho tiempo que no visitaba a mi abuela oriunda del estado de Hidalgo. En ese pueblito  del cual ni su nombre recuerdo había  pasado  las mejores vacaciones de mi infancia. Siempre en verano. Por supuesto  en esa época  del año llovía  mucho y el río  se llenaba por lo que el puente no era desconocido  para mí  y era necesario atravesarlo para llegar a la casa de la abuela. Esta  vez no era la excepción. Aunque ya no era lo mismo seguía  siendo  de madera, pero parecía que en cualquier  momento  se caería.

Recuerdo  que  ya más  grandecita  dejé  de ir. No era que no  me gustara  sino que por esos días había  entrado  a la prepa y tenía demasida tarea. No, la  verdad  era que empezaba a tener novios y prefería quedarme en la ciudad  que ir al pueblo, el cual  por cierto, ya se me hacía  muy aburrido.

Por esa razón fue que me di cuenta  de algunos cambios que empezaron  a ocurrir  en mi familia: cuando mis padres  regresaban  después  de ir a dejar  a mis  hermanos, llegaban contando historias fantasiosas, de seres raros, extraños, que poco a poco iban  apareciendo  en el pueblo. Yo siempre  pensé  que era  invención  de ellos  para que animará a seguir yendo  al tradicional  paseo  de verano. Porque, si fuera verdad, ¿qué  hacían  entonces dejando  a mis hermanos  allá, con esos seres y mi  abuela?

Así  que nunca  les presté  atención. Sólo en una ocasión  que mis  hermanos  llegaron como espantados del último  viaje  que hicieron, hace ya algunos años. Ya no volvieron a ir después de eso. Como buena adolescente que yo era  en esos tiempos, todo se me hacía  ridículo, aunque los sobresaltos de mi hermana menor, sus continuas  pesadillas, temblores  y sudores empezaron a desesperarme, cansarme, más  que angustiarme.

Todo esto se me vino a la mente de golpe al encontrarme parada a mitad  del puente frente  a la criatura que no me permitía pasar. Empecé  a sudar  frío. Primero  yacía tirada  y parecía no tener  vida, pero cuando  comenzó  a moverse, me sobresalté, ¡parecía  querer incorporarse! Llovía  fuerte, no alcanzaba a distinguir bien su forma, ni siquieta quería  verla. Buscaba la manera  de evadirla, encontrar un hueco por donde pasar y echarme  a correr o ya de menos  dar marcha atrás, pero  estaba paralizada. Entonces... la observé.

¿Por qué  demonios se me había  ocurrido ir? ¿Por qué  ahora que tenía  tarea, ya de la universidad? Demasiadas investigaciones  de la carrera de Geografía,  ¿por qué tomé  este tiempo  para visitarla? Creo que fue para calmar a mamá,  hacía tiempo ya no visitaba  a la abuela y aunque no se cansaba de hablarle todos los días por teléfono, insistiéndole que se viniera a vivir  al D.F., no estaba tranquila. Porque  de repente,  unos días atrás  había  dejado  de contestar. Mamá  se inquietó.  Papá  tenía trabajo  de sobra  y no podía  ir a ver qué  pasaba. Yo quise ir, además, ¡todo se me hacía tan gracioso! Seguro  achaques de la abuela, ganas de llamar la atención, pensé. Mis padres  se alegraron cuando  les mencioné  que podía  ir, a la abuela le daría mucho gusto y ellos se tranquilizarían.

Sin quererlo empecé  a llorar, ¡llorar y temblar! ¡Oh Dios, esa cosa se parecía  a mi abuela! No lo quería  decir,  me resistía  a creerlo, a verlo de ese modo, pero así  era. Temblaba  todita,  sudaba  frío,  pero esa cosa gelatinosa, encorvada, con figura humana... ¡tenía  la mirada de mi abuela! Un tanto diferente, con una luz extraña. Extendía  sus brazos hacia mí, incluso  tenía  un halo de luz que no se por qué, pero me molestaba.

Empezaba a anochecer. Ahora maldecía  a mis padres, ¿cómo  se les había  ocurrido mandarme  a mí  sola a un lugar  al que  incluso ellos no  iban? Grité.  Grité  tan fuerte como pude, como mis pulmones me lo permitieron. No fue  un grito  de espanto, fue más que eso, tampoco  de auxilio,  creo que fue de terror. Ya no pude más.  Y por fin pude moverme, correr, correr,  huir. Atrás se quedó  la figura.

Nunca supe  si realmente era mi abuela. Si los extraterrestres (si es que existen) o cualquier cosa ajena, no sé,  algún  gas quizá, la habían  transformando. Yo no pregunté ni cuestioné nada. Mis padres  tampoco  lo hicieron. Pero, extrañamente, en sus miradas  comienza  a aparecer  una luz. Igual  en los ojos  de mis hermanos.

La verdad, tengo  miedo  de mirarme en el espejo.


Magdalena Fuentes, Taller de creación literaria para principiantes, Centro Cultural San Ángel, noviembre de 2014.



Cómo lograr escribir por Karla Rojas

Es común escuchar a personas decir que les gustaría escribir, pero… un sinfín de excusas. Lo cierto es que muchas de éstas son parte del te...