No sé en dónde había escuchado o leído esa frase antes, pero quedaba muy bien para lo que estaba viendo. con cierta repulsión me acerqué. Las cosas, animales, o lo que sea viscoso siempre me ha dado asco, pero para llegar al otro lado del puente tenía que pasar por... eso.
Hacía mucho tiempo que no visitaba a mi abuela oriunda del estado de Hidalgo. En ese pueblito del cual ni su nombre recuerdo había pasado las mejores vacaciones de mi infancia. Siempre en verano. Por supuesto en esa época del año llovía mucho y el río se llenaba por lo que el puente no era desconocido para mí y era necesario atravesarlo para llegar a la casa de la abuela. Esta vez no era la excepción. Aunque ya no era lo mismo seguía siendo de madera, pero parecía que en cualquier momento se caería.
Recuerdo que ya más grandecita dejé de ir. No era que no me gustara sino que por esos días había entrado a la prepa y tenía demasida tarea. No, la verdad era que empezaba a tener novios y prefería quedarme en la ciudad que ir al pueblo, el cual por cierto, ya se me hacía muy aburrido.
Por esa razón fue que me di cuenta de algunos cambios que empezaron a ocurrir en mi familia: cuando mis padres regresaban después de ir a dejar a mis hermanos, llegaban contando historias fantasiosas, de seres raros, extraños, que poco a poco iban apareciendo en el pueblo. Yo siempre pensé que era invención de ellos para que animará a seguir yendo al tradicional paseo de verano. Porque, si fuera verdad, ¿qué hacían entonces dejando a mis hermanos allá, con esos seres y mi abuela?
Así que nunca les presté atención. Sólo en una ocasión que mis hermanos llegaron como espantados del último viaje que hicieron, hace ya algunos años. Ya no volvieron a ir después de eso. Como buena adolescente que yo era en esos tiempos, todo se me hacía ridículo, aunque los sobresaltos de mi hermana menor, sus continuas pesadillas, temblores y sudores empezaron a desesperarme, cansarme, más que angustiarme.
Todo esto se me vino a la mente de golpe al encontrarme parada a mitad del puente frente a la criatura que no me permitía pasar. Empecé a sudar frío. Primero yacía tirada y parecía no tener vida, pero cuando comenzó a moverse, me sobresalté, ¡parecía querer incorporarse! Llovía fuerte, no alcanzaba a distinguir bien su forma, ni siquieta quería verla. Buscaba la manera de evadirla, encontrar un hueco por donde pasar y echarme a correr o ya de menos dar marcha atrás, pero estaba paralizada. Entonces... la observé.
¿Por qué demonios se me había ocurrido ir? ¿Por qué ahora que tenía tarea, ya de la universidad? Demasiadas investigaciones de la carrera de Geografía, ¿por qué tomé este tiempo para visitarla? Creo que fue para calmar a mamá, hacía tiempo ya no visitaba a la abuela y aunque no se cansaba de hablarle todos los días por teléfono, insistiéndole que se viniera a vivir al D.F., no estaba tranquila. Porque de repente, unos días atrás había dejado de contestar. Mamá se inquietó. Papá tenía trabajo de sobra y no podía ir a ver qué pasaba. Yo quise ir, además, ¡todo se me hacía tan gracioso! Seguro achaques de la abuela, ganas de llamar la atención, pensé. Mis padres se alegraron cuando les mencioné que podía ir, a la abuela le daría mucho gusto y ellos se tranquilizarían.
Sin quererlo empecé a llorar, ¡llorar y temblar! ¡Oh Dios, esa cosa se parecía a mi abuela! No lo quería decir, me resistía a creerlo, a verlo de ese modo, pero así era. Temblaba todita, sudaba frío, pero esa cosa gelatinosa, encorvada, con figura humana... ¡tenía la mirada de mi abuela! Un tanto diferente, con una luz extraña. Extendía sus brazos hacia mí, incluso tenía un halo de luz que no se por qué, pero me molestaba.
Empezaba a anochecer. Ahora maldecía a mis padres, ¿cómo se les había ocurrido mandarme a mí sola a un lugar al que incluso ellos no iban? Grité. Grité tan fuerte como pude, como mis pulmones me lo permitieron. No fue un grito de espanto, fue más que eso, tampoco de auxilio, creo que fue de terror. Ya no pude más. Y por fin pude moverme, correr, correr, huir. Atrás se quedó la figura.
Nunca supe si realmente era mi abuela. Si los extraterrestres (si es que existen) o cualquier cosa ajena, no sé, algún gas quizá, la habían transformando. Yo no pregunté ni cuestioné nada. Mis padres tampoco lo hicieron. Pero, extrañamente, en sus miradas comienza a aparecer una luz. Igual en los ojos de mis hermanos.
La verdad, tengo miedo de mirarme en el espejo.
Magdalena Fuentes, Taller de creación literaria para principiantes, Centro Cultural San Ángel, noviembre de 2014.
Todo esto se me vino a la mente de golpe al encontrarme parada a mitad del puente frente a la criatura que no me permitía pasar. Empecé a sudar frío. Primero yacía tirada y parecía no tener vida, pero cuando comenzó a moverse, me sobresalté, ¡parecía querer incorporarse! Llovía fuerte, no alcanzaba a distinguir bien su forma, ni siquieta quería verla. Buscaba la manera de evadirla, encontrar un hueco por donde pasar y echarme a correr o ya de menos dar marcha atrás, pero estaba paralizada. Entonces... la observé.
¿Por qué demonios se me había ocurrido ir? ¿Por qué ahora que tenía tarea, ya de la universidad? Demasiadas investigaciones de la carrera de Geografía, ¿por qué tomé este tiempo para visitarla? Creo que fue para calmar a mamá, hacía tiempo ya no visitaba a la abuela y aunque no se cansaba de hablarle todos los días por teléfono, insistiéndole que se viniera a vivir al D.F., no estaba tranquila. Porque de repente, unos días atrás había dejado de contestar. Mamá se inquietó. Papá tenía trabajo de sobra y no podía ir a ver qué pasaba. Yo quise ir, además, ¡todo se me hacía tan gracioso! Seguro achaques de la abuela, ganas de llamar la atención, pensé. Mis padres se alegraron cuando les mencioné que podía ir, a la abuela le daría mucho gusto y ellos se tranquilizarían.
Sin quererlo empecé a llorar, ¡llorar y temblar! ¡Oh Dios, esa cosa se parecía a mi abuela! No lo quería decir, me resistía a creerlo, a verlo de ese modo, pero así era. Temblaba todita, sudaba frío, pero esa cosa gelatinosa, encorvada, con figura humana... ¡tenía la mirada de mi abuela! Un tanto diferente, con una luz extraña. Extendía sus brazos hacia mí, incluso tenía un halo de luz que no se por qué, pero me molestaba.
Empezaba a anochecer. Ahora maldecía a mis padres, ¿cómo se les había ocurrido mandarme a mí sola a un lugar al que incluso ellos no iban? Grité. Grité tan fuerte como pude, como mis pulmones me lo permitieron. No fue un grito de espanto, fue más que eso, tampoco de auxilio, creo que fue de terror. Ya no pude más. Y por fin pude moverme, correr, correr, huir. Atrás se quedó la figura.
Nunca supe si realmente era mi abuela. Si los extraterrestres (si es que existen) o cualquier cosa ajena, no sé, algún gas quizá, la habían transformando. Yo no pregunté ni cuestioné nada. Mis padres tampoco lo hicieron. Pero, extrañamente, en sus miradas comienza a aparecer una luz. Igual en los ojos de mis hermanos.
La verdad, tengo miedo de mirarme en el espejo.
Magdalena Fuentes, Taller de creación literaria para principiantes, Centro Cultural San Ángel, noviembre de 2014.